3 Abano Thermes
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TRES
ABANO THERMES
JULIA
—No se lo tomes a mal —dijo Julia al ver la expresión perpleja en el rostro de Erin—. Samantha está… ¿cómo decirlo?… un poco ida. Me he fijado que lleva así desde hacía un par de semanas. No está contenta, no está en paz consigo misma y lo paga con los demás, con nosotras en concreto.
—Puede, pero ha dejado caer un comentario que no me quito de la cabeza.
—Ha dejado caer varios. ¿A cuál te refieres?
—A que va siendo hora de que John se agarre los machos porque le faltan huevos – o algo por el estilo.
—Vaya. Samantha y sus expresiones.
—¿A qué se refería?
Julia se encogió de hombros, miró fijamente a su futura cuñada.
—Supongo que lo considera un gallina, por el motivo que sea. Pero, oye, que a Todd tampoco lo soporta. La de veces que lo ha insultado llamándole gilipollas. Samantha es así. La miras y crees estar ante una mujer hecha y derecha, pero por dentro sigue siendo la niñita malcriada de dieciséis años.
—¿Ya hace tanto que la conoces? —Erin se sorprendió.
—Hace más. Mi padre y Edward son amigos desde que iban a la guardería.
Lo cierto es que los niños nos hemos criado prácticamente juntos.
Conozco a Samantha desde que era un bebé.
Ya por aquel entonces sabía llamar la atención y hacer que todo girara en torno a ella.
Es la reina del drama, una niña rica, mimada, que se vuelve borde cuando los demás no hacen lo que quiere.
—Pero ¿qué tiene eso que ver con que piense que a John le falten huevos?
—Samantha es una rebelde sin causa. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
Es más, da la impresión de que lo que más le gusta en esta vida es intrigar en contra de su propia familia.
Casi siempre hace lo contrario de lo que se espera de ella.
Y John… bueno, siempre se llevaron muy bien, hay un vínculo especial entre ellos.
—¿Y con Todd?
—Samantha y Todd son más bien polos opuestos. El perro y el gato, siempre peleándose y buscándose las cosquillas. Lo que pasa es que, al contrario que Samantha, Jonathan maduró y asumió responsabilidades. Decidió tirar del carro, mientras que Samantha siguió nadando contracorriente.
—Cosa que sigue haciendo.
—Bien observado. Supongo que no le perdonó a su hermano que se convirtiera en un hombre, ¿entiendes?
Erin tragó, reflexionó sobre lo que acababa de oír y asintió finalmente.
—¿Tú también piensas que John es un cobarde?
Julia miró a Erin, tratando de dar con las palabras adecuadas.
—John no es un cobarde, pero ojalá dijera de vez en cuando lo que piensa. Me gustaría que, para variar, defendiera su opinión. Es un buen tío y por eso su padre y Todd se aprovechan de él.
Erin hizo una mueca de disgusto.
—Extrapolando lo que acabas de decir y si te he entendido bien – corrígeme si me equivoco –, desde tu punto de vista ni tu marido ni tu suegro son buena gente.
Julia carraspeó.
—No he querido decir eso. Es solo que Edward y Todd son machos alfa y Johnny…
—¿Qué pasa con él? Dilo sin problema.
—Es demasiado amable. Siempre lo ha sido. En vez de defender sus propios intereses, se deja doblegar.
—Lo cual también dice mucho de ti, ¿no?
—No te entiendo.
Erin esbozó una sonrisa.
—¿Fue por eso por lo que te decidiste por Todd? ¿Porque querías un hombre capaz de imponerse?
Julia se ruborizó.
—Entre Johnny y yo nunca hubo nada, Erin. Entre él y yo nunca existió esa conexión que hay entre vosotros. Johnny y yo somos de la misma edad y por eso estamos muy unidos, pero se trata de una relación completamente platónica. Nunca pasamos más allá de la amistad.
—¿Y lo tuyo con Todd? ¿Eso cuándo comenzó?
—Lo cierto es que siendo adolescentes. Empezamos a salir, nos enrollamos unas cuantas veces y luego emprendimos caminos diferentes.
Poco después volvimos a intentarlo y nos separamos una segunda vez.
La amistad entre nuestros padres nos unió por tercera vez.
Esta vez la cosa fue en serio. Nos comprometimos, nos casamos y aquí estamos. —Julia le guiñó un ojo a Erin.
—O sea, que podíais haber sido tú y John tranquilamente.
—Pues no. —Julia se rio—. John no es mi tipo. A mí me gustan los hombres altos y de hombros anchos, como Todd. Todd se parece a su padre y Johnny ha salido más bien a Catherine. No encajaríamos, ¿entiendes?
Erin asintió sonriente.
—Por fortuna. Puede que Todd sea más guapo, pero su carácter no va conmigo. Perdona, pero me resulta un poco engreído de más, casi arrogante y bastante egocéntrico.
Julia asintió, de repente se puso muy seria.
—Tienes razón. Todd es sin duda alguna un narcisista, al igual que su padre. En su día me pareció un rasgo atractivo… un hombre consciente de su valía y que irradiaba seguridad.
—¿Ya no?
Julia se encogió de hombros.
—Todd es leal y te puedes fiar de él. Aprecio mucho eso. Haría lo que fuera por su familia. Al igual que hizo Edward toda su vida.
—Tengo entendido que Catherine intentó divorciarse varias veces, pero que al final siempre se echaba atrás.
—Sí, Edward eso de la fidelidad no lo lleva a rajatabla. O dicho de manera más elegante: carece del gen de la monogamia. —Erin la miró ojiplática—. ¿Que Edward engañó a Catherine?
—Antes sí. Y, además, con frecuencia.
—¿Y qué pasa con Todd? ¿A él también le falta ese gen?
Julia cogió aire, quiso decir algo, pero cambió de idea. De repente ya no le apetecía seguir charlando con Erin, así que apartó la mirada. La conversación había dado un giro demasiado personal.
—Perdona si me he pasado —se disculpó Erin—. No pretendía ser cotilla.
Julia se relajó un poco, pero la pregunta de Erin la tenía atrapada. Para ser sincera, hasta hacía poco se había hecho esa misma pregunta un montón de veces: qué papel desempeñaba la fidelidad en su relación con Todd.
—Por cierto, ¿dónde está Jodie? —preguntó Erin para cambiar de tema—. Ya te lo quise preguntar ayer. ¿No habías dicho que también vendría?
Julia volvió a dirigirse a Erin, reflexionó desesperadamente para dar con qué decir. Su hermana era un tema del que ahora mismo ni quería ni podía ocuparse.
—Le ha surgido algo —acabó diciendo. No quiso entrar más en detalles para que no se notara que ni ella misma sabía qué era lo que de repente le pasaba a Jodie con ella.
Llevaban semanas sin apenas hablarse, no respondía ni llamadas ni mensajes de WhatsApp—.
Vendrá el día de la boda —fue la respuesta evasiva.
La mirada seria e interrogante de Erin le indicó que había empleado un tono más duro del intencionado. Intentaba dar con una explicación para esa brusquedad cuando sonó el móvil en el bolso.
Lo cogió, miró la pantalla, frunció el ceño.
¿Qué le querría John? ¿Se habría equivocado de número al marcar?
Aceptó la llamada, escuchó la diatriba agitada de John. Cuando por fin fue consciente del significado de sus palabras, abrió los ojos asustada.
—¡Un momento! ¿Lo he entendido bien? ¿Acabas de decir que el marido de mi hermana le ha dado una paliza a Todd?