Capítulo 64
六十四
Dos meses y nueve días antes del estallido de la guerra
Mañana temprana. En la redacción del Weekly , las persianas están medio bajadas, como si el edificio entero tuviera resaca. Cruzo el pasillo sin saludar a nadie. No hace falta. Todos están agachados sobre sus mesas o fumando en silencio. Hay algo raro en el aire. Algo eléctrico.
La máquina de teletipos se sacude con su traqueteo rítmico, metálico, como una bestia encadenada que sigue escupiendo noticias al mundo sin tiempo para digerirlas.
El papel, enrollado en una bobina amarillenta, va saliendo línea a línea, cortado por un cabezal de tipos que golpea con velocidad inhumana.
El sonido es seco, insistente, casi violento.
Me acerco. Es Sunmey el que está allí. Se aparta cuando me ve.
—Es de Francia —dice, bajando la voz—. Lo acaban de traducir en la agencia. Lo siento.
Arranco el papel y miro el encabezado.
Agencia Havas-París
Informes alarmantes procedentes del País Vasco español.
La pequeña localidad de Gernika, centro simbólico y político de las tradiciones vascas, ha sido casi enteramente destruida tras un bombardeo aéreo de violencia inédita.
Primeros partes hablan de centenas de muertos civiles.
Aviones implicados pertenecerían a la Legión Cóndor, unidad alemana al servicio de las tropas franquistas.
Gernika.
Mi garganta se cierra. Miro a Sunmey, que me mira con esa ternura suya. La sala se ha quedado en silencio, como si todos hubieran contenido la respiración.
Gernika.
No hace falta ser muy lista para entender lo que significa. Gernika no es solo un pueblo. Es un símbolo. La Casa de Juntas. El árbol. La raíz vasca. Y ahora está en llamas. El papel tiembla en mis manos.
Asier es de allí.
Siento el vértigo en el estómago. Como si el suelo se me hubiese retirado un centímetro, apenas, pero lo suficiente como para perder pie. Me apoyo en la mesa más cercana. Alguien me pregunta si estoy bien. Asiento. No lo estoy.
Gernika. No dejo de repetirlo en mi cabeza. Como un rezo. Como un conjuro inútil. Como una herida que no cierra.
Un nuevo teletipo comienza a escupir papel, esta vez de Reuters. Tomo el fragmento antes de que caiga al suelo. «Bombardeo confirmado por múltiples testigos. Al menos treinta aeronaves implicadas. Bombas de varios calibres. Incendiarias. El objetivo era claramente civil».
Minutos después, otro informe, ahora de Associated Press, transmitido desde Hendaya.
«Tropas franquistas niegan toda responsabilidad.
Aseguran que los rojos incendiaron la ciudad en su retirada.
Corresponsales británicos y americanos en Bilbao lo desmienten rotundamente.
Fue operación aérea alemana. Deliberada. Metódica».
Me siento. Releo cada cable. Subrayo nombres, horas, detalles. En los márgenes de una hoja de bloc, empiezo a escribir frases sueltas. «Gernika arrasada». «No fue un error». «Ensayo general». «Alemanes».
Y entonces me golpea. El oro. El maldito «oro del Rin».
La operación en la que se implicó la familia de Miguel.
Las rutas por Manila, los barcos, el cargamento.
Ese oro financió la maquinaria que ha arrasado Gernika.
Y el memorando de Stalin, que ha garantizado el apoyo alemán a Franco.
¿Qué papel ha tenido, en realidad? ¿Cuánto de lo que ha pasado hoy fue provocado desde muy lejos, por hombres que nunca verán lo que han destruido?
Nada sucede por azar. Todo tiene un rastro. Y ese rastro lleva a las sombras donde nosotros, con nuestras cámaras y cuadernos, con nuestras voces rotas, intentamos alumbrar algo.
No puedo pensar con claridad. Solo veo a Asier. Su manera de fruncir el ceño cuando se concentra. Su voz cuando habla de su tierra. Su risa seca, breve, como si le costara permitirse la alegría.
Salgo sin decir nada. Cojo un rickshaw .
Es temprano, pero tengo una certeza. Está entrenando.
Siempre entrena por la mañana. El Auditórium aparece tras la esquina.
Lo reconozco por el eco del rebote. La pelota golpea la pared con una cadencia que me resulta familiar, íntima.
Entro. Ahí está. En pleno partido. Sudado. En movimiento. Vivo.
Me ve. Me detengo y le hago una seña. Deja de jugar, se acerca. Camino hacia él. Saco el papel del bolsillo, pero no se lo doy. Tiembla en mi mano. Cae al suelo.
Él lo recoge. Lo abre. Empieza a leer. Se detiene.
Su rostro se endurece y no dice nada. Los demás pelotaris se han acercado. Lo rodean en silencio. Alguien pregunta algo, Asier no contesta.
Solo se oye la pelota. Rebotando sola. Perdida. Como un latido sin corazón.