La noche de bodas 5 Colà Di Lazise
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5 Colà Di Lazise

cMG

CINCO

COLÀ DI LAZISE

VILLA DEI CEDRI

ERIN

El anochecer cayó sobre Colà cual mantel de terciopelo. Erin iba sentada en el coche de su cuñada Julia. Llevaba la ventanilla abierta. Necesitaba inspirar aire fresco. Una mezcla pesada de jazmín, mampostería cargada de historia y el aroma a tierra mojada procedente de los huertos.

Julia detuvo el coche de repente y Erin miró hacia delante. Se encontraban ante un enorme portal negro que no se movió.

—Parece que una de nosotras va a tener que bajar —dijo Julia y se giró abiertamente hacia Samantha. Sin embargo, esta no reaccionó. Sin mover ni un músculo de la cara, sacó el móvil, tecleó algo, se llevó el aparato a la oreja.

A Erin le sorprendió oír de repente a su cuñada soltar una diatriba en italiano.

Sin haber transcurrido ni un segundo, el portal se abrió.

—No sabía que hablases italiano —le dijo a Samantha.

—Me da de que hay mucho más de lo que no te has enterado —dijo Samantha con una sonrisa maliciosa—. Como hasta ahora solo estabas pendiente de tu cariñito…

—Eso es verdad —admitió Erin riéndose y volvió a centrarse en la majestuosa propiedad que se erigía ante ellas. La villa principal, una construcción imponente de tiempos pasados, rodeada de un parque que nada tenía que envidiarle a un enorme jardín botánico.

Samantha, que se había percatado de las miradas de sorpresa e impresión, soltó una risita tonta.

—¿No me digas que Johnny aún no te ha traído aquí?

Erin negó con la cabeza.

—Sin embargo, tengo que decir en su defensa, que lo intentó. Varias veces. Lo que pasa es que no vinimos porque yo tenía muchos plazos de entrega que cumplir y no quedó tiempo.

El rostro de Samantha reflejó el escepticismo tras oír aquellas palabras mentirosas.

La habían pillado, pero no podía decirle la verdad a Samantha.

Había visto las fotos del sitio en internet y eso le había quitado las ganas de venir.

No era culpa suya, pero el lujo y tanta pomposidad suntuosa y cara no la atraían.

Todo lo contrario que a Julia y Samantha y aunque Samantha fingiese que todo aquello le importaba un bledo.

Erin se apeó, echó un vistazo alrededor.

—Caramba para mi madre. Sí que se ha esmerado —dijo Samantha, que apareció acto seguido a su lado.

Admiraron las macetas de flores que bordeaban el sendero que daba a la casa, las varas de metal clavadas en la hierba y que hacían de soporte para cantidades inmensas de tul blanco y ramas de eucalipto mecidas suavemente por la brisa.

Todo lo que estaban viendo parecía sacado de una de esas pelis cursis.

Irreal, ajeno.

Erin se sacudió de manera imperceptible, tratando de disimular. Demasiado tarde.

Samantha se había dado cuenta y estaba soltando una risita tonta.

—Mujer, al menos finge que no cabes en ti de gozo. —Con gesto teatral y serio, se llevó la mano al pecho y puso cara de mártir—. ¡Me partes el corazón! —dijo parodiando a su madre.

Erin se rio disimuladamente.

—Lo intentaré.

A punto de girarse hacia el coche para coger el equipaje, vio a John, que venía corriendo hacia ellas. Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y alegría.

Al llegar junto a ella, la cogió en brazos y la giró en volandas.

—¡Qué tierno! —bromeó Julia.

Erin captó la envidia en la voz de Julia, pero no le dio mayor importancia. La ignoró simplemente.

En aquel momento solo importaba John. Le dio un beso en los labios, lo miró enamorada.

—Te he echado de menos.

Él sonrió.

—Seguro que no tanto como yo a ti. —La atrajo más hacia él, la apretó entre sus brazos—. Estaba empezando a temer que fueras a echarte atrás en el último momento —susurró—. ¿Todo en orden entre vosotras?

Erin asintió.

—Pero, aunque no fuera el caso, mi intención no es casarme con tu familia, sino contigo.

John se puso serio de golpe.

—¿Estás completamente segura? ¿No tienes ninguna duda con lo de mañana? Sabes que estás a tiempo de cambiar de idea.

Erin volvió a besarlo, esta vez con más pasión. Luego lo apartó un poco.

—Estoy completamente segura, cariño. Quiero casarme contigo. Y ya.

Él asintió aliviado.

—Ven que te enseño nuestra habitación.

—Olvídalo —intervino Samantha.

—¿Cómo dices? —Erin miró a su cuñada.

—No vas a pasar tu última noche de soltera con tu novio. Eso trae mala suerte. Tú duermes conmigo. Me lo agradecerás mañana por la mañana, cuando no seas capaz ni de tomar un trago de té por culpa de los nervios.

Erin frunció el ceño sin poder dar crédito.

—¿En serio? Si eso no son más que supersticiones de vieja.

—Tradiciones, querida, que tienen su razón de ser —recalcó Samantha.

—Pero ¿en serio os parece necesario? John y yo hace días que no nos vemos.

—¡Qué horror! —Julia decidió intervenir también, con lo que se granjeó el agradecimiento de una Samantha que lo estaba pasando muy bien.

—Vale. —Erin acabó dando su brazo a torcer y le dio un último beso en la boca a John—. Ya lo has oído. Las manos quietas esta noche. La noche la vamos a dedicar a dormir y descansar para estar guapos mañana.

—Tú no necesitas estar más guapa de lo que ya estás —dijo John con una sonrisa tonta en la cara, le dio un pellizco cariñoso—. Eres la más guapa del reino.

—Qué asco —soltó Samantha, pero, al contrario que Julia, se la veía eufórica y feliz por ellos.

—Tengo una sorpresa —dijo John y le lanzó una mirada pícara—. No vamos a pasar nuestra noche de bodas aquí, sino en un yate en el puerto de Desenzano di Garda. ¿Qué te parece? Solos tú y yo en nuestra noche de bodas.

A Erin se le aceleró el corazón. Sacudió la cabeza, abrió la boca.

—Eso suena… fabuloso. ¡Muchas gracias!

—¡Joder! —gritó Samantha de repente, destrozando de un plumazo aquel momento de romanticismo y paz.

Erin siguió la mirada de Samantha, se sobresaltó al ver el aspecto que presentaba el hermano de Todd. Su rostro era una paleta de todos los posibles tonos azules, verdes y violetas. Un vendaje enorme ocultaba su nariz, aunque no su mosqueo.

Se acercó a ellos, se paró delante de Julia. Pero, al contrario que en el caso de John, la escena entre Julia y su marido resultó fría y distante.

Erin, queriendo concederle algo de privacidad a Julia, tiró de John.

Cuando se hubieron sentado en un banco lo suficientemente alejado, miró a su prometido en busca de respuestas.

—¿Qué ha pasado? Julia no ha soltado prenda.

—Lo cierto es que nadie lo sabe con exactitud —respondió John—.

Desde que nos juntamos, entre Todd y Harry parecían saltar chispas.

Harry estaba como distante, casi hostil con Todd y mi hermano…

Bueno, ya sabes cómo es. No dejó de machacarlo todo el rato hasta que Harry perdió los nervios y le partió la cara.

Erin hizo una mueca de escepticismo.

—Eso no es típico de Todd. ¿Ha dejado que Harry se saliera con la suya?

John se rio.

—La cara de Harry aún está peor. Es un milagro que no haya tomado las de Villadiego.

—¿Sigue aquí?

—Por respeto a Julia.

—¿Y la hermana? ¿Jodie? ¿Ya ha llegado?

—Esta mañana, pero te digo que aquí pasa algo muy raro. Desde su llegada, ella y Todd no han intercambiado ni dos palabras seguidas. E incluso me pareció que están en habitaciones separadas.

Erin sacudió la cabeza.

—Eso no suena nada bien.

—En mi familia, eso es el pan de cada día.

Erin suspiró.

—Lo siento, nena. No quería aguarte la fiesta.

—Tranquilo. No lo has hecho. Es solo que acabo de darme cuenta de que todos estos invitados vienen de tu parte.

John volvió a abrazarla, le acarició la espalda.

—No pasa nada. Ya está —dijo Erin por fin, miró a John—. Mis padres hace años que han muerto, pero quién sabe, puede que les gustara todo esto. Qué triste no saberlo.

—¿Por qué no invitaste por lo menos a algunos amigos tuyos?

—Si lo hice. Simona está en los Estados Unidos por trabajo y no puede venir y Bridget acaba de tener un bebé. Hace solo una semana.

John asintió, la consoló con una sonrisa cariñosa.

—Espero que tengas claro que mi madre te quiere como a una hija. Y para Samantha eres la hermana mayor que siempre quiso tener.

Erin asintió, se levantó, extendió los brazos.

—¿Qué tal si vamos en busca de Catherine? Quiero darle las gracias por todo esto.

John sonrió y se levantó a su vez.

—Mis padres están allí, en el restaurante, dando las últimas instrucciones para el bufé de mañana.

Nada más entrar la parte del edificio en la que se encontraba la cocina, oyeron la voz gangosa de Catherine. A Erin se le pusieron los pelos de punta. No podía remediarlo, pero no le gustaba esta mujer, aunque se guardaba muy mucho de decirlo y hacía todo lo posible para que no se le notara.

Al entrar en la estancia lindante con la cocina, Catherine se giró de golpe, se acercó a ella emitiendo un grito de arrobamiento.

—¡Querida! ¡Qué alegría verte! —Le dio dos besos en la mejilla, la miró radiante—. ¿Ya has echado un vistazo a todo?

—Por supuesto y me parece todo impresionante. Te lo agradezco de todo corazón, Catherine. —Aunque le pareció un gesto exagerado, estrechó a Catherine entre sus brazos. Sabía por encuentros anteriores que su suegra esperaba ese tipo de detalles.

—Erin, qué bien que estés aquí.

Una chica, Eliza, la más joven de los Carrington, se acercó corriendo y se coló entre Catherine y ella.

—¿Y? ¡Venga, cuenta! ¿Te ha gustado Abano?

Erin sonrió.

—Muchísimo.

Eliza hizo una mueca arrugando la nariz.

—¿En serio? Yo odio aquello. ¡Está lleno de viejos!

Erin se rio, le acarició la melena a la joven de catorce años y le lanzó un guiño conspirativo.

—¿Estás nerviosa por lo de mañana? —Eliza la observó con desconfianza—. ¿Te están entrando las dudas? ¿No estarás pensando en huir por la noche o salir corriendo mañana cuando estés delante del altar como en esa peli de Novia a la fuga?

Erin se rio.

—¿Has visto esa peli?

—Anoche, con mamá. Qué divertida.

—Ni se te ocurra meterle ideas raras en la cabeza a mi amorcito —bromeó John.

—Por suerte, y al contrario que Julia Roberts en la película, yo no tengo miedo al compromiso. Por no mencionar que no he traído mis tenis.

Eliza soltó una carcajada. Ver a aquella niña tan despreocupada y feliz conmovió profundamente a Erin.

La chiquilla ni se imaginaba que no iba tan mal encaminada con sus temores.