6 Colà Di Lazise
SEIS
COLÀ DI LAZISE
VILLA DEI CEDRI
ERIN
—¿Cari? —Una voz fue abriéndose paso hasta su consciente—. Tienes que ir levantándote si no quieres arreglarte a prisa y corriendo.
Abrió los ojos de golpe, confundida al ver a Samantha de pie ante la cama.
—Hoy es tu gran día. ¿Lo has olvidado? —Samantha sonreía con picardía—. ¿O será verdad que has cambiado de idea?
Erin se incorporó, bostezó disimuladamente, cogió el móvil, comprobó en la pantalla la hora que era y soltó un gemido.
—¿Has dormido mal? —quiso saber Samantha—. No hacías más que dar vueltas de un lado para otro. Hasta tal punto que he tenido que huir.
—¿Qué? ¡Lo siento mucho! —se disculpó Erin con su futura cuñada—. Estaba súper nerviosa. Pensé que no quedaría a dormir en toda la noche, pero parece que en algún momento sí lo hice.
Samantha se sentó en la cama.
—Es normal que estés algo nerviosa. Seguro que Jonathan está igual. Os casáis hoy, vais a uniros de por vida. Yo también estaría como un flan.
Erin se rio.
—Eso me cuesta creerlo. De hecho, no conozco a nadie que se tome la vida con tanta tranquilidad como tú.
Samantha la miró, se encogió de hombros.
—Eso es solo fachada. Lo cierto es que me tomo la vida tan en serio como cualquier otro. Lo que pasa es que procuro controlar mis miedos y emociones para que no influyan en mí, sobre todo cuando se trata de mi familia. Y a partir de hoy, formarás oficialmente parte de ella.
—Cierto. Al fin y al cabo, no me caso solo con John —bromeó Erin.
—Exacto. No lo olvides nunca —dijo Samantha con fingida seriedad—.
Pero antes de que empecemos a acicalarte para el gran momento, quería decirte algo.
—Se paró, aparentemente en busca de las palabras adecuadas—.
Johnny ha tenido mucha suerte contigo. Mucha, mucha.
Y deseo de todo corazón que no cambies nunca.
Erin sonrió emocionada, aunque en su interior se había desencadenado una tormenta. Tragó.
—Lo intentaré. —Apartó las mantas y se dirigió a la ducha.
—¿Quieres que pida algo para desayunar mientras? —gritó Samantha tras ella.
Erin se giró.
—Para mí no. Con los nervios tengo el estómago revuelto. Será mejor saltarme el desayuno. Pero si pudieras conseguirme una taza de té y un pitillo… Hace cinco años que no fumo, pero hoy necesito uno. No te imaginas cuánto.
Samantha se rio.
—Tengo algo mejor que nicotina para ofrecerte. Algo que no hará que vuelvas a recaer y que, además, hará que te relajes.
—¿Has traído un porro? —preguntó Erin atónita.
Samantha volvió a reírse.
—¡Por dios, Erin! ¡No! Me refería al champán. He traído una botella para la ocasión. Frío y con muchas burbujas. A la segunda copa, tus problemas estomacales habrán desaparecido como arte de magia.
Erin acababa de salir de la ducha cuando oyó la puerta de la habitación abrirse y cerrarse. Se puso el albornoz, echó una mirada comprobante al espejo y soltó un ligero suspiro. Tenía ojeras y su piel no estaba sonrosada, sino pálida como la cera.
Volvió a la habitación donde Samantha estaba colocando la mesa frente a la ventana. Había dos tazas de té, dos croissants, zumo de naranja, algo de fruta y dos copas de champán vacías.
—Siéntate —le ordenó mientras iba hacia el minibar.
Erin se sobresaltó al oír el plop hueco, luego un gritito agudo de Samantha.
Un chorro de líquido salió disparado de la botella, un chorro que su cuñada estaba intentando atrapar con la boca.
Erin hizo una mueca de desagrado.
—Lo siento —dijo Samantha, que se lo estaba pasando en grande. Luego llenó las dos copas, agarró una, la alzó. Erin la imitó.
—¿Por qué brindamos? —preguntó Samantha.
—No sé —dijo Erin con un repentino nudo en la garganta—. ¿Tú qué opinas?
—¿Por tenerlo muy claro y por un precioso día?
Erin soltó una risa tonta, chocó su copa con la de Samantha.
—Suena bien.
Tomaron un trago, luego Samantha abrió mucho los ojos—. ¡Quiero verlo!
Erin parpadeó, confusa.
—¿El qué?
—¿Qué va a ser? ¡El vestido! ¿Dónde lo tienes escondido? ¿O aún te lo van a traer?
Erin negó con la cabeza.
—Está en el armario.
Samantha asintió, se levantó, ladeó la cabeza.
—¿Me dejas verlo?
—Claro que sí.
Su futura cuñada estaba a punto de saciar su curiosidad cuando alguien llamó a la puerta. En vez de abrir la puerta del armario, abrió la de la habitación y dejó pasar a Julia.
La esposa de Todd también estaba pálida y parecía no haber pegado ojo, tenía los ojos muy hinchados, como si hubiera estado llorando.
—¿Pasa algo? —quiso saber Samantha.
—He dormido mal —respondió Julia con pocos ánimos, para luego mirarla—. También os digo: Erin no tiene mejor aspecto. Nada de novia radiante.
—Yo también he dormido mal. —Erin hizo una mueca—. ¿Seguro que estás bien?
Julia asintió, obviando las miradas interrogantes de las otras dos mujeres, se sentó en la cama.
—¿Cómo repartimos las tareas? ¿Samantha te maquilla y yo te peino?
Erin asintió, tomó otro trago de champán.
—¿Quieres? —le ofreció a Julia.
Esta dudó, luego miró a Sam.
—¿Hay alguna copa de sobra?
Samantha negó con la cabeza, le tendió a Julia la suya.
—Sírvete tú misma.
Erin se fijó en que a Julia le temblaba ligeramente la mano al llenar la copa. Samantha también se había dado cuenta porque frunció el ceño, aunque guardó silencio.
—Samantha estaba a punto de echarle un vistazo a mi vestido de novia. ¿A ti también te apetece verlo?
—Por supuesto —dijo Julia y vació de un solo trago la copa que estaba llena a rebosar.
Estaba claro que Julia no estaba bien, pero Erin estaba demasiado nerviosa con la boda que estaba a punto de celebrarse como para darle más vueltas. Lo que hizo fue levantarse, ir al armario, coger el vestido enfundado y con él en la mano, volvió junto a las mujeres.
Bajó con cuidado la cremallera de la funda, tiró de la percha hasta haber liberado el vestido.
Erin vio la boca de Samantha abrirse de forma automática y el rostro de Julia pasar de un tono pálido a uno ligeramente rojo.
—¿Es este? —preguntó Samantha, que fue la primera en recuperarse.
Erin asintió con la cabeza.
—Dios mío —intervino Julia—. Ahora entiendo que no quisieras que te acompañáramos a escogerlo.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene de malo? —preguntó Erin algo picada, aunque sabía a qué se refería Julia.
Samantha soltó una carcajada sonora, le sacó la percha de la mano y observó de cerca el vestido. Finalmente, se lo devolvió.
—Creo que sabes perfectamente lo que tiene de malo este vestido, querida.
Erin ya no aguantó más y esbozó una amplia sonrisa.
—¿Demasiado sencillo?
—¡Dios, no! —emitió Julia.
—¿Demasiado corto? —siguió preguntando Erin.
—Puede que un poco —opinó Samantha, que parecía a punto de soltar otra carcajada.
—¿Entonces qué le pasa? —preguntó Erin, fingiendo desesperación y perplejidad.
Ahora también rompió a reír Julia.
—Es rojo, preciosa. Catherine va a subirse por las paredes cuando lo vea y va a desear: ¡Tierra trágame!
Erin esbozó una sonrisa pícara.
—Le concedí a mi futura suegra que planeara toda la boda a su antojo. No conozco prácticamente a nadie de la lista de invitados. Así que pensé que sería más que justo elegir al menos yo mi vestido de novia.
Samantha soltó una risita maliciosa.
—Eres consciente de que mi madre te va a odiar por ello, ¿verdad?
Erin se encogió de hombros.
—Va a venir la prensa y los fotógrafos te van a fotografiar con este… atuendo.
—A mí me parece un vestido bonito —dijo Erin en voz baja—. El rojo era el color favorito de mi madre y pensé que rendirle este homenaje era un poco como tenerla a mi lado en un día tan importante. ¿Lo entendéis?
Julia y Samantha asintieron al unísono, la miraron con cara de pena hasta que Samantha carraspeó.
—Pero sabes que a mi madre incluso eso le va a traer sin cuidado, ¿verdad?
Erin asintió.
—Pues pienso ponérmelo de todos modos.
Samantha se rio, cogió la percha con el vestido, se lo tendió a Julia, abrazó efusivamente a Erin.
—Y es por esto por lo que te adoro, ¿me oyes? Y adoro a Jonathan por haber escogido a la más guay de entre los millones de mujeres que pululan por esos mundos.
—Gracias —fue lo único que consiguió decir Erin.
Samantha la apartó algo de sí, la observó.
—Pues manos a la obra, diría yo. Eso sí, tienes que prometerme algo.
Erin alzó las cejas.
—Cuando luego, en la iglesia, vayas por el pasillo hacia el altar, ve especialmente despacio cuando pases junto a mis padres. Hazlo por mí. Quiero disfrutar cada segundo de ese espectáculo.