La noche cae sobre Shanghái Capítulo 69
97%

Capítulo 69

六十九

Cinco años antes

Han pasado varios años desde que vivo en París, y mi vida parece ser todo lo que alguna vez había soñado.

Mi apartamento de la rue Saint-Jacques tiene unas ventanas enormes que me regalan luz natural durante el día y unas vistas fabulosas del quartier latin por la noche.

Gracias a la herencia de mis padres, no me falta el dinero.

Cada mañana me siento en el Café de Flore para revisar los periódicos mientras me tomo un café noir e intento convencerme de que este es exactamente el lugar donde quiero estar.

Pero la verdad, que solo reconozco en momentos fugaces, es que me siento sola. Vacía. Desgraciada.

Peor aún. Me siento sucia.

Sobrevivir a algo como lo que me ocurrió no es tarea sencilla.

Las imágenes de la violación —violación, sí, porque, aunque soy incapaz de pensar siquiera en la palabra, eso es lo que es— me persiguen cada noche, cuando me meto en la cama.

El asco y la humillación se mezclan con la culpa.

¿Y si yo soy la responsable? Quizá tendría que haber sido una novia más tradicional.

Haber obedecido a Andrés. Haber aceptado mi papel como mujer.

Al final, él tenía razón: ¿qué he conseguido persiguiendo mi sueño de estudiar?

Esta noche, la soledad pesa más que de costumbre.

Me siento en el suelo, junto a la ventana del salón, mirando sin ver las sombras que se alargan sobre los tejados de París.

La botella va por la mitad cuando el dolor de cabeza regresa.

Siempre regresa. Me levanto y voy dando tumbos hasta mi dormitorio.

Abro el cajón de la mesilla. Allí está el bote de optalidón.

Blanco, pequeño, familiar. Lo abro, tomo un par de pastillas, regreso al salón y sigo bebiendo.

A los pocos minutos, la niebla comienza a instalarse.

Esa niebla tibia, dulce, que convierte el mundo en algo soportable.

Y entonces, de forma casi natural, me asalta el pensamiento.

¿Y si no me tomo solo un par de pastillas?

Vuelvo al dormitorio. El bote sigue abierto sobre la mesilla. Lo cojo con las dos manos. Pesa. Lo abro y vuelco su contenido sobre la palma. Cuento: catorce, quince, dieciséis pastillas. Más que suficientes. Bastaría con tragar el resto con un poco más de vino. Dormirme. No despertar nunca.

Apoyo la espalda en la pared. Cierro los ojos.

Nadie me necesita. Nadie me quiere. Solo soy un estorbo. Un fracaso.

Y entonces, como una chispa en la oscuridad, aparece su rostro.

Miguel.

Lo veo con una claridad insoportable: su sonrisa tímida, sus palabras de aliento en las cartas, su forma de mirarme sin juzgarme.

Recuerdo aquel beso en el Jardín Botánico de Manila, junto a la jaula de los monos.

Pienso en cómo nunca me ha abandonado, aunque yo lo haya echado de mi vida tantas veces.

El bote se me resbala de las manos. Las pastillas se desparraman por el suelo con un sonido seco, insignificante. Me dejo caer sobre el colchón, sin fuerzas. Cierro los ojos y caigo dormida.

A la mañana siguiente me despierto con una resaca demoledora.

La boca seca, los párpados pesados, una punzada constante en las sienes.

Me siento en el borde de la cama, esperando no vomitar.

Federico y Salvador me observan en silencio desde la alfombra, sus colas enroscadas con perfecta indiferencia.

El bote de optalidones sigue en el suelo.

Lo miro unos segundos. Pienso en lo fácil que habría sido, en lo tentador que aún es.

Pero algo ha cambiado. No sabría decir qué.

Quizá la imagen de Miguel, su voz en mi cabeza.

Quizá solo el asco de haber estado tan cerca.

Me pongo en pie con esfuerzo, recojo las pastillas, atravieso el pasillo tambaleándome y entro en el baño.

Allí, frente al espejo, evito mirarme. Abro la tapa del retrete, arrojo los optalidones al interior y tiro de la cadena sin ceremonia.

Escucho cómo desaparecen con un sonido casi alegórico.

Me siento como si acabara de enterrar una parte de mí.

Me ducho. Me visto. La ciudad allá fuera se enciende como una promesa que ya no me creo. Abro el cajón de mi escritorio, saco papel y pluma y me pongo a escribir.

Querido Miguel:

Perdona que te escriba así, sin motivo aparente. Sin festividades, sin aniversarios ni excusas. Supongo que necesitaba hacerlo. Y eso ya es suficiente.

Llevo semanas pensando en ti. En tus cartas, en tu fidelidad absurda y terca, en tu manera de estar sin estar, siempre al borde de mi vida, sin reproches, sin exigencias.

Me doy cuenta de que, tal vez, eres la única persona en el mundo que realmente se ha quedado. El único que no se ha cansado de mí.

No sé si esto te sorprenderá, pero estoy…

mal. Estoy muy sola, Miguel. Más de lo que me atrevo a admitir en voz alta.

París es preciosa en primavera, ya sabes, las flores, las terrazas, el Sena brillando como un cielo estrellado.

Pero a mí todo me sabe a cartón. Vivo rodeada de gente y no tengo a nadie.

Nadie de verdad. Nadie que me conozca. Nadie que me quiera.

Mi trabajo en la revista es un desastre.

No porque no me guste. A veces me sigue emocionando, claro.

Una imagen bien tomada, una portada que cuaja.

Pero yo no encajo. No avanzo. Me estoy pudriendo por dentro, Miguel.

Y no sé cuánto más puedo aguantar así. Te echo de menos.

De verdad. Echo de menos tu forma de hablar, tu risa, tu manera de mirar las cosas como si la vida fuera un libro que se puede entender si uno se toma el tiempo de leerlo bien.

Echo de menos tener a alguien a quien contarle lo que me pasa sin tener que fingir nada.

¿San Miguel no tiene negocios en Francia? ¿No vienes nunca por aquí? ¿No podrías, no sé, inventarte una excusa para pasarte por París?

No sé por qué te cuento todo esto. Quizá porque necesitaba hacerlo. Quizá porque me niego a creer que estoy completamente sola en el mundo. En cualquier caso, gracias por seguir ahí. Gracias por seguir escribiéndome. Gracias por ser tú.

Con cariño,

Isabel

Doblo la carta, la meto en un sobre, pongo el sello. Lo sostengo unos segundos entre las manos, tentada de romperlo. Pero no lo hago. Bajo a la calle y lo echo a un buzón. El sonido del sobre al caer me parece definitivo.

Esa noche, duermo sin pastillas.

Dos meses después, Miguel aparece por sorpresa en mi puerta. Lleva una sonrisa torpe, una maleta y una oferta de trabajo en The China Weekly Review .

En septiembre, me instalo en Shanghái.

Gracias a Miguel.

Siempre a Miguel.

Por eso lo perdono, una y otra vez. Él nunca se ha rendido, nunca me ha dado por perdida. Yo tampoco lo haré.