4 En El Pasado
cGR
CUATRO
EN EL PASADO
HARRIET
La gravilla crujió bajo los pies de Harriet cuando atravesó el portal de hierro forjado y pisó por primera vez el patio interior de la universidad.
El aire olía a césped recién cortado, a otoño y a algo que no logró identificar – el aroma típico de Oxford tal como lo había estado imaginando a lo largo de todos aquellos meses.
Tenía las manos frías por cargar con las maletas, sin embargo, el corazón desbocado la hizo romper a sudar de emoción.
Una columnata de arenisca clara lanzaba sombras alargadas sobre los adoquines, mientras que a lo lejos se oía una campana dar la hora.
Harriet se detuvo un momento, bizqueó a causa de la luz reflejada en las vidrieras emplomadas.
Se preguntó si jamás volvería a vivir un momento que se identificara con un comienzo tanto como este.
Siguió caminando, arrepintiéndose de repente de haber sido tan orgullosa y no permitir que su madre la acompañara.
Compartir este instante con alguien a quien quería no parecía algo tan malo.
Pero mamá se había quedado en casa. Aunque a regañadientes y solo porque ella se lo había pedido.
El primer día en la universidad, Harriet no quería dar la impresión de no saber valerse por sí misma.
Al fin y al cabo, lo que contaba eran las primeras impresiones y no quería que los demás estudiantes la vieran como un bebé.
Giró en la esquina, atravesó otro portalón de hierro forjado y entonces lo vio.
La residencia estudiantil. Su nuevo hogar.
Se alzaba ante ella como un vestigio de otros tiempos.
Arenisca gris cubierta de hiedras, vidrieras altas y emplomadas que reflectaban la luz con un brillo frío.
Sobre la entrada un escudo con una pátina causada por el paso del tiempo, con el año 1883 grabado debajo.
Harriet alzó la mirada como para averiguar si aquellas paredes le revelarían lo que le esperaba en este lugar.
Luego dio un giro de tres cientos sesenta grados.
El corazón parecía estar a punto de estallar de tanta emoción. Paseó la mirada alrededor, firmemente decidida a grabar para siempre en la memoria este momento mágico.
En el patio no había casi nadie. Vio a algún novato suelto tirando de las maletas, traqueteando sobre los adoquines, acompañado de unos padres nerviosos o solo, como ella. Le llegó el aroma de algo dulce.
¡Tortitas!
¡Tenían que ser tortitas!
O estaba cerca de la cantina o alguien estaba cocinando en su habitación. Al instante empezaron a rugirle las tripas y tuvo que controlarse por no ir tras aquel aroma.
Sacudió la cabeza, riéndose de sí misma.
El momento pasó y siguió avanzando, tirando de la maleta.
Bajó un escalón pequeño para atravesar una puerta de madera pesada y chirriante y luego seguir a lo largo de un pasillo estrecho de madera oscura, pasando por una serie de retratos antiguos que miró a hurtadillas al pasar.
Encontró por fin su habitación en el segundo piso: una puerta sencilla de madera con una placa de latón. En ella dos nombres escritos con una caligrafía antigua y cargada de florituras: el suyo y el de su compañera de habitación.
Por favor, diosito, que sea buena gente, pidió Harriet para sus adentros. Luego accionó la manilla, abrió la puerta y echó un vistazo tímido a la habitación.
Era sorprendentemente grande. Dos camas, dos escritorios pequeños, un armario ropero alto, que seguramente tendría que compartir con la compañera, y una pequeña cocina americana.
Pero lo más bonito de su nuevo hogar era un ventanal diminuto con vistas al patio interior.
Un lado de la habitación ya parecía habitado.
En el escritorio había libros apilados sin ton ni son, junto a ellos, una taza de té aún humeante.
Encima de la cama, un montón de ropa junto a una maleta medio vacía.
Harriet carraspeó, a lo que se oyó un chirrido. Ni un segundo después asomó una joven detrás de la barra de la cocina y la miró asustada.
—¡Dios mío! ¡Qué susto me has dado! ¡Casi me meo! —Se rio—. Hola. Soy Jessie.
—Encantada —respondió ella con voz baja—. Harriet.
Jessie tenía el cabello castaño claro, casi dorado, atado en un moño deshilachado, y una cara delgada con unos ojos vivos que la estaban estudiando con interés.
—Genial, Harriet. —Se acercó sonriente—. Creo que vamos a llevarnos bien. ¿Tú qué opinas?
Harriet soltó una risita insegura.
—Eso espero.
—Nada de esperar, hacer —determinó Jessie y le ofreció la palma de la mano derecha para que se la chocara—.
Pues listo, compañera. ¿Qué te parece si averiguamos dónde nos pueden dar algo de comer?
Esta cocina es una falta de respeto. Ni siquiera tiene cafetera, ya no hablemos de un hervidor.
¡Ni platos! He tenido que pedirle a la chica de al lado una olla y una taza.
Menos mal que he traído sábanas y toallas de casa.
—Jessie se detuvo de manera brusca, extendió los brazos—. ¡Esto parece de la Edad de Piedra!
Harriet sonrió.
—Yo he traído algo. Dos juegos de platos y cubiertos, una sartén, dos ollas pequeñas. Si quieres, podemos compartirlos hasta que tengas tus propios utensilios. Y sí, un poco Edad de Piedra sí que parece. Pero oye, esto es Oxford, ni más ni menos. Sigo sin poder creérmelo.
El reloj del campanario dio las cuatro. Dos días y darían comienzo las clases. Los estudios, su nueva vida. Llevaba meses soñando con eso.
No sin esfuerzo, dejó la maleta más grande encima de la cama que aún quedaba libre, la mochila en el suelo, empujó la otra maleta hacia la cocina y miró a Jessie.
—Vale, estoy lista. Por mí podemos irnos.
En el Nosebag olía a pan tostado, té negro y ropa mojada. De camino aquí había empezado a llover, pero Jessie venía equipada. Antes de que Harriet se pusiera a correr, había sacado un paraguas del bolso, como por arte de magia.
Hacía solo unos minutos que conocía a su compañera, pero Harriet ya tenía una cosa clara: Jessie no dejaba nada al azar. Era por eso por lo que había ido a parar aquí, a uno de los pubs más famosos cerca del campus.
Su primera reacción había sido de duda cuando Jessie propuso aquel local.
No porque no le gustara un buen plato inglés o un sándwich estrafalario – todo lo contrario.
Pero con el presupuesto tan ajustado que tenía no podía permitirse muchas extravagancias y una comida en el Nosebag era sin duda alguna, una extravagancia.
Mientras que no tuviera un curro que le permitiera inflar un poco su presupuesto, tendría que conformarse con lo imprescindible y con comida muy sencilla.
Cierto era que sus padres se habían ofrecido a brindarle algo de sus ahorros para que los comienzos fueran menos complicados, pero ella se había negado en redondo.
Oxford era grande. No debería resultar demasiado difícil encontrar un trabajo.
Cuando vino el camarero, un joven con coleta y barbita, y les entregó la carta, a Harriet casi le dio un ataque. Solo las lentejas costaban tanto como toda la compra entera en su supermercado de confianza. Miró a Jessie, hizo una mueca.
—No puedo costearme comer aquí —admitió, sonrojándose de vergüenza—. No tengo ni setecientas libras y tienen que llegarme hasta que haya encontrado un curro.
Jessie la miró, se encogió de hombros.
—Tranqui, cari. Invito yo.
—No puedo aceptar, Jessie. Apenas nos conocemos y no quiero que…
—¡No me seas orgullosa! —la interrumpió Jessie—. Ya invitarás tú a algo cuando tengas un curro. ¿Vale?
Harriet resopló, titubeó, pero Jessie ya no le estaba prestando atención. Estaba concentrada en la carta.
—¿Qué te parecen unos nachos de aperitivo? Y luego podemos compartir la tabla de sándwiches. ¿Y de beber? Mmmh. Propongo un cóctel para brindar.
Harriet tragó, pero acabó cediendo. Tenía que llevarse bien con Jessie, no quería ofenderla rechazando su invitación bien intencionada.
Jessie llamó al camarero, soltó de un tirón el pedido y se recostó.
—Así que has conseguido una de las becas tan deseadas. ¡Guau! ¿Qué se siente cuando se cuenta con el apoyo oficial? ¿Y cómo la has conseguido? ¿Eres una especie de genio? ¿Una cerebrito, tal vez?
—Saqué una media bastante buena —admitió Harriet, aunque se le notaba que le incomodaba hablar de ello. A nadie le gustaba que se le considerara un empollón.
—Lo que yo decía: una cerebrito. ¿Y cómo es?
Harriet se encogió de hombros, jugueteó con los vaqueros.
—Para ser sincera, es como llevar un vestido demasiado caro como para ponerlo. Quiero decir, estoy aquí, sí, pero tengo la sensación de estar en un museo, sin tener siquiera entrada para ello.
Jessie la miró sonriente.
—Te han concedido una beca, Harriet. No la lástima del Estado, así que no hagas como si estar aquí fuera pura casualidad. Que estés en Oxford es mérito tuyo y de nadie más. Porque eres buena, ¿me oyes? Mereces estar aquí.
Harriet bajó la mirada. De repente, no se atrevió a mirar a Jessie a los ojos. Que fuera tan amable con ella, la emocionó muchísimo y no quería que su compañera se diera cuenta de lo sensible que era.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿A ti qué te parece estar aquí?
Jessie se rio.
—Mis padres me regalaron un maletín el primer día de parvulario. Ni te imaginas lo metido que tienen en la cabeza que algún día yo tomaré decisiones que le salvarán la vida a mucha gente. Su sueño siempre ha sido que siga sus pasos. Pero ¿sabes a qué huelen los pasos de un médico?
—Me lo vas a revelar tú ahora mismo.
—Exactamente. A desinfectante y a mucho miedo. Así que, tan deseable no resulta.
—Y, aun así, has decidido estudiar medicina.
—Sí, lo he hecho, aunque si por mí fuera hubiese escogido algo relacionado con Bellas Artes. Algo creativo, diferente, algo que poder crear con mis propias manos. Pero no soy tonta. Sé que casi nadie consigue vivir del arte.
Unas risitas en la mesa de al lado llamaron la atención de Harriet. Tres chicas, unos dos años mayores que ella, tenían ante sí unas tazas humeantes y carpetas abiertas. Una rubia con las mejillas algo sonrosadas se inclinó de repente hacia delante y les susurró algo a las demás.
—El tío alto que acaba de entrar, ¿quién es? —preguntó con la voz entrecortada por la emoción.
Harriet no se dio la vuelta de inmediato, pero sí oyó las sillas detrás de ella siendo arrastradas de un lado para otro.
Había entrado un grupo de chicos. Lo supo no solo por la corriente de aire frío que entró en el pub a través de la puerta abierta, sino por cómo cambió el nivel de ruido. Una risa, segura de sí misma y fuerte se impuso al resto de los ruidos en el local.
—Aléjate de ese tío —fue el consejo que le dio una de las chicas a la rubia, y lo dijo muy seria.
—¿Qué pasa con él?
—Es el demonio personificado. Nunca, jamás te líes con ese. ¡Prométemelo!
Harriet no pudo evitar ponerse tensa. Intentó mirar disimuladamente.
Tenía que ver quién era el tío al que acaban de dar el título de demonio.
Pero la primera persona a la que vio entre los recién llegados no tenía absolutamente nada de demoníaco.
Llevaba la cabeza algo ladeada, como si estuviera escuchando una música que solo él podía oír.
Era de estatura media y más bien desgarbado.
Sin embargo, irradiaba una elegancia despreocupada que no tenía nada que ver con la ropa casual que llevaba puesta, sino más bien con su forma de moverse.
Parecía caminar al son de un ritmo interno, soñar con los ojos abiertos.
Algo en él hizo que Harriet se prendara de inmediato de él.
Incluso se le aceleró el corazón nada más verlo.
Desvió la mirada hacia el tipo que estaba al lado.
Alto, musculado, con unas facciones tan proporcionadas que casi parecían cinceladas por un escultor.
También él llevaba ropa deportiva a la vez que elegante, pero al contrario que el chico que le había llamado tanto la atención, este irradiaba una arrogancia más bien repulsiva.
Al girarse de nuevo hacia Jessie, vio que esta también estaba mirando fijamente hacia los chicos.
—El tío ese está buenísimo —murmuró y Harriet supuso que se estaba refiriendo al chico alto. Debía de ser el del aviso de la chica de la mesa de al lado. ¡El demonio!
Se sobresaltó al oír unos berridos desgañitados, volvió a girarse.
Los dos chicos no estaba solos. Justo detrás de ellos estaban entrando a empujones tres jóvenes más, estos en chándal. Bromeaban a grito pelado, se empujaban entre sí como si siguieran en el terreno de deporte.
Harriet les dedicó tan solo una breve mirada para acto seguido volver a observar disimuladamente al soñador. Era lo que ella consideraba el hombre perfecto. Él también echó un vistazo a los presentes en el local, se detuvo un segundo más en ella antes de seguir mirando como si no la hubiera visto.
Harriet volvió a dirigirse a Jessie, que la estaba observando con una sonrisa pícara.
—¿Lo conoces? —preguntó llevada por la curiosidad.
Harriet negó con la cabeza.
—No, pero tengo la sensación de que debería ponerle cuanto antes remedio a eso.
Jessie miró de reojo hacia la mesa de al lado.
—¿No has oído lo que acaban de decir?
—Eso iba por el alto si las he entendido bien. Y ese no me interesa lo más mínimo.
Jessie asintió, se giró sin más hacia las chicas de la otra mesa y les soltó:
—Mi amiga y yo no hemos podido evitar oír un comentario vuestro. Esos tíos junto a la puerta, ¿qué problema tienen?
La amiga de la rubia cogió aire, miró indecisa hacia la entrada, luego de nuevo hacia Jessie y ella.
—Debéis de ser novatas.
Jessie asintió.
—Vale, pero que quede entre nosotras, ¿vale?
Harriet y Jessie asintieron al unísono.
—¿Os suena el nombre de Elisabeth Turner?
Jessie sonrió.
—Yo solo conozco a Tina Turner, así que…
La amiga de la rubia hizo caso omiso del chiste, tan solo hizo una mueca de desagrado.
—Liz, o sea, Elisabeth Turner iba un curso por encima de nosotros y era muy amiga de esos cabrones.
Se rumoreaba que estaba saliendo con Jake, pero no eran más que chismes.
Un día la encontraron en un callejón oscuro, medio desnuda y muerta.
La policía cogió a esos tíos por banda y los sometieron a un tercer grado, pero nada.
Harriet se encogió de hombros.
—Supongo que porque no habían tenido nada que ver.
La chica sacudió la cabeza con vehemencia.
—¡Vaya si tenían!
—Liz no fue la única. Un año antes de su muerte hubo otra violación. La chica denunció a uno de esos tíos. Ni dos días después retiró la denuncia, desapareció de aquí, sin decirle nada a nadie. ¿Quieres saber mi opinión?
Harriet estaba pendiente de la chica.
—Creo que le dieron dinero para que se callara la boca o que la amenazaron con matarla.
—¿Y la policía? Sospecharían de alguien, digo yo.
—Y aunque lo hubieran hecho – con dinero se puede comprar el silencio de cualquiera.