Capítulo 67
六十七
Once días antes del estallido de la guerra
El pastor Tung Chien-wu aparece sin previo aviso en la redacción del Weekly .
Me avisan de inmediato y voy a recibirlo a la recepción.
Viste de civil, como siempre, con un sombrero gris claro que no se quita ni al saludar.
Me mira con esa expresión suya: neutra, cortés, y sin embargo tan afilada como un bisturí.
—No sabía que estaba usted en Shanghái —le digo, con una inclinación de cabeza—. Bienvenido.
—Shanghái será lo primero en caer —responde—. Todos los ojos están sobre esta ciudad.
—¿Le parece que vayamos a tomar un café? ¿Un té, quizá? Hay una casa de té…
Él niega con la cabeza.
—La ciudad tiene oídos en todas partes. Aquí será más seguro.
Nos dirigimos a la pequeña sala de almacenaje donde se guardan rollos viejos de papel, planchas metálicas, archivadores rotos. Cerramos la puerta. Solo una bombilla desnuda cuelga del techo, temblando con cada paso del tranvía al otro lado del muro. Allí estamos a salvo de oídos indiscretos.
—¿Fue un montaje? —le pregunto, sin rodeos.
Él sabe de sobra a qué me refiero. Asiente con gravedad.
—El sargento estaba sentenciado. Los japoneses lo prepararon todo para que pareciera un ataque chino. Pero fue uno de los suyos.
—¿Y ahora?
—Ahora exigirán concesiones. Si no las obtienen, avanzarán. Este no es un incidente aislado. Es el principio de una operación mucho más grande. El general Chang está tratando de mantener la calma, pero no sé cuánto tiempo podrá contenerlos. Shanghái es un punto estratégico… y está rodeado.
No digo nada. Abro mi libreta y toma notas según escucho, sin pararme a pensar. Cuando termino, le doy las gracias. Tung no responde, solo desaparece como ha venido. Yo me siento en mi escritorio, frente a mi Olivetti. Ya tengo todo lo que necesito.
Lo mataron por la espalda. Tres balas limpias, sin testigos que hablen y con soldados que llegaron demasiado pronto.
El sargento japonés no fue una víctima de la guerra, sino un anuncio de lo que está por venir.
En Hongkou no se desató la violencia, se ensayó el pretexto.
La escena estaba montada. La sangre, ensayada. El miedo, programado.
Cierro con una frase que casi me quema los dedos al teclearla: «Lo que ha ocurrido en Hongkou no es el fin, es el principio».
Le llevo el texto a Powell. Lo lee de pie, con el abrigo aún puesto. Cuando termina, levanta la vista.
—Saldrá en la edición de hoy —dice.
Vuelvo a casa ya de noche, con el periódico bajo el brazo aún caliente.
La tinta se me queda en los dedos, como si el papel se aferrara a mí.
Subo las escaleras de dos en dos, con una energía que no reconozco como mía.
Cansada, sí, pero viva también. Como si escribir fuese una forma de respirar mejor.
Miguel me espera. Está en la galería, con una taza de café entre las manos y la camisa remangada hasta los codos. La luz de las farolas cae sobre él en líneas sesgadas, dándole un aire de estatua antigua. Me ve llegar, ve el titular y sonríe.
—Lo has vuelto a hacer —dice, con una sonrisa.
Nos besamos.
—¿Estás orgulloso de mí? —susurro, con la frente aún apoyada en la suya.
—Mucho —responde.
Me acaricia el pelo. Me besa en el cuello.
Todo debería estar bien, pero no termina de estarlo.
Hay algo en su mirada, un brillo leve, un destello que me indica que oculta algo.
Lo reconozco. Es el mismo gesto que tenía cuando nos encontramos en Berlín.
La forma en que parpadea una vez de más.
La manera en que su sonrisa tarda una fracción de segundo más en nacer.
—¿En qué piensas? —le pregunto, con la voz lo más neutra posible.
—En lo valiente que eres —dice, sin mirarme. Deja la taza a un lado—. En lo bien que escribes.
No le creo. No del todo.
—Miguel…
—Estoy bien —me corta—. De verdad. Solo cansado.
Nos sentamos en el sofá. Él me abraza por detrás, como si quisiera protegerme de algo. Y quizá sí, quizá lo intuye, quizá hasta sabe que mis sospechas están encendidas. Porque es así, siento que hay otra historia corriendo por debajo de la nuestra.
No termino de fiarme.
Me quedo con él, apoyada en su pecho, escuchando el latido sordo de un secreto que aún no conozco.