La noche cae sobre Shanghái Capítulo 71
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Capítulo 71

七十一

El día que estalló la guerra

Anochecía. El cielo de Fengtai era una costra morada sobre el horizonte.

Miguel seguía en la misma estancia, o al menos eso creía.

Había perdido la cuenta de los días. En aquel sótano sin relojes ni ventanas útiles, el tiempo se disolvía como el sabor de la última comida.

Lo alimentaban apenas lo justo para mantenerlo en pie.

Nadie le hablaba, nadie respondía a sus miradas.

Lo traían y lo llevaban como a un bulto.

La verdad era que ya no esperaba nada, ni liberación, ni justicia, ni siquiera compasión.

Lo único que pedía era que Isabel no saliera perjudicada.

Que las fotos no fueran para ella. Que la amenaza fuera solo eso, una forma de quebrarlo.

Hacía mucho tiempo que no rezaba, pero ahora lo hacía, por ella.

Lo que le sucediera a él… le daba igual.

Cuando el chirrido de la puerta metálica rompió la oscuridad, Miguel no alzó la cabeza. Ya no reaccionaba. Solo al sentir los pasos, al notar las manos que lo alzaban, comprendió que había llegado el momento de otra cosa. Algo diferente. Algo peor.

Eran los mismos oficiales del Kempeitai que le había tomado las fotos. Reconoció su olor antes que sus rostros: sudor seco, cuero viejo y tabaco agrio. Por un momento recordó a Isabel, siempre tan atenta a los olores, y sonrió. La sonrisa tan solo duró un instante.

Los soldados traían fardo de ropa. Lo desataron con movimientos precisos, sin brusquedad.

Luego le quitaron el chaqué que se había puesto para el supuesto almuerzo en el consulado y, sin palabras, le ordenaron vestirse.

Eran ropas civiles chinas. Camisa de algodón crudo, pantalones anchos, chaqueta raída.

El tipo de ropa que uno vería en un culi, no en un empresario hispanofilipino de buena familia.

Miguel se sentía perdido bajo esas prendas, despojado de su personalidad, como si el disfraz no fuera otra cosa que un aviso de lo que venía.

Una vez vestido, le ataron de nuevo las muñecas. Esta vez, con una cuerda más larga, para poder conducirlo como a un animal. Lo escoltaron fuera del edificio. Atravesaron un patio interior cubierto de grava, bajaron una pendiente bordeada de faroles apagados y salieron por un portón lateral.

La noche estaba tibia, y por primera vez en días, Miguel sintió el aire de la calle en la cara. El camino los llevó hasta una explanada donde las vías de tren se bifurcaban en todas direcciones. Al fondo, podía distinguirse la silueta imponente del puente.

Lo arrastraban entre dos oficiales. Uno de ellos era un joven de mandíbula estrecha y ojos hundidos que lo apretaba por el brazo con fuerza casi afectuosa.

El otro, más bajo y robusto, caminaba medio paso por detrás, sosteniendo un bastón corto con la mano izquierda.

Ninguno hablaba. Solo los pasos sobre la gravilla y el traqueteo lejano de un tren que se acercaba.

Cuando llegaron a la vía principal, lo detuvieron. El de la mandíbula estrecha lo empujó con firmeza hacia el centro de los raíles.

Miguel miró el suelo. Aquí. Aquí va a ser.

Y entonces ocurrió.

Primero fue un estallido lejano. Un disparo seco, como un petardo fuera de lugar. Luego otro, más cerca. Después, el infierno. Voces en japonés gritando órdenes, pasos apresurados, el zumbido agudo de un silbato militar. Una ráfaga de disparos iluminó el borde del puente.

Miguel se quedó paralizado. No entendía nada. El guardia de la mandíbula estrecha lo empujó al suelo y se colocó a su lado, medio agachado, con la pistola en la mano. El otro sacó un cuchillo y lo sostuvo junto a su garganta. Miguel intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca por el miedo.

Desde su posición apenas alcanzaba a ver el borde del puente, pero podía oírlo todo. El caos. Más disparos. Gritos. Un alarido. Después, una frase que congeló la sangre en sus venas.

—¡Hemos encontrado a un saboteador comunista extranjero!

Fue el guardia bajo quien lo gritó, a pleno pulmón, apuntando hacia Miguel con una teatralidad que no dejaba lugar a dudas. Otro oficial llegó corriendo, fusil en mano. Lo miraron. Lo rodearon.

Miguel se quedó sin aire. No podía moverse. No podía defenderse. No podía ni gritar.

El tiroteo seguía en el fondo, pero ahora todo el foco era él. Y entendió. Entendió que aquello no era una detención. No era un interrogatorio. Era un montaje. Un espectáculo cuidadosamente preparado. Y él era la prueba viviente del enemigo que Japón necesitaba.

Asier avanzaba encorvado, con los dedos helados apretando el fusil que nunca había disparado.

La patrulla china se deslizaba entre los campos de caña al borde de Fengtai.

El silencio pesaba. Demasiado silencio. Solo se oía el roce de uniformes, el zumbido de insectos y, a lo lejos, el tren que atravesaba las afueras.

Yungli iba a su lado. Ninguno hablaba. Llevaban una hora observando las luces del campamento japonés entre los árboles, buscando un signo, una fisura. Sombras que se movían, reflejos de linternas, voces ahogadas. Nada más.

Entonces, el estallido.

Un disparo seco, aislado, desde el otro lado del puente.

La patrulla se congeló. Silencio. Un murmullo de orden. El estómago de Asier se encogió. Hemen da.

Otro disparo. Luego dos más. Una ráfaga. Gritos. Las linternas se encendieron, corrieron sombras. Asier se aplastó contra el suelo mientras la noche se llenaba de detonaciones, gritos en japonés y en chino, destellos de pólvora. No veía nada, no entendía nada: solo ruido, solo luz.

Un proyectil silbó sobre su cabeza. Otro estalló a pocos metros, lanzando tierra y ramas. Yungli le gritó algo, señaló hacia una zanja. Se arrojaron dentro. Sintió la respiración de Yungli en el cuello. Habían estado muchas veces tan cerca el uno del otro, pero nunca en esas circunstancias.

Desde allí, Asier vio a los soldados chinos desordenarse. Algunos disparaban, otros caían. El puente de Marco Polo se recortaba bajo las llamaradas. Entre las columnas, avanzaban las tropas japonesas.

—¡Ha empezado! —gritó alguien.

Asier lo supo. No necesitaba que se lo dijeran. La guerra estaba allí.

Un rugido metálico quebró la noche. Un blindado chino surgió del humo, arrastrando polvo y gritos. Asier alzó la vista, incrédulo. De su interior saltó alguien: botas, pantalón claro, camisa blanca, el pelo recogido, los ojos abiertos de par en par.

Isabel.

—¡Miguel está ahí! —rugió—. ¡Lo tienen los japoneses! ¡Lo tienen!

Asier corrió hacia ella, esquivando disparos, cubriéndose tras una columna caída. La encontró entre dos soldados, agitada, con la cara manchada de tierra y lágrimas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin aire.

—¡Me mandaron estas fotos para chantajearme, míralas! —Sacó una foto arrugada y húmeda.

Asier no necesitó verla. Le bastó la palabra de Isabel.

—¿Dónde?

—Junto a las vías, en la base japonesa… ¡No lo sé!

Yungli irrumpió desde el flanco derecho, jadeando, el fusil colgado a la espalda, la camisa abierta.

—Tranquila —dijo—. Lo sacaremos. Lo juro.

La artillería japonesa retumbaba más cerca. Los imperiales avanzaban. La defensa china intentaba recomponerse. Las balas cruzaban como relámpagos.

Isabel clavó los ojos en Asier.

—No voy a quedarme atrás.

Él no respondió. Solo asintió.

Los tres se agacharon, avanzaron entre cuerpos, humo y fuego. El puente ardía, los leones de piedra parecían rugir bajo las llamas. Una escuadra china los cubría desde las columnas. El fuego japonés vacilaba: los refuerzos chinos empujaban con ritmo, con propósito.

Isabel, medio agachada, medio corriendo, señaló entre la neblina.

—¡Allí! ¡Es él!

Asier siguió su dedo. Una figura en ropa civil, sostenida a la fuerza por dos oficiales japoneses. Uno lo arrastraba del brazo. El otro gritaba órdenes. Isabel lanzó un grito, pero su voz se rompió en el fragor.

Asier y Yungli reaccionaron a la vez. Corrieron. Asier alzó el fusil. Años sin disparar. Apuntó. Respiró. Apretó el gatillo. El japonés se desplomó, herido en la pierna. El otro desenfundó su pistola, pero Yungli disparó primero. El oficial cayó hacia atrás, rígido, como una marioneta cortada.

Miguel quedó libre. Se derrumbó en el barro.

En ese instante, más soldados chinos irrumpieron, gritando, arrastrando sacos, recuperando terreno. Los últimos japoneses se replegaron. Una corneta rasgó el humo: retirada.

Isabel corrió sin que nadie pudiera detenerla. Se arrodilló junto a Miguel. Le tomó la cara, lo llamó por su nombre. Él abrió los ojos, murmuró algo sin sentido. Isabel lo envolvió, lo besó, lo aferró contra ella.

Asier se quedó unos pasos atrás, inmóvil. Miró la escena. Miró a Yungli. Él lo miró también. Y entre humo, barro y sangre, sonrieron.

Asier extendió la mano.

Yungli la tomó sin dudar.