Capítulo 65
六十五
Un mes y veintidós días antes del estallido de la guerra
Asier corría por las calles de Gernika, pero el suelo estaba cubierto de cristales rotos y fuego.
Las casas de su infancia ardían como antorchas.
Gritaba, pero nadie respondía. El cielo no tenía color, solo un gris sucio que escupía metralla.
Sobre su cabeza, los aviones zumbaban como enjambres de abejas metálicas: tres, cinco, diez Junkers que se cruzaban con cazas italianos.
Asier intentaba gritar, ez! , pero su voz se ahogaba.
Corrió hacia la plaza, donde estaba el frontón.
Gorka lo esperaba allí, vestido de blanco, la cesta de mimbre colgando inútil entre los dedos.
Lo miraba, inmóvil, con una expresión que Asier no lograba descifrar.
A su alrededor, hombres con boinas negras y pistolas gritaban consignas; niños lo señalaban, se reían, le lanzaban piedras.
— Maritxiki! —gritó uno.
Una botella estalló contra la pared. Asier tropezó, cayó de rodillas. Cuando levantó la vista, Gorka ya no estaba.
De pronto, estaba en el almacén de Bermeo. Las Smith & Wesson yacían abiertas en el suelo como cadáveres metálicos. Voces. Julen. Alvariño. Todos discutían, pero las palabras eran ruido. Se abrieron fuego entre ellos.
Y entonces Gorka emergió entre la niebla, cubierto de sangre, apuntándole con una pistola.
—Tú me vendiste —dijo, pero su voz era la de un guardia civil.
Una bala cruzó el aire y lo alcanzó en el pecho. Asier cayó hacia atrás, golpeando la piedra.
El escenario volvió a cambiar. Estaba sobre el tejado del Venetia.
Bajo sus pies, Shanghái ardía. El Bund se disolvía entre humo y cuerpos.
Yungli lo llamaba desde lejos, pero no podía moverse.
Una bomba silbó en el aire y cayó sobre la biblioteca de Zikawei.
Una campana sonó a lo lejos. El père Bernard se arrodilló entre las llamas y le gritó algo en latín.
Asier se tapó los oídos. El cielo se abrió en una luz blanca, enceguecedora.
Despertó. Sudado, jadeando, con la camisa pegada al cuerpo.
Yungli dormía a su lado, ajeno al grito que había quedado atrapado en su garganta.
Se incorporó despacio. Intentó respirar.
El bombardeo de Gernika había ocurrido hacía dos semanas. Fue Isabel quien le dio la noticia, con los ojos encendidos de rabia y la voz temblorosa. Desde entonces, no había noche sin sueños.
A través del consulado intentaban saber si su ama, su aita o Gorka seguían con vida.
Larracoechea, también vasco, había movido todos sus contactos.
Blenner escribía telegramas sin descanso.
Los pelotaris del Auditórium habían convertido el vestuario en un pequeño centro de noticias, compartiendo cada rumor que llegaba desde Vizcaya.
Asier pasaba las noches así: atrapado entre el pasado que ardía y el presente que temblaba. Sabía que mientras buscaba señales de vida desde Gernika, Shanghái caminaba hacia su propio infierno. Las patrullas japonesas aumentaban, las desapariciones también. La ciudad respiraba miedo.
Cerró los ojos. Intentó calmarse.
Entonces sonó el timbre.
Asier se quedó quieto, el corazón martilleándole el pecho. Siempre era igual: cada campanada podía ser la noticia que no quería oír. Se levantó sin despertar a Yungli y fue hacia la puerta, con la sensación de caminar sobre cristales.
Abrió.
Era Isabel.
Tenía el rostro pálido, los ojos hinchados. No dijo nada. Entró y cerró la puerta con un gesto.
Asier retrocedió un paso. La garganta se le cerró.
Isabel lo miró largo rato, hasta que al fin habló, apenas un hilo de voz:
—Asier, tus padres están bien. No hay víctimas en tu familia. Pero…
Él la interrumpió, sin aire.
—Pero Gorka está en la lista de víctimas.
Isabel asintió una vez. Solo una.
Fue suficiente.
El cuerpo de Asier se dobló sobre sí mismo. Se sujetó el estómago, como si el dolor pudiera arrancarle el alma. El primer grito no tuvo sonido. El segundo sí: un alarido que pareció quebrar las paredes. Cayó de rodillas, temblando, golpeando el suelo, llorando como un niño.
Gorka no estaba.
Ez dago.
Se había ido para siempre.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que sintió unos brazos fuertes y cálidos rodearlo.
Era Yungli. No dijo nada. Simplemente lo sostuvo.
Asier lloró con el rostro hundido en su pecho, dejando que el dolor se lo llevara todo, menos eso: el cuerpo que lo abrazaba, el amor que aún respiraba.