8 En El Pasado
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OCHO
EN EL PASADO
HARRIET
Las dos primeras semanas en Oxford fueron para Harriet como una prueba de resistencia tanto física como mental.
Se vio inmersa en un mundo que era a partes iguales fascinante y despiadado.
Entre los auditorios antiguos y los laboratorios modernos, la admiración y exigencia excesiva se intercambiaban a cada segundo.
La primera semana ya hubo un examen, la llamada «evaluación de bienvenida», que resultaba más disuasoria que de acogida.
Por el día estudiaba las bases de anatomía, bioquímica y fisiología a un ritmo que apenas le dejaba tiempo para respirar.
Al final de la tarde se reunía en las zonas comunes con el resto de estudiantes agotados para preparar el día siguiente, como si el conocimiento fuera una estrategia de supervivencia.
Lo que más marcaba a la mayoría de sus compañeros era la primera visita a la sala de disección.
El silencio, el clic metálico de las herramientas, el olor.
Este momento indicaba para muchos la transición del deseo abstracto, y en parte alterado, de convertirse en médico o médica, a la cruda realidad.
Pero no consiguió disuadir a Harriet. Estaba firmemente decidida a apretar los dientes y seguir adelante.
Porque, aparte del estrés, también había momentos bonitos.
Jessie y ella no eran solo compañeras de habitación, sino que se habían hecho amigas. Además, habían conocido a otros novatos con los que habían hecho buenas migas y con los que coincidían en el comedor o quedaban por las noches en los pubs de la zona.
Harriet disfrutaba de cada segundo de su estancia en Oxford.
La única nota disonante era el no haber encontrado todavía un trabajo apropiado.
Las clases y cursos le exigían demasiado, tanto que apenas le quedaba tiempo para descansar, por no mencionar tiempo para ella misma o para currar.
Y, aun así, era más consciente cada jodido día, que encontrar curro era algo urgente, si no quería acabar sacándoles los ahorros a sus padres.
Jessie le había propuesto, pedir un trabajo en la propia universidad. Y lo había hecho, pero aún no había recibido respuesta a ninguna de sus solicitudes.
—¿Te vienes al Nosebag? —Su amiga interrumpió su hilo de pensamientos—. Parece que hoy montan algo así como una fiesta de bienvenida para los novatos.
Harriet hizo una mueca de pesar.
—Me temo que no tengo dinero para gastos extra. Mi presupuesto se ha encogido a 500 libras y mientras que no encuentre, aunque sea un minicurro, tengo que reducir mis gastos al máximo.
Jessie sacudió la cabeza con vehemencia, la agarró por los hombros.
—Si tú no vas, yo tampoco, ¿vale? Y esta fiesta es LA fiesta, ¿entiendes? Tenemos que ir y sabes que no me importa echarte un cable hasta que tengas más liquidez.
Harriet miró a Jessie, frunció el ceño.
—Me siento como una maldita aprovechada. Me has invitado ya a un montón de cosas. No puedo aceptar más. Lo siento.
—Oye, se me ocurre una idea. ¿Por qué no aprovechas la visita de hoy para preguntar en el Nosebag si necesitan gente? Puede que busquen a alguien.
—Nunca he trabajado de camarera, Jessie, y tampoco tengo experiencia en la cocina. Lo que busco es algo de limpiadora o puede que de dependienta o de operadora en una oficina.
Jessie se rio.
—Demasiado aburrido. Y no lo digo porque me molaría tener una amiga que trabajase en un pub. Piensa: un curro allí seguro que viene con un descuento para los empleados, del cual también sacaría provecho yo, así que…
—¿Y si soy demasiado torpe?
—Todo el mundo sabe cargar con un par de platos y vasos, Harriet. Además, ¡eres una cerebrito con una beca para Oxford! ¿Quién sino tú puede conseguir todo lo que se propone?
—Oye, que estas primeras semanas aquí no he estado precisamente con los brazos cruzados.
—Por lo menos, prueba. Además, un curro en hostelería sigue siendo mejor que un curro en ningún sitio. Vamos, rellenas una solicitud y ya se verá.
El Nosebag estaba lleno a reventar. El aire estaba viciado debido a la mezcla de olores corporales: perfume, sudor y adrenalina.
Tuvieron suerte y encontraron dos taburetes libres junto a la barra, dejaron que les sirvieran de una jarra enorme dos mango-margaritas mientras seguían con la cabeza el ritmo de la música.
Harriet estaba disfrutando. Era una locura de fiesta.
Al menos para aquellos que tenían dinero suficiente para salir constantemente de juerga.
Ese pensamiento enfrió un poco el entusiasmo de Harriet.
A cada hora se invitaba a todos a una ronda, se pasaban las bandejas con chupitos y Harriet, aunque quisiera, era incapaz de decir cuántos tequilas había tomado ya.
Las camareras, todas ellas estudiantes, también parecían estar pasándoselo bien. A lo que había que añadir el detalle de que la mayoría de los clientes de este pub, eran pijos ricos que no escatimaban a la hora de dejar propina.
—Voy un momento al baño —le gritó Jessie al oído mientras se bajaba del taburete—. Y tú le preguntas por fin al barman si necesitan gente. ¿Entendido? —Le guiñó un ojo a modo conspiración antes de desaparecer.
Harriet inspiró hondo, atrajo a gestos al joven que iba de un lado a otro detrás de la barra.
—¿Necesitáis personal? —gritó para imponerse al ruido, consciente de que se estaba ruborizando.
El tipo sonrió.
—Urgentemente. ¿Tienes experiencia?
Los pensamientos en su cabeza se atropellaron. Finalmente decidió mentir y asintió con la cabeza. Encontrar un curro era una necesidad. Además, siempre venía bien ampliar el círculo de amistades.
—Trabajaba en un bistró en mi pueblo.
—Vale. ¿Qué turno te vendría bien?
Harriet repasó a toda velocidad su horario.
—Lo ideal sería los miércoles. Ese día no tengo clases por la tarde. Y los fines de semana.
Él asintió con la cabeza, parecía estar reflexionando.
—Los turnos del fin de semana están muy cotizados porque es cuando hay más propinas. Y por esa misma razón, están reservados para la gente que ya lleva más tiempo trabajando aquí. ¿Y por las mañanas? No es que haya mucho ambiente, pero tampoco gastas suela.
Harriet asintió entusiasmada.
—¡Por supuesto! ¿Cuándo puedo empezar?
Él le pasó un formulario.
—Cubre esto. Más tardar mañana te llamamos. ¿Te viene bien?
Ella asintió, se puso a rellenarlo en el acto.
Estaba anotando su número de móvil cuando de reojo vio a alguien a su lado, observándola.
Alzó los ojos, se asustó al reconocer al tío del otro día.
El chico más amable del grupo, al que había clasificado como soñador a la par que el hombre perfecto.
Parecía indeciso de si hablarle o no. Entonces se fijó en el formulario.
—¿Quieres trabajar aquí?
Ella tan solo asintió, incapaz de emitir ningún tono.
—Genial —gritó él para imponerse al estruendo de la música—. Así nos veremos más a menudo.
En cuestión de milésimas de segundos, Harriet se puso como un tomate. ¿Quería llevarla al huerto o estaba interesado de verdad en ella?
—Soy Malcolm —dijo y le tendió una mano.
—Harriet —respondió ella, dejó el boli a un lado y le entregó el formulario al barman—. Creía que te llamabas…
—Malcolm es mi segundo nombre —explicó—. Por mi abuelo. Murió hace años. Yo acababa de cumplir los doce cuando murió.
—Lo siento. —Ella lo miró intentado interpretar la expresión de su rostro y averiguar qué quería de ella.
Él se acercó, bajó la cabeza cerca del oído de ella.
—Fue mi abuelo quien construyó el imperio que ahora es de mi familia. El dinero que fue amasando jamás se le subió a la cabeza, al contrario que al resto de la familia. —Titubeó, hizo una mueca, como si le resultase incómodo haber sacado el tema—. ¿Y tú qué? ¿De dónde eres?
—Cerca de Manchester —respondió, sin poder evitar un tono de rebeldía en su voz—.
A mí me gusta mi familia. Mi madre es dependienta, mi padrastro profesor en un colegio público.
Es gracias a ellos que estoy aquí. Él removió cielo y tierra para conseguirme una beca para Oxford.
Lo que pasa es que solo me quedan 500 libras y por eso necesito este curro, para mantenerme a flote.
—Se detuvo de golpe al fijarse en la expresión de Malcolm.
Se maldijo por haberse dejado llevar por la emoción.
No era culpa suya ni del chico haber nacido en circunstancias familiares tan diferentes.
—Crees que soy un gilipollas, ¿verdad?
Ella se lo quedó mirando sin saber qué decir.
—Sé lo que la gente dice de nosotros, Harriet. Pero ¿y si me brindas la oportunidad de demostrarte que, al menos conmigo, están equivocados?
Ella ladeó la cabeza, sonrió.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Porque valgo la pena?
Ella frunció el ceño.
—¿Me he pasado?
Ella se rio.
—Un poco.
—En serio, me gustaría conocerte. ¿Os apetecería a ti y a tu amiga venir el fin de semana al The Grand en Eastbourne? Es donde celebramos cada año el inicio de curso.
Harriet, a quien Malcolm estaba empezando a caerle bien, hizo una mueca.
—El Grand es uno de los hoteles más caros de toda Inglaterra. Con el mísero presupuesto que tengo, ¿cómo voy a poder permitirme una habitación allí?
La dureza de su voz lo hizo recular un poco, alzó las manos en un gesto de paz.
—He olvidado mencionar que el hotel es propiedad de unos amigos de mis padres.
Lo alquilamos al completo todos los años.
Estáis invitadas, obviamente. Si aceptas, tendréis una habitación gratis a vuestra disposición.
La comida es buena, las copas, geniales.
Todo pagado gracias a mis padres. De hecho, ni se enterarían si la fiesta llega a durar una semana entera.
—No sé —titubeó Harrriet—. Ese no es mi mundo.
—¿A qué te refieres?
—Pues todo esto. Gente invitando ronda tras ronda porque esos cientos de libras para ellos no significan nada.
Luego ni más ni menos que el Grand para una fiesta pija…
Allí, de donde vengo, la gente se conforma con que el sueldo llegue a fin de mes, sin andar pensando si puede permitirse la última compra del mes.
—O sea, ¿que me estás juzgando solo porque mi familia es rica?
Harriet tragó.
—¡Claro que no te juzgo! Solo quiero que lo veas desde mi perspectiva.
Él sonrió.
—¿La cual sería?
—Dos mundos que chocan entre sí. Dos personas de dos ambientes diametralmente opuestos. Imposible encontrar algo en común.
—No estoy de acuerdo.
—¿Ah, ¿no?
—Estás en Oxford porque eres alguien especial. Un genio de los que pocos quedan. Así que, por lo de pronto, tenemos en común el ir a la misma universidad.
Ella se rio, sacudió la cabeza.
—Y hasta ahí las similitudes.
—¿En serio que no vas a darme ninguna oportunidad?
Ella tragó.
—Para decir verdad, tampoco me queda tiempo para hacer amigos. La carrera me está exigiendo muchísimo. Y con un poco de suerte, pronto tendré un curro. A ver de dónde voy a sacar tiempo para charlar contigo. —Sonrió para quitarle hierro al asunto.
Malcolm parecía a punto de responder algo cuando apareció el guaperas antipático del otro día para decirle algo al oído.
Harriet se fijó en cómo, en cuestión de segundos, le cambió la expresión. ¿Cómo podía ser que un joven tan seguro de sí mismo mutara tan de golpe a niño tímido?
La confundió. ¿Qué estaba pasando aquí?
¿Era por el otro tío, conocido por todos como Lucifer y que en esos momentos le estaba guiñando un ojo pícaro?
—¿Acabo de oír que la preciosidad de tu amiga y tú vais a venir al Grand? —preguntó con una sonrisa maliciosa.
—Eso no son más que rumores —replicó ella.
—¿Tenéis algo mejor que hacer? —preguntó, taladrándola con la mirada, lo que hizo que se le pusiera el vello de punta—. ¿O a qué tanta reticencia? ¿Acaso eres una de esas que no quieren tener nada que ver con tíos de nuestro círculo social?
—Deja en paz a Harriet —intervino Malcolm, aunque algo tarde.
—Pero ¿por qué? —preguntó el otro, sin apartar los ojos de ella—. ¿Hay algún problema entre nosotros del que no esté al tanto?
Harriet negó con la cabeza, se bajó del taburete al distinguir la melena rizada de Jessie acercándose entre la gente.
—Encantada de haberos conocido, pero tengo que irme —dijo dirigiéndose a los dos y marchó apresurada al encuentro de su amiga.
Casi a la altura de esta, notó un cosquilleo desagradable en la nuca. Se giró con la esperanza de ver a Malcolm mirándola, pero fue la mirada burlona del idiota de su acompañante. El chico hizo un gesto de despedida con los dedos mientras que Malcolm a su lado parecía un perro apaleado.
Vio que se movían los labios del idiota, pero demasiado de prisa como para poder leer lo que estaba diciendo. No como Malcolm. Le dedicó al tipo una mirada tan llena de odio, que un escalofrío repentino recorrió el cuerpo de Harriet.