La noche de bodas 7 Chiesa Dei Santi Zenone E Martino
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7 Chiesa Dei Santi Zenone E Martino

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SIETE

CHIESA DEI SANTI ZENONE E MARTINO

LAZISE

JULIA

Era un día precioso para una boda. Hacía calor, pero no demasiado.

El sol estaba justo encima del campanario.

En el interior de la iglesia olía a piedra, cera y al perfume intenso de los invitados, que buscaban un sitio en las filas, susurraban alegres entre sí y se daban aire con sus elegantes abanicos.

Habían venido doscientos invitados, casi todos de Eastbourne y Londres, todos ellos terriblemente emperifollados, como si hubieran acudido más a un desfile de moda que no a presenciar unos votos matrimoniales.

La intensidad de los murmullos disminuyó al entonar el órgano los primeros acordes, que recorrieron el transepto cual una ola.

Las cabezas de todos los presentes se giraron hacia la puerta.

Julia estaba sentada en la segunda fila, justo detrás de Edward y Catherine, los padres del novio. Su marido, Todd, estaba sentado a su lado, con los brazos cruzados delante del pecho y muy tieso, la barbilla ligeramente bajada, como intentando aislarse de todo lo que ocurría a su alrededor.

O puede que tan solo estuviera intentando ocultar su rostro magullado.

Desde que había llegado ayer, apenas habían hablado. Un hola y un beso fugaz en la mejilla, pero ni una sola palabra acerca de la pelea con el cuñado de Julia.

Julia se obligó a pensar en otra cosa cuando se abrió la puerta.

Entonces entró ella.

Samantha.

Vestida de negro, un vestido demasiado corto para una iglesia, demasiado ajustado para una celebración como esta.

Una flor roja en el pecho, tacones de aguja rojos que resonaban sobre el antiguo suelo de piedra.

La expresión de su cara era de decisión y orgullo, como si tuviera muy claro qué quería representar: Rebelde con tacones.

Entonces apareció Erin.

Con su aparición, el ambiente festivo y expectante se vino abajo. Ocurrió en una milésima de segundo. Fue como si alguien hubiera arrojado una piedra en aguas tranquilas.

Se oyó un suspiro colectivo. Un sonido emitido por doscientas gargantas, una mezcla de shock, indignación y admiración secreta.

¡Rojo!

¡La novia iba de rojo!

No era un rojo sangre, no era un rojo chillón, sino un rojo más bien apagado, aterciopelado. Aun así, era rojo.

Era un vestido sencillo y precisamente por eso tan impactante.

Se ceñía como la seda al cuerpo de Erin.

Era de cuello alto, pero con un escote pronunciado en la espalda, donde llegaba justo por encima del coxis.

Erin no llevaba ninguna joya ni velo ni cola.

Tampoco los necesitaba. Era como si brillara cada centímetro de su piel.

El peinado era desenfadado, pero a la vez con mucho estilo y elegante. Llevaba el pelo atado en un moño alto del que caían mechones ondulados que acentuaban su cabello rubio. El maquillaje también era perfecto. Samantha había hecho una gran labor.

Erin estaba guapa. Espectacular incluso.

Pero no dejaba de ser una novia vestida de rojo.

Julia se fijó en cómo Catherine delante de ella se tensaba.

La madre del novio estaba erguida, pero tiesa, su perfil duro como mármol.

Sus labios formando una línea estrecha. Tan solo los dedos aferrados al bolso clutch que tenía en el regazo revelaban qué estaba pasando en su interior.

Rabia. Vergüenza. Incredulidad. Era como si Erin la hubiera ofendido de manera personal.

Y puede que lo estuviera haciendo. Había medios de comunicación presentes.

Tres fotógrafos discretos, pero visibles, con teleobjetivos y la acreditación colgada del cuello.

Julia jamás se atrevería a decirlo en público y tendría mucho cuidado de que no se le notara su emoción, pero, para ser sincera, aquella aparición le pareció absolutamente brillante y aplaudió el valor de Erin, capaz de romper de tal manera con las tradiciones.

Samantha tenía razón. Erin era una mujer extraordinaria. Un enriquecimiento para esta familia, sobre todo a nivel humano.

Resultaba reconfortante.

Por un instante se olvidó de Todd y su silencio, se olvidó de esa inquietud latente en su interior. En este preciso momento, mientras Erin recorría con su vestido rojo el pasillo alfombrado, con la barbilla en alto y absolutamente segura de sí misma, Julia tan solo experimentó plena satisfacción.

Por fin alguien dispuesto a desafiar a esta maldita familia. Y, además, con porte regio. Si Samantha representaba a la rebelde, Erin era la insurrección en rojo.

De hecho, ¿el rojo no era el color de los reyes?

¿De los soberanos?

De repente, notó un cosquilleo recorriéndole la espalda.

Se tensó, trató de concentrarse en la boda.

Mientras seguía a Erin con la mirada, se fijó en que esta temblaba ligeramente.

Julia supuso que no era por el fresco reinante en la iglesia, sino más bien por la emoción, por encontrarse cara a cara con el novio.

Al contrario que Catherine, John estaba embelesado cuando saludó a Erin con una sonrisa y un beso suave ante el altar.

Julia sonrió conmovida al ver que John también estaba nervioso y no dejaba de tocarla. Cuando el cura empezó a hablar, se hizo el silencio y todo el mundo pareció olvidarse del vestido no del todo apropiado de la novia. Al menos, casi todo el mundo.

Julia frunció el ceño al ver a Catherine susurrarle a Edward algo al oído. Era evidente que no podía controlar su disgusto, y eso que la ceremonia ya estaba en marcha.

Le echó un vistazo a Todd. ¿Se había enterado del numerito que acababa de montar Erin?

—¿Qué te parece? —le preguntó.

Él la miró, frunció el ceño.

—¿El qué?

—¡El vestido, Todd! ¿Qué te parece el vestido?

Lo observó mirar hacia delante, clavar los ojos en la espalda descubierta de Erin, luego dirigirse de nuevo a ella.

—Está bien, supongo.

Julia sonrió con maldad.

—Pues díselo a tu madre —susurró—. Creo que ahora mismo está intentando controlar sus ganas de matarla.

Él miró hacia Catherine, luego hacia su padre, finalmente la miró de nuevo a ella, se encogió de hombros.

—¿La verdad? Me importa una mierda el vestido de novia de mi cuñada. Y me da igual la opinión de mi madre al respecto.

Lo miró atónita.

Pero él ya se había vuelto a apartar y fingía estar fascinado con lo que estaba contando el cura.

Llegado el momento de los votos matrimoniales, Julia se enderezó. John fue el primero. Parecía haber escogido a conciencia las palabras y Julia distinguió en ellas el amor que sentía por Erin.

Luego fue el turno de Erin. Su voz era poco más que un susurro por lo que Julia tuvo que esforzarse por oírla.

Volvió a notar el cosquilleo en la nuca. No aguantó más y dio la vuelta. Harry estaba sentado dos filas más atrás y miraba con tanto odio a Todd, que un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

A su lado estaba Jodie, su esposa. Al cruzarse sus miradas, Julia distinguió lo sombría que era la de su hermana. ¿Qué demonios estaba pasando entre su esposo y esos dos?

Volvió a girarse justo en el momento en el que Erin y John se daban su primer beso como marido y mujer.

Los presentes prorrumpieron en vítores, luego las niñas de las flores les lanzaron arroz y pétalos de rosas a los recién casados, quienes, cogidos de la mano, se alejaban del altar y recibían las felicitaciones de los invitados.

Al llegar a la altura de Catherine y Edward, Julia notó que la repulsa de su suegra era casi palpable. No era así como se había imaginado la presentación oficial de su nueva nuera.

Samantha, que estaba detrás, tenía una sonrisa de oreja a oreja. Si de alegría o satisfacción, eso no sabría decirlo Julia, aunque supuso que era un poco de ambas.

Eliza, la benjamina de la familia, también parecía feliz por haber adquirido con Erin una tía nueva y muy guay.

Finalmente, la novia llegó hasta a ella.

—Estás preciosa —le dijo Julia, con lo que se granjeó de inmediato una mirada fulminante por parte de Catherine—.

El vestido es impresionante. —Agarró las manos de Erin, la miró—.

Te deseo lo mejor. —Luego se dirigió a Johnny y lo abrazó—.

Tienes una esposa maravillosa. Espero que seas consciente de eso.

John se soltó, estaba radiante. Julia vio lágrimas de felicidad en sus ojos y no pudo evitar sentir algo de melancolía mientras miraba a Todd, que estaba felicitando a Erin en esos momentos. Quiso abrazarla, pero ella le agarró la mano derecha y se la estrechó con torpeza.

Julia tragó. ¿Había sido un gesto intencionado por parte de Erin o es que estaba muy nerviosa? Buscó la respuesta en el rostro de Erin, pero la mirada de esta la sobresaltó. Era igual de sombría que la de Jodie pocos minutos atrás.