La noche de bodas
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1 Abano Therme
UNO
ABANO THERME
ERIN
—¿Qué tal todo por ahí? —preguntó John. Su voz sonó agitada. Le faltaba resuello, como si estuviera realizando una actividad que precisaba de fuerza física.
—¿Qué demonios estás haciendo? ¿Estás en el gimnasio? —preguntó Erin irritada.
—No exactamente —respondió él. Se delató con una sonrisa—. Esta bailarina de striptease me está haciendo sudar la gota gorda.
—¿Qué…?
Él se rio.
—¡Tranquila, nena! Hemos salido con la bici y ahora mismo estamos subiendo una montaña. Todd se ha propuesto ir hasta el Lago de Idro. ¡Es una ruta impresionante! Preciosa, ¡pero te dejas los hígados! Así que, si no llego a la boda, ya sabes a quién agradecérselo.
Oyó la bulla y los cánticos de los demás chicos y sonrió.
—Te quiero —dijo en voz baja—. Pero este hotel…
—¿Qué pasa con el hotel?
—Lo odio. Es un…
—Un búnker de lujo, lo sé. —Entre resoplidos, John terminó la frase por ella—.
He estado un par de veces. Y sí, es muy refinado.
Pero confía en mí: acabarás adorándolo. El agua relaja que es una maravilla y la comida está riquísima.
¿Por qué no disfrutas de todos esos lujos, sabiendo que me estás dando tremenda envidia?
Créeme, preferiría estar en la piscina y no aquí siendo secuestrado montaña arriba por una banda de locos.
—Aún no he ido a la piscina —dijo ella y no pudo aguantar más la risa.
John soltó un quejido teatral.
—Pues ya estás tardando, preciosa. Y no olvides: tienes garantizada mi envidia.
Media hora más tarde estaba bajando en el ascensor a la zona del balneario.
Fue entonces que empezó a comprender a qué se refería John.
Todo en aquel edificio irradiaba relax en estado puro.
Las tumbonas mullidas en la zona de la sauna, la piscina climatizada, las piscinas repartidas por el jardín y cuyo olor a agua termal servía para hacerse una idea de lo sano que debía de ser meterse en ellas.
Miró alrededor en busca de Samantha y Julia. Las encontró en la parte más alejada del jardín, bajo un grupo de palmeras altas.
—Ahí está por fin —exclamó Samantha mientras alzaba un poco las gafas de sol para examinarla con el ceño fruncido—. ¿Y a ti qué te pasa? Cualquiera diría que estás a punto de casarte. Si parece que vayas a ir a tu propio funeral.
Erin sonrió.
—¿Tan mal?
—Ven aquí, tonta. Te hemos guardado un sitio.
—Gracias. Sois unos cielos. —Erin dejó la bolsa en la tumbona junto a la de su futura cuñada y observó a Julia, la esposa de Todd.
Parecía estar dormida, pero Erin supuso que solo estaba fingiendo.
Sabía que a Julia le molestaba el estilo directo de Samantha y que por eso trataba de evitar cualquier situación en la que se viera obligada a conversar con ella. De ahí que fingiera estar durmiendo.
—¿Ya os habéis metido en el agua? —le preguntó a Samantha.
—Por supuesto —confirmó esta entusiasmada—. Antes de desayunar incluso. El agua está enriquecida con litio y no te imaginas lo bien que le sienta eso a mi psique.
Erin sabía que Samantha sufría de depresión, aunque desconocía el porqué concreto. Suponía que se debía a sus desavenencias con la familia. Solo se llevaba bien con John.
Erin le sonrió. Profundizar en el tema psique supondría una diatriba de la que podía prescindir.
—Pues a ver si lo disfruto yo también —dijo y se acercó a la piscina.
Al llegar, probó la temperatura del agua metiendo con cuidado el dedo gordo del pie.
Estaba muy caliente. Seguramente estuviera casi a la temperatura corporal – con el calor que hacía fuera, resultaba más bien desagradable.
Aun así, se metió en el agua, para que luego no dijeran que era una desagradecida.
Era Julia quien estaba costeando la estancia de Samantha y la suya en este hotel. Qué menos que fingir que le gustaba el sitio y todos sus lujos.
Se sobresaltó al emerger Samantha a su lado. Hasta ahí el ansiado relax. Se apartó, fue a sentarse en la zona de hidromasaje en el centro de la piscina, cerró los ojos y trató de seguir el consejo de John: disfrutar sin más.
Bastaría con repetirse una y otra vez que la estancia aquí duraría poco tiempo.
Dos días más y estaría en el Lago Garda, para ser más precisos, en Colà di Lazise.
En este pueblo pintoresco al norte de Lazise se encontraba el hotel en el que iba a tener lugar su boda.
Aunque decir hotel era quedarse muy corto.
Se trataba de una villa antigua en la que más de un famoso había montado fiestas a lo grande.
Notó la suave presión del chorro de agua en la espalda. Oyó a Samantha charlar con alguien. Erin abrió los ojos, parpadeó a causa del sol que le daba de frente, se maldijo por haber prescindido de las gafas de sol para obtener un moreno uniforme en la cara.
A contraluz, vio a Julia acercarse a ella. Le sonrió.
—Quería darte las gracias —le dijo cual niña buena a su futura cuñada y extendió las brazos—. Por todo esto… Es maravilloso.
Julia asintió con la cabeza, esbozó una sonrisa amplia.
—Pues muy contenta no se te ve para ser sincera. Tengo que darle la razón a Samantha.
Así que, efectivamente, se había enterado de todo. Para Erin fue algo violento. Sin embargo, intentó que no se le notara nada.
—Esto es precioso, Julia, en serio. Es solo que me falta Johnny. Lo echo mucho de menos.
Julia se puso melancólica de repente, como tratando de recordar cuándo había echado así de menos a Todd, de manera tan intensiva y dolorosa.
Erin sabía que el matrimonio de Julia estaba pasando por una crisis, lo cual no solo se debía a que aparentemente uno de ellos no estaba en condiciones de tener hijos.
Suponía que era por Julia. Aunque su cuñada, siempre tan distante y fría, nunca había mencionado nada al respecto.
Julia siempre se mostraba inaccesible, casi arrogante.
Sin embargo, tras conocerla un poco mejor, se descubría que se trataba más bien de una especie de escudo protector.
Samantha era diferente. Ella era abierta y directa, sincera a no más dar. Soltaba su opinión siempre que lo considerara oportuno.
—De todos modos, trae mala suerte follar con el novio las noches antes de la boda —anunció Samantha con energía, lo que en el caso de Erin le arrancó un sonrisa y en el de Julia, un suspiro de indignación.
—Supongo que sabrás que no estamos solas —soltó Julia con tono cargante.
A Samantha eso no la impresionó lo más mínimo. Soltó una sonrisa tonta y se encogió de hombros.
—¡Sácate ya ese palo que llevas metido en el culo, Juls! Estamos aquí para que Erin se desmadre a lo grande antes de entrar en nuestra horrible familia.
Julia se estremeció, miró a Samantha con mala cara y frunció el ceño.
—No somos tan horribles, ¿vale? Deberías estar agradecida por haber nacido dentro de una familia tan acomodada. Has nacido en cuna de oro y tienes unos padres que siguen haciendo lo que sea para que su hijita malcriada aún llegue a ser alguien.
Julia le había dado donde más le dolía a Samantha, la cual reaccionó al instante. Salió del agua, impulsándose con los brazos en el borde de la piscina, sin entrar al trapo a la reprimenda de Samantha.
—¿Acaso no es verdad? —insistió Julia mientras que Erin hacía lo que hacía siempre que los Carrington discutían entre sí: no inmiscuirse.
—A mí no me metáis —dijo entre risas, se levantó y fue tras Samantha. No para apoyarla, sino porque no aguantaba ni un segundo más en aquel agua tan caliente.
Se puso el albornoz, se tiró en la tumbona, cerró los ojos.
—Por cierto, ¿por qué has dejado la planificación de tu boda en manos de mi madre? —preguntó Samantha en voz baja, por lo que Erin se vio obligada a dirigirse a ella.
—¿La verdad?
—Siempre.
—No necesito tanta pompa y boato —dijo despacio, consciente de sus palabras—. Por mí, me hubiese largado con Johnny a Las Vegas para casarnos allí. Él y yo y nadie más.
Samantha sonrió, no pareció ofenderse por quedar excluida en esa versión.
—Y, aun así, la dejas hacer. ¿Por qué?
Erin soltó un suspiro que le salió del alma.
—Catherine se ofreció a ocuparse de todo. Le hace ilusión, todo lo contrario que a mí. No me van las fiestas con tanto boato. Si me presto a esta pantomima es por John.
Samantha asintió distraída, de repente, pasó de ser una mujer de treinta y un años a una niña soñadora.
—Te entiendo, en serio. Cuando me case, haré lo que acabas de decir. Solo él y yo y nadie más. Desde luego que nada de familia. Y menos la mía.
—¿Es que hay alguien por ahí? —quiso saber Erin, temiendo a la vez haber invadido la intimidad de Samantha, eso en caso de tener una zona protegida e íntima.
Samantha soltó una sonrisa pícara, luego miró a Julia, que seguía metida en la piscina y, finalmente, de nuevo a Erin.
—Para ser sincera, sí. Pero te juro que, si mamá y papá estuvieran al tanto, me desheredarían.
—¿Tan mal? —preguntó Erin—. Háblame de él.
—Es camarero. Es americano y estudia Historia del Arte. Sus padres son gente sencilla, pero muy buena gente, ¿entiendes?
Erin asintió sonriente.
—Tus padres los odiarían.
—No solo mis padres. —Samantha soltó una risa carente de alegría.
—¿De qué estáis hablando? —quiso saber Julia, que, finalmente, había decidido hacerles compañía.
—Acabo de decirle a Erin la lotería que le ha tocado con John —mintió Samantha, a la vez que sonreía con picardía.
—¿A qué viene eso ahora? Hace nada estabas intentando quitarle la boda de la cabeza.
Samantha abrió los ojos, fingiendo consternación.
—Si no me refería a John, querida. Al fin y al cabo, dentro de nuestra inmensa familia, él es el único que no es un gilipollas redomado.