La noche cae sobre Shanghái Capítulo 70
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Capítulo 70

七十

El día antes del estallido de la guerra

Miguel despertó con la boca pastosa y un latido sordo en la sien izquierda.

Intentó llevarse la mano a la cabeza para comprobar si sangraba, pero descubrió que tenía las muñecas atadas a la espalda.

La superficie bajo su cuerpo era dura, metálica, cubierta apenas por una lona que olía a óxido y queroseno.

No era su cama. No era su casa. No era ningún lugar al que pudiera haber llegado borracho y por error.

Su último recuerdo era del general Matsui.

Después, solo fragmentos inconexos: un garaje iluminado por las farolas, voces en japonés, el sabor amargo del miedo…

y el traqueteo insistente, monótono, de ruedas metálicas sobre raíles.

Ahora estaba allí, en una estancia baja, sin ventanas, con paredes de chapa remachada y una luz amarillenta que colgaba de un cable desnudo.

Un zumbido mecánico vibraba de fondo, como si todo el edificio respirase con dificultad.

Miguel se incorporó con esfuerzo, apoyándose contra la pared más cercana. Le dolían los hombros, el cuello, los tobillos. Al mirar hacia abajo descubrió por qué: estaba atado de pies y manos. Una mordaza le apretaba con fuerza la mandíbula y la lengua.

Respiró hondo. No podía quedarse allí tumbado. Debía moverse. Ver algo. Pensar.

Se tambaleó hasta una de las paredes laterales.

A un metro y medio del suelo, entre dos placas de metal, había una abertura con barrotes, apenas una rendija.

Se alzó sobre las puntas de los pies y logró asomarse.

Lo primero que vio fue un tendido ferroviario: varias vías paralelas, oxidadas, cruzadas por traviesas de madera.

Más allá, una torre de señales con caracteres japoneses y el emblema del Ejército Imperial.

No hacía falta ser un experto en kanji para intuir que aquello era un nodo logístico.

Entonces, más allá de las vías, al fondo del todo, lo vio.

Un puente de piedra, de arcos bajos y simétricos, jalonado por una hilera de figuras esculpidas. Leones. Decenas de ellos, como una procesión ancestral que custodiara el paso entre dos mundos.

El puente de Marco Polo.

El corazón le dio un vuelco.

Estaba en Fengtai, el viejo nudo ferroviario al suroeste de Beiping. Lo habían sacado de Shanghái, lo habían llevado hasta el mismísimo borde del territorio ocupado, a una instalación militar japonesa.

Se dejó caer de nuevo al suelo, jadeando. La cabeza le daba vueltas. No por el dolor, sino por el pánico. Sabía demasiado. O peor aún: sabían que Isabel sabía… y escribía demasiado. Ella nunca había sido de las que se callan.

Tengo que pensar. Tengo que ganar tiempo.

El tren militar se detuvo a pocos metros de la muralla occidental. Asier bajó tras Yungli, con la mochila al hombro y el polvo pegado a los párpados. El calor era seco, sofocante, y la luz del sol convertía las piedras de la explanada en brasas invisibles.

Frente a ellos se alzaba la ciudadela de Wanping: un rectángulo fortificado con muros grises, gastados por los siglos, almenas bajas y torres de vigilancia que miraban al horizonte con resignación.

No era grande ni hermosa, pero parecía dura.

Como si llevara siglos esperando un asedio que por fin estaba a punto de llegar.

La entrada principal estaba flanqueada por sacos de arena y por una ametralladora japonesa capturada que apuntaba al sur, en señal de advertencia.

Soldados chinos iban y venían con el rostro tenso, los uniformes arrugados, los gestos bruscos.

Algunos los miraban de reojo. Otros ni siquiera alzaban la vista.

Asier sintió que había entrado en el preludio de una tormenta. Lo había sentido antes. En Bilbao. En Bermeo. En el despacho de Wu. Y siempre, la calma había sido el disfraz del desastre.

Le había costado separarse de Isabel. La había dejado en Shanghái, deshecha, buscando a Miguel como una posesa.

Él estaba convencido de que los había traicionado otra vez.

Seguro que andaría con sus amigos alemanes o escondido bajo las faldas de su madre.

Pero Isabel no lo aceptaba. Juraba que aquella vez era distinto.

Que Miguel no se iría sin decir nada. Que algo iba mal.

Antes de marcharse, Asier le había entregado un sobre doblado con los datos de la misión: fechas, nombres, ubicación exacta. Por si pasaba algo. Por si debía buscarle. Por si tenía que decirle a su ama y a su aita que su hijo había muerto lejos de casa.

Allí, en la entrada de Wanping, Yungli se adelantó y habló con un oficial del 29.

º batallón del Ejército Revolucionario Nacional de la República de China.

Lo saludaron con respeto. Les indicaron dónde debían alojarse: un edificio bajo junto al muro norte, reconvertido en centro de transmisiones.

Asier siguió en silencio, observando. Desde lo alto del muro se veía el puente de Marco Polo.

No tardaron en ser conducidos ante el coronel Chi Hsing-wen.

Los recibieron en una habitación de paredes gruesas, con mapas clavados con chinchetas sobre tablones de madera.

Chi era un hombre seco, enjuto, de ojos pequeños y penetrantes.

Tenía la camisa remangada y una pistola Tokarev colgada del cinturón.

Saludó a Yungli con un gesto, luego miró a Asier.

—Sabemos que los japoneses planean algo —dijo Yungli, sin rodeos—. El Juntong ha interceptado información: necesitan una excusa. Una provocación que les permita justificar una invasión total.

Chi asintió y se apoyó sobre la mesa.

—Los tenemos demasiado cerca. La guarnición japonesa de Beiping está a unos kilómetros.

Cuatro mil hombres. El cuartel general está en Tianjin, pero tienen permiso para maniobras en esta zona, según los tratados firmados tras la rebelión de los Bóxers.

Últimamente entrenan cada noche en los alrededores del puente de Marco Polo.

Cada vez más cerca. Cada vez más ruidosos.

—La información indica que están buscando una chispa. Algo que puedan usar ante la prensa internacional como casus belli .

Chi se pasó la mano por el rostro, tenso.

—Esta misma noche mandaremos una patrulla hacia Fengtai —añadió—.

Allí tienen un pequeño destacamento, junto a las líneas del tren.

Desde ese punto han estado movilizando tropas, camiones, incluso artillería ligera.

Todo dentro de lo permitido…, al menos sobre el papel.

Quiero saber qué hacen y con qué efectivos.

—El soldado Asier y yo nos uniremos a la patrulla —dijo Yungli.

Asier mascó la palabra. Liebing , soldado. Ahora era un soldado del ejército chino.

El coronel los miró con seriedad.

—No esperaba menos. Hablen poco. Observen. Y si pasa algo… lo sabrán primero.

Asier guardó silencio mientras los escoltaban fuera del cuartel de mando, hacia los barracones donde dormirían con los demás soldados. Si algo estaba a punto de estallar, ellos estaban justo en el centro del fuego cruzado.

Desde lo alto del muro, el puente de Marco Polo seguía ahí: los arcos de piedra, los leones centenarios envueltos en bruma. Más allá, la llanura. Y en ella, el enemigo.

Tres días. Tres días enteros sin noticias.

Al principio intento quedarme en casa, aferrada a la absurda esperanza de que, en cualquier momento, Miguel cruzará la puerta con su sonrisa torpe y alguna excusa inverosímil.

Pero el tiempo pasa, y el vacío sigue intacto.

No puedo seguir encerrada. Me estoy volviendo loca.

Ahora estoy en la redacción del Weekly .

Nadie me ha pedido que venga, Powell entiende perfectamente mi situación, pero aquí tengo acceso a los teletipos, a los artículos de todas las agencias, de todos los periódicos del mundo.

Los devoro sin piedad. Busco alguna señal, alguna palabra, algo que me dé una pista sobre el paradero de Miguel.

Pero no hay nada. Ni un nombre, ni una inicial.

Nada en los cables de Reuters, ni en los boletines del Shen Bao , ni siquiera en los reportes confidenciales de la inteligencia francesa que Powell guarda como oro en paño. Miguel ha desaparecido del mapa.

Durante un momento me planteo llamar a Manila.

Hablar con doña Carmen. Tal vez ella sepa algo.

Tal vez Miguel haya regresado a Filipinas, a su jaula dorada.

Pero la idea se disuelve tan rápido como aparece.

No puedo hacerlo. No sin arriesgarme a que la propia familia de Miguel esté detrás de todo esto. Los conozco demasiado bien.

No sé qué hacer. No sé a quién acudir. Sunmey, por supuesto, me apoya.

Como siempre. Pero tampoco él tiene ni idea de lo que ha podido pasar.

Ya no me molesto en fingir que estoy bien.

Camino por la redacción con la cara descompuesta y los nervios a flor de piel.

Cada noche vuelvo a casa agotada, con la esperanza absurda de encontrar un mensaje bajo la puerta, una nota, una señal. Cada noche, la espera es en vano.

Esto no puede seguir así.

La chica de recepción se acerca. En la mano lleva un sobre color sepia.

Lo deja sobre mi mesa sin decir palabra.

La miro. Ella me devuelve una mirada rápida, incómoda, y se va.

Lo abro con ansia, el corazón me golpea en la garganta.

Dentro hay varias fotos. Miguel, atado y amordazado, junto a unas vías de tren.

El rostro magullado, pero consciente. Vivo.

Me tiemblan las manos. Dentro del sobre hay también un papel doblado en cuatro, con una sola frase escrita en castellano con caligrafía puntillosa: «Mantente en silencio o te lo devolvemos en pedazos».

No hay firma. Pero no hace falta. Solo los japoneses tendrían la sofisticación —y la arrogancia— de chantajearme en mi propio idioma. Para que me calle. Para que deje de publicar. Para que me olvide de hacer de Casandra de Troya y avisar al mundo de lo que se nos viene encima.

Cojo las fotos otra vez. Las examino una a una, detenidamente. Saco una lupa del cajón. Busco algo, lo que sea. No hay carteles visibles. Nada escrito. Solo una pista: en uno de los vagones, muy tenue, aparece el emblema del ejército imperial japonés. Tres líneas y un sol naciente.

—¡Un mapa de las vías del tren! —grito, poniéndome de pie de golpe—. ¡Que alguien me traiga un mapa!

Sunmey no tarda ni un segundo. Aparece con varios pliegos enrollados bajo el brazo: mapas ferroviarios, topográficos, logísticos. Los extiende sobre la mesa sin decir una palabra. Luego ve las fotos. Las contempla unos segundos. No necesita preguntar nada.

—Esto es Fengtai —dice con voz baja pero firme, cogiendo una de las fotos—.

Fengtai es un importante nudo ferroviario al suroeste de Beiping.

Tiene conexiones directas con Tianjin, Beiping y otras zonas del norte.

Las tropas japonesas lo usan como zona de concentración, base logística y campamento de maniobras… , es eso, estoy seguro.

—¿Dónde está Fengtai? —me inclino sobre el papel.

Él traza una línea breve con el dedo.

—Aquí. Al sur de Beiping. Junto al puente de Marco Polo.

Algo se enciende en mi cabeza. Una chispa. Un recuerdo de algo que me dijo Asier antes de marcharse.

—¿Y Wanping? —pregunto—. ¿Dónde está?

Sunmey se inclina de nuevo.

—Aquí al lado. Es una ciudadela amurallada. Una guarnición del 29.º batallón del Ejército Revolucionario.

—Ya sé dónde está Miguel —digo.