La noche cae sobre Shanghái Capítulo 68
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Capítulo 68

六十八

Tres días antes del estallido de la guerra

Una vez más, Miguel llegó a la puerta del consulado japonés.

Ya no lo traía Chen en su Cadillac. Eso, como tantas otras cosas, lo había perdido junto con el resto de los privilegios que venían con el apellido Roxas.

Ahora iba en rickshaw , y no por afectación orientalista, sino porque con el calor húmedo de aquel mes de junio era impensable cubrir a pie todo el trayecto desde la casa de Isabel.

Nuestra casa. Ahora es nuestra.

Sonrió. Aunque ahora fuera pobre, aunque no tuviera un céntimo a su nombre ni chófer que lo esperara, era más feliz que nunca.

Hacía unos días había recibido una invitación inesperada para un almuerzo con el cónsul general de Japón, Itar ō Ishii. Por descontado, se la había ocultado a Isabel: ella le hubiera prohibido asistir.

Prohibir no, que Isabel no es mamá. Pero no le hubiera gustado la idea.

Miguel la había leído tres veces antes de decidirse a aceptar.

Estaba tentando a la suerte mezclándose con los japoneses.

Es cierto que Kriebel había desaparecido y que el embajador Trautmann, junto con el grueso de la delegación alemana, había regresado discretamente a Nankín.

Salvo ellos, nadie fue testigo del supuesto «acto heroico» de Miguel.

Esa orden de ejecución que los alemanes le habían dictado en Sian no era más que papel mojado.

Nadie la había hecho cumplir. Nadie, quizá, la recordaba.

Además, Ishii tenía fama de ser un diplomático moderado, incluso antimilitarista.

En petit comité se decía que había intentado frenar más de una escalada provocada por sus compatriotas militares.

Miguel se sentía perfectamente seguro allí.

Y lo más importante: tal vez pudiera sonsacarle algo útil para Isabel.

Cualquier detalle podía marcar la diferencia.

Entró al consulado con paso tranquilo. Un joven de uniforme lo condujo por los pasillos alfombrados hasta la sala de recepciones.

Una sala silenciosa, elegante, llena de biombos, madera lacada y un vago perfume de incienso.

Enseguida, algo en el ambiente le hizo ponerse alerta.

Había una docena de hombres en la sala. Todos uniformados: la mayoría japoneses, pero también algunos alemanes cuyos rostros reconoció vagamente.

Delegados, quizá, intérpretes. Pero uno de ellos sobresalía con claridad: Alexander von Falkenhausen.

El coronel alemán se le acercó con un paso firme pero comedido para estrecharle la mano.

—Huya —susurró, casi sin mover los labios—. Salga corriendo de aquí.

Miguel se quedó helado. Abrió mucho los ojos e hizo amago de darse la vuelta, pero, antes de que pudiera moverse, el joven oficial japonés que lo había conducido hasta allí ya lo estaba llamando con una leve inclinación de cabeza.

—Por aquí, por favor.

Miguel dudó. Dio un paso. Quiso mirar de nuevo a von Falkenhausen, pero el alemán ya había vuelto la vista hacia otro lado. Miguel intentó hablar.

—Perdón…, creo que se han confundido…

El militar japonés no respondió. Le tomó del brazo con firmeza, sin brusquedad, pero con una autoridad que no admitía réplica, y lo condujo fuera de la sala.

Cruzaron una puerta lateral. Entraron en un pasillo estrecho, más oscuro, con las paredes desnudas.

Bajaron un tramo de escaleras. Luego otro.

El aire era más denso, más húmedo. Miguel podía oír el latido de su propio corazón retumbando en las sienes.

Se le secó la boca. La garganta le ardía.

—Perdón… —insistió.

Nada.

Al final del pasillo, atravesaron una puerta metálica que daba a un garaje, una enorme sala de cemento pulido con dos coches negros aparcados y un grupo de soldados apostados en las esquinas. Y allí en el centro, de pie, con las manos cruzadas a la espalda, les esperaba el general Matsui.

—¿Creía usted que no íbamos a saber de su traición? —dijo el general, sin levantar la voz.

Miguel parpadeó, incrédulo.

—General, disculpe, creo que podría haber un malentendido…

—No se humille más de lo que ya ha hecho, señor Roxas —lo interrumpió Matsui con frialdad—. Conozco su papel y el del señor Kriebel en el fiasco de Sian y la salida de China del pacto Antikomintern. Solo hay un destino para los traidores.

Miguel respiró hondo. Era irónico que él fuera a pagar los platos ratos de la traición de Kriebel a los japoneses, de su cambio de bando en el último momento.

En cualquier caso, era inútil tratar de negarlo.

Él también había hecho su parte. Ahora iba a morir, y tampoco quería hacerlo como un cobarde.

Si no había tenido coraje en vida, al menos sería valiente en sus últimos instantes sobre la faz de la tierra.

—Yo no he traicionado a nadie. He luchado por lo que creo y por la gente a la que amo.

El general dio un paso hacia él.

—Los occidentales se empeñan en confundir el amor con el honor. Llévenselo. Y que no hable más, por todos los dioses.

Miguel no tuvo tiempo de decir nada más.

Varios soldados japoneses se acercaron a él al mismo tiempo, lo rodearon y lo inmovilizaron.

Uno le sujetó los brazos por detrás con una técnica limpia, militar.

Otro comenzó a atarle los tobillos con una cuerda.

Uno de los soldados sacó un paño blanco doblado y se lo acercó lentamente al rostro.

Miguel sintió un olor acre, ácido, entre dulzón y metálico.

El cloroformo le quemó las fosas nasales.

Un zumbido sordo empezó a llenar sus oídos, como si todo el consulado vibrara desde muy lejos.

La vista se le nubló, los contornos se volvieron líquidos.

Quiso hablar, pero la lengua era una piedra en su boca.

Tuvo un último pensamiento, un reflejo de resistencia, pero sus piernas ya no le obedecían.

Todo se apagó.

Vuelvo a casa con las manos manchadas de tinta.

Mi próximo artículo sobre la amenaza japonesa saldrá en la próxima edición.

Estoy satisfecha. No, más que eso: orgullosa.

Es un buen texto. Afilado, claro, sin miedo.

Como deben ser las cosas ahora. Abro la puerta con el hombro y saludo sin alzar la voz.

—Miguel. Ya estoy aquí.

No hay respuesta.

Federico y Salvador aparecen cojeando desde el pasillo.

Se enroscan entre mis piernas, maullando con hambre fingida.

Dejo el bolso sobre la mesa, me quito los zapatos y camino hacia la cocina.

Busco a mi alrededor, pero no encuentro nada, ni una nota, ni una taza usada, ni un plato por lavar.

Todo parece más ordenado de lo habitual.

Imagino que habrá salido a dar un paseo, o a ver a alguien. Es Miguel.

Me sirvo una copa de vino tinto. Me dejo caer en el sofá, con los gatos ronroneando a mi alrededor.

Son mayores y ya no tienen la misma energía que cuando eran cachorros…

Ahora, ellos son lo único que me queda de mis años en Madrid.

Coloco a Federico sobre el regazo y le acaricio mientras dejo que el silencio me acompañe.

Pasa una hora. Luego dos. Miro el reloj. Ya ha oscurecido por completo.

Ni rastro de Miguel.

Salgo. Bajo por las escaleras, cruzo la calle, doy vueltas entre las callejuelas de siempre. Veo a la vecina de enfrente.

— Lí Miguel hoh tsai ma? —le pregunto, en mi shanghainés más que deficiente.

Ella niega con la cabeza, con ese gesto breve y seco que tienen las mujeres mayores cuando no quieren meterse en nada.

La panadería de la esquina está cerrando. La dueña, madame Céline, me sonríe. Me acerco.

— Bonsoir, madame. Est-ce que vous avez vu Miguel aujourd’hui?

— Oui, oui, je crois… Salió esta mañana, antes del almuerzo. Très élégant, comme pour une réception … con traje y corbata, même une flor à la solapa, si no me equivoco.

Me río, pero sin gracia. Mi primer impulso es molestarme. ¿Una fiesta? ¿Una recepción? ¿Y no ha dicho nada? ¿Me ha dejado fuera a propósito?

Vuelvo a casa con los pasos más cortos. Me digo que no es nada. Que se le ha debido de hacer tarde. Que habrá encontrado a alguien. Que ya llegará.

Abro una lata de sardinas en aceite. Las coloco sobre una tostada pasada que he recuperado del fondo del armario. Me sirvo otra copa. Ceno en silencio, con los gatos atentos al más mínimo movimiento.

Ya no estoy preocupada. Estoy molesta. Este silencio empieza a doler. Esta espera no debería alargarse tanto. Aún no estamos ahí.

Me lavo los dientes. Me pongo el camisón. Me meto en la cama.

Y él no está.

Doy vueltas, me tapo, me destapo. Escucho cada crujido del edificio como si fuera una señal.

Esto es ridículo. Miguel no es de los que desaparecen así, de un momento a otro, sin una palabra.

¿O sí que lo es? ¿Acaso no lo ha hecho antes?

¿Y si esta vez no ha sido él, sino su madre?

Esa mujer tiene recursos. Influencia. Tentáculos que llegan hasta aquí, incluso desde Manila. Pero ¿para qué? ¿Por qué?

Y lo más absurdo: ¿por qué salir vestido de gala, antes de comer, sin decirme nada?

No tiene sentido. Nada lo tiene.

Me siento en el borde de la cama. Los gatos duermen en silencio. Me paso las manos por la cara. No se me ocurre otra cosa que hacer, así que me visto de nuevo, me ato el cabello, me pongo los zapatos y salgo a la calle.

El ruido de los tranvías y los pasos sobre la acera mojada acompaña mi respiración acelerada. Un rickshaw se detiene frente a mí sin que lo llame. Subo sin pensarlo.

—The Trenches —le digo al conductor.

El vehículo se lanza entre sombras y luces, hacia la casa de Asier.

Sé que hemos llegado a su barrio por el ruido de la gente.

Shanghái nunca duerme, pero The Trenches es una fiesta continúa, un eterno cabaré, un prostíbulo detrás de otro.

Allí no hay miedo o, si lo hay, está disfrazado de alcohol y lujuria.

Me bajo del vehículo y sorteo a juerguistas y borrachos hasta que llego a su edificio.

Subo los escalones mal iluminados y llamo a la puerta.

Una vez. Dos. Tres. Golpeo con los nudillos con más fuerza.

Al fin se oye un ruido al otro lado. Pisadas.

Un cerrojo. Asier abre con la cara hinchada de sueño, el pelo revuelto y una toalla atada a la cintura.

Parpadea. Tarda un segundo en enfocarme.

—Miguel ha desaparecido —digo, sin aliento.

Me hace pasar. La casa está en penumbra. Siento el olor familiar a incienso y madera húmeda. Me siento en una silla mientras él se pasa una mano por la cara.

—¿Qué quieres decir? —pregunta, arrastrando las palabras—. A lo mejor se ha retrasado… ¿Qué hora es?

—Son las cuatro de la mañana —dice Yungli, que aparece por el pasillo ya vestido, abrochándose los últimos botones de la camisa.

—Miguel no llegaría a casa a estas horas sin avisarme —replico. Mi voz tiembla por primera vez—. No. Él no lo haría.

Los miro a los dos, de pie en medio de esa sala apenas iluminada, y lo sé. Lo sé en los huesos, en la piel.

Algo le ha pasado.

Alguien se lo ha llevado.

—¿Estás segura, Isabel? —me pregunta Asier—. No sería la primera vez que…

—No. Miguel no me traicionaría.