La noche cae sobre Shanghái Capítulo 66
94%

Capítulo 66

六十六

Diecisiete días antes del estallido de la guerra

Un mes. Ha pasado un mes desde que tuvimos noticias de Gernika.

Pensé que Asier no volvería a levantarse.

Que se dejaría hundir. Que una mañana lo encontraríamos en silencio, con las manos quietas y los ojos vacíos.

Pero no. Una vez más, ha demostrado ser más fuerte que todos nosotros.

No con palabras ni con gestos heroicos. Con actos pequeños, silenciosos, firmes.

Fue Larracoechea quien me lo dijo primero: se había organizado un grupo de voluntarios para enviar ayuda económica a los supervivientes y que era Asier el que lo lideraba.

Yo misma pude ver cómo iba de puerta en puerta entre los comerciantes vascos de la concesión francesa, recaudando lo que podía, además de seguir trabajando en el Venetia y entrenando cada mañana.

Asier no se ha quebrado, solo ha endurecido la corteza. Hay en él ahora una especie de fuego denso, controlado, como el de una fragua. Una tristeza que ha aprendido a no pedir espacio, pero que ocupa todo el aire cuando entra en una habitación.

Y yo lo observo. Orgullosa. Y también un poco asustada.

Con Miguel todo va bien. O eso quiero pensar.

Hay días en los que lo siento más distante, como si caminara conmigo, pero mirando hacia otro horizonte.

Tiene algo en la cabeza. No lo dice, pero yo lo noto.

El modo en que se queda callado al leer los periódicos.

Cómo guarda con demasiado cuidado ciertas cartas que nunca me muestra.

Sospecho. Y tengo miedo. Porque no sería la primera vez.

Porque su madre es como una raíz que se retuerce bajo tierra y puede romper cualquier cimiento.

Pero no le pregunto. Todavía no.

Mi consuelo es el trabajo. Shanghái tiembla y el Weekly no duerme.

Hace unos días asesinaron a un sargento japonés en las inmediaciones del asentamiento de Hongkou.

Le pegaron tres tiros por la espalda y se desangró frente a una lavandería.

Los japoneses exigen una respuesta inmediata.

Acusan a las autoridades chinas de encubrir a los responsables.

Han organizado desfiles militares por las calles, a modo de advertencia.

Una demostración de fuerza. La ciudad está en vilo, otra vez.

Y yo aquí, en la redacción, rodeada de cables, mapas, cigarros mal apagados y miedo. Mucho miedo.

Pero también hay algo más. Una sospecha que se repite en varios testimonios. Algunas fuentes chinas afirman que todo fue demasiado limpio, demasiado calculado. Que el hombre que disparó iba vestido con uniforme chino, sí, pero hablaba japonés.

¿Y si fuera un montaje?

¿Y si estuvieran buscando una excusa?

¿Y si la guerra ya hubiera comenzado y aún no nos hubiéramos dado cuenta?

No quiero ir sola, así que llamo al Auditórium. Me pasan directamente con Asier. Le digo que tengo que ir a Hongkou, que necesito hablar con algunos vecinos, que alguien tiene que acompañarme. Él no pregunta por qué.

—Dame media hora —se limita a decir.

Cuarenta minutos después, estamos caminando entre los callejones húmedos y mal pavimentados de Hongkou, flanqueados por casas bajas con toldos que gotean humedad aunque no ha llovido.

El barrio japonés siempre huele a carbón y sopa vieja.

Y hoy, además, a tensión. A botas de cuero brillando demasiado. A voces que callan cuando pasamos.

Asier no habla. Aunque camina a mi lado, sé que no puede —o no quiere— soltar el peso que lleva dentro. Pero su sola presencia me basta. Me da un tipo de fuerza que no sabría explicar.

El lugar del asesinato está acordonado por soldados japoneses.

Intento acercarme con la excusa de la prensa extranjera, pero uno de los oficiales me bloquea el paso con el rifle.

No me molesto en insistir. Lo importante no está dentro del cordón, sino alrededor.

Entrevisto a un comerciante que abre su tienda a unos metros del callejón.

Dice que no vio nada, pero que oyó los disparos, que todo fue rápido.

Demasiado rápido. Que los japoneses ya estaban allí antes de que el sargento cayera.

Una anciana, desde el umbral de su casa, me hace una seña con la cabeza. Me acerco. Habla en voz baja, en un shanghainés apenas audible. Asier me ayuda a traducir, su chino cada día es mejor.

—Dice que el hombre que disparó llevaba uniforme chino…, pero hablaba japonés y tenía cara de japonés. Estaba nervioso. Caminaba como un extranjero.

Anoto. Lo anoto todo.

Más allá, un niño observa. Le hago un gesto y él se acerca. Mira a Asier con más confianza. Dice que vio al sargento caído. Que parecía que los soldados ya supieran qué hacer. Que lo tenían planeado.

Regresamos sin hablar. Garabateo frases en mi libreta como una posesa. Los gestos, las pausas, la frialdad del aire, lo sistemático de cada movimiento. Todo me sirve para el reportaje.

Porque sí, lo tengo claro: ha sido una provocación. Un montaje. Una excusa de manual. Un casus belli fabricado y artificial.

Asier entró en el Venetia al anochecer, con el cuerpo entumecido y la camisa empapada de sudor. Hacía calor, pero no era solo eso. Era el cansancio que se le había quedado incrustado en los huesos, la tensión que no lo soltaba desde que había sonado el despertador a las seis de la mañana.

Primero, el entrenamiento en el Auditórium.

Duro, agotador. Cada mañana intentaba recuperar la velocidad y la precisión de antes, pero el cuerpo ya no respondía igual.

Después, reuniones con la comunidad vasca: contabilidad, donaciones, envíos.

Medicinas, mantas, dinero. Todo lo que pudieran reunir para Gernika.

Luego, la llamada de Isabel. La excursión a Hongkou.

Habían caminado juntos por las calles del barrio japonés, ahora plagadas de soldados con el dedo siempre demasiado cerca del gatillo.

Apenas hablaron. Isabel tomaba notas; Asier observaba.

El aire estaba cargado. Ventanas entreabiertas.

Sombras en los balcones. Silencios que pesaban más que las palabras.

Los tambores de la guerra sonaban cada vez más cerca.

De regreso al Venetia, el portero lo recibió con un saludo respetuoso. Era nuevo, joven todavía, pero ya se movía con la prudencia de quien entiende dónde trabaja.

—Señor —dijo, con un ligero acento—, Chao Yungli lo espera en su despacho.

Asier se detuvo un instante. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sintió ese presentimiento tan familiar: algo importante iba a suceder. Asintió en silencio y cruzó el pasillo. Subió las escaleras hacia el antiguo despacho de Wu.

El lugar seguía igual. El sillón de respaldo alto, el ventilador girando despacio en el techo, la botella de whisky medio vacía sobre la repisa. No había cambiado nada.

Yungli lo esperaba junto a la ventana, las manos en los bolsillos, la mirada perdida en la calle.

—Los japoneses van a actuar —dijo, sin girarse—. Planean provocar un incidente armado en la guarnición china de Wanping.

—¿Eso está en Shanghái? —preguntó Asier.

—No. Cerca de Beiping. ¿Te suena el puente de Lugou? Marco Polo escribió sobre él.

—Sí, claro —asintió—. El puente de Marco Polo, lo llamamos nosotros.

—Pues ahí. Será algo lo bastante grave para justificar la invasión total de China. Dicen que los chinos atacarán primero…, pero todo estará orquestado.

Asier lo escuchó sin pestañear.

—¿No les basta con lo del sargento japonés? Ya usaron eso de excusa hace unos meses.

—Necesitan algo mayor. Una provocación definitiva. Quieren fabricar el casus belli .

— Ming-bah leh —dijo Asier, tras un silencio—. Comprendo. ¿Y nosotros? ¿Qué vamos a hacer?

Yungli suspiró.

—Tú ya estás haciendo mucho, Asier. Este no es tu país.

—No tengo otro.

Yungli se giró despacio.

—El Juntong prepara una operación. Vamos a intentar detenerlos o, al menos, retrasar el ataque. Aún no sabemos cómo. Pero yo me iré a Wanping en unos días.

Asier sintió el golpe en el estómago.

—Iré contigo. No puedo quedarme aquí esperando a saber si estás vivo o muerto. Prefiero estar contigo. Algo podré hacer.

Yungli lo miró, ladeando la cabeza, con una sonrisa apenas dibujada.

—¿Es posible que el señorito Asier se haya enamorado por fin de mí?

—Calla —dijo Asier.

Y lo besó.