La noche de bodas 2 Abano Therme
6%

2 Abano Therme

DOS

ABANO THERME

SAMANTHA

—¿Se puede saber a qué te refieres? —Julia la miró sin ocultar su ira, las manos retorciendo la toalla.

Samantha se encogió de hombros.

—¿Qué es lo que no entiendes? Me refiero a que Erin ha cazado al único miembro de nuestra familia que sigue teniendo corazón y que no es un gilipollas. ¿O acaso pretendes afirmar que te parece genial ser un miembro más de esta familia gracias a haberte casado con Todd?

Samantha se dio cuenta del efecto que sus palabras estaban teniendo en Julia. Esta no dijo nada, pero estaba buscando desesperadamente cómo plantar cara a aquella acusación infundada.

—Toma como ejemplo a mis padres, tus suegros —la animó Samantha.

—¿Qué les pasa? —preguntó Julia, cada vez más tensa. Parecía querer salir huyendo.

—Mi padre, sin ir más lejos —prosiguió Samantha impasible—. ¿Por qué crees que está tan cabreado conmigo?

Julia se encogió de hombros.

—¿Acaso crees que solo es porque he dejado Derecho para ahora estudiar Historia del Arte?

—Es lo que suponía, en efecto —dijo Julia.

Samantha soltó una risa llena de amargura.

—Mira, eso incluso se lo perdonaría. Y sí, no le ha hecho mucha gracia.

Si siguiera sus pasos y fuera abogado como él, podría tenerme controlada en todo momento.

Pero no, la verdadera razón de su cabreo conmigo tiene poco que ver con la profesión que he escogido.

Está tan cabreado porque todavía no le he presentado a ningún yerno presentable, valga la redundancia.

—¿Estás segura de que es por eso?

—Vaya si lo estoy… Por cierto, debería definir lo que él entiende como presentable. Se refiere a un hombre digno de formar parte de esta familia.

—Hay resentimiento en tus palabras.

—Por supuesto que lo hay. Mis padres le dieron dinero a mi último novio para que desapareciera de mi vida. Cosa que hizo. Y Steve…

—¿Qué pasa con Steve?

—Pues pasa que, aunque aún no le he llevado a casa, mi padre ya lo sabe todo de él. Lo que significa que será el siguiente en largarse. Y no puedo hacer nada, absolutamente nada para impedirlo… Y mira que me gusta ese chico…

Samantha se calló al ver el susto reflejado en el rostro de Julia.

—¿A que no sabías esto?

Su cuñada negó con la cabeza, pero no dijo nada.

—¿Crees que estarías ahora aquí sentada si tu familia y la mía no se conocieran desde hace siglos y si no tuvieran vínculos de negocios? Procedes de buena familia. Y tu familia es igual de rica que la mía. Fue solo por eso que a mi padre le encantó la idea de que Todd se casara contigo.

—¿Y yo qué? —quiso saber Erin, quien hasta ahora había estado escuchando consternada la conversación—.

Al igual que tu Steve, provengo de una familia de clase media.

Mi padre no tenía una empresa propia ni era precisamente un hombre acomodado.

Y mi madre dedicó su vida a cuidar a sus hijos.

Era ama de casa y madre por vocación. Si tu teoría es correcta, ¿cómo es que tu padre no ha intentado quitarle a John este matrimonio de la cabeza?

Samantha miró a Erin, hizo una mueca.

—A ojos de mis padres, el caso de tu familia es especial. Tienen algo que vale tanto como la pasta: influencias y renombre. Eres una aclamada autora de best sellers. Tu primera ya novela ha sido llevada al cine. La gente te conoce. Te admiran porque has conseguido algo y les brindas ilusión.

Erin estaba perpleja.

—¿A qué te refieres? ¿Qué quieres decir con eso de que brindo ilusión a la gente?

—Eras una chica normal y corriente y has renacido de tus cenizas cual ave fénix.

Dentro de un par de días vas a formar parte de una de las familias más influyentes de Inglaterra.

Tu vida parece sacada de un cuento de hadas y hay un montón de gente que te admira por eso.

Eres su modelo a seguir. Ese glamour mi padre lo considera muy útil porque le viene bien al prestigio de nuestra familia.

¿O en serio crees que mis padres te adularían tanto si tus libros estuvieran cogiendo polvo en el fondo de las estanterías?

—Estás exagerando, Samantha, en serio. —Julia la miró, sacudió la cabeza—.

Ya llevas tres carreras que has dejado a medias, tienes treinta y un años y aún no tienes claro qué quieres hacer con tu vida.

Pienso que es más bien eso lo que critican tus padres y no tu gusto a la hora de elegir pareja.

Por no mencionar que la primera carrera la abandonaste por culpa de uno de tus ligues.

Lo que pasa es que tus padres están preocupados por ti.

Además, mis padres han pasado por sus crisis financieras, que superaron gracias a la ayuda de los tuyos, por cierto. Así que, tan malos no son.

Samantha soltó una risa carente de alegría, se quedó mirando a Julia y resopló.

—Querida, te tenía por más lista.

—Venga, dejadlo ya —intervino Erin. No le hacía ninguna gracia que la conversación hubiera cogido estos tintes tan serios—. Hemos venido porque estoy a punto de casarme y antes tenemos que pasárnoslo bien. Y esto no es pasárselo bien.

Samantha asintió muy seria, echó la cabeza atrás.

—Tienes razón, cari. Disculpa. No pretendía estropearte el día.

—No lo has hecho, pero he de reconocer que la visión que tienes de tu familia me ha dado que pensar.

Samantha tragó.

—No te preocupes, ¿vale? Johnny es un cielo. Siempre lo ha sido. Ojalá… —Dejó la frase a medias, recogió las cosas y las metió en la bolsa—. Voy a subir a la habitación a tumbarme un rato. Esta agua me deja para el lastre.

—Ojalá… ¿qué? —preguntó Erin.

Samantha titubeó un instante, suspiró.

—Está bien. ¡Ojalá se agarrara los huevos que le faltan y les plantara de una vez por todas cara a los miembros masculinos de nuestra familia!

Tras llegar a la habitación, Samantha lanzó la bolsa a una esquina, se tiró en la cama y cerró los ojos.

Ni ella misma sabía a qué se debía aquel comportamiento incontrolado de maldad hacia Julia.

La pobre no le había hecho nada, Erin tampoco.

Aun así, en cuestión de segundos las había insultado y puesto en su contra.

Soltó un gemido de impotencia, se tapó la cara con las manos.

Volvió a incorporarse, se levantó de la cama, hurgó en el bolso en busca del móvil y le echó un vistazo. Nada. Seguía sin noticias de Steve. Y eso que, desde que habían llegado ayer, lo había estado bombardeando a llamadas y mensajes.

Con gesto frustrado, tiró el móvil sobre la mesilla de noche, volvió a tirarse en la cama y trató de no llorar, pero no lo consiguió.

Lo que no les había contado a esas dos mujeres era que, antes del vuelo de Londres a Verona, ella y Steve se habían peleado.

Steve estaba al tanto del súper evento de los Carrington, en el que, dentro de un marco de ceremonia pomposa, se celebraría la llegada de un nuevo miembro a la familia.

Que él no estuviera presente le había ofendido mucho.

Pero no estaba en la lista de invitados. Ella no podía hacer nada.

Ella y Steve llevaban saliendo siete meses y, hacía apenas un mes, él le había confesado que la amaba. Ella, que le correspondía, ya se lo había dicho varias veces también, pero a él las palabras parecían no bastarle. Él quería hechos que demostraran que ella iba de verdad en serio.

Steve le había presentado sus padres la última vez que estos habían venido a Londres. Desde entonces esperaba de ella que hiciera lo mismo. Ciertamente, la boda de su hermano hubiera sido un buen momento para ello, pero su padre había sido tajante: no quería conocer ni toleraría a ese «perdedor».

Ella no había sido capaz de decirle la verdad a Steve, de contarle lo que opinaba su padre de él, para no hacerle daño.

De hecho, se había planteado incluso no ir ella a la boda.

Que estuviera aquí ahora la llenaba de sentimientos de culpa.

Aunque peor era la disculpa de no estar preparada todavía para dar el paso de presentárselo a su familia.

A sí misma trataba de justificarse diciendo que lo hacía por Johnny.

Él y su hermana pequeña Eliza eran los únicos de esta familia a los que amaba de corazón y por los que daría su vida.

Sí, hubiese podido traer a Steve de todos modos, a pesar de la oposición de sus padres, pero su madre había amenazado con consecuencias muy serias en caso de llevar a un don nadie al festejo nupcial.

Mancharía el buen nombre de la familia. No había que olvidar que acudiría la prensa para informar sobre la boda del año.

Su madre jamás le perdonaría que saboteara este gran momento.

Así que, había hecho de tripas corazón y, a sabiendas del daño que le haría, le había dado calabazas a Steve.

¿Acaso le había quedado otra?

A pesar de tener ya treinta y un años, eran sus padres quienes seguían costeándole los estudios y todo lo que conllevaban: un piso pequeño, pero muy lujoso, en el centro de Londres, su tren de vida...

Si tuviera que pagar ella todo, no le quedaría tiempo para los estudios, por no mencionar para ella misma.

En ese sentido llevaba razón Julia al echarle en cara que había nacido en cuna de oro.

Sí, era una persona privilegiada. No tendría por qué preocuparse por el futuro o por el dinero siempre y cuando hiciera lo que le exigían sus padres.

Era plenamente consciente de que eso implicaba una relación de dependencia y lo odiaba. Y por eso mismo envidiaba a Erin.

Por su independencia.

En caso de que Erin decidiera algún día que Jonathan no era el hombre de su vida o que ya no soportaba a los Carrington y sus circunstancias, podría cortar por lo sano y largarse.

Erin podría fácilmente empezar de nuevo donde se le antojara, recuperaría su apellido de soltera, volvería a ser ella misma.

Samantha se hundió cada vez más en la autocompasión y los ojos se le llenaron de lágrimas. Sabía que sus padres jamás la dejarían volar libre, ni siquiera cuando consiguiera por fin ser autosuficiente.

Era una de ellos. Una Carrington.

Ese apellido venía con obligaciones y responsabilidades.

Sus padres jamás iban a permitir que les diera la espalda y siguiera su propio camino. En el fondo, era una prisionera en una jaula de oro. Su prisión no tenía rejas – tan solo una cadena invisible que la obligaba a quedarse.