Capítulo 63 #2
—Tienes vínculos con gente que no es… muy patriótica, ¿verdad?
—continuó el capitán, cambiando de tono—.
Tú y tus amigos sindicalistas… ¿Cómo es que un tipo duro como tú trabaja con gente que quiere destruir este país?
Bastante tenemos con esta República de mierda como para encima vendernos a los soviéticos…
Asier lo miró, furioso, pero antes de responder tomó un respiro profundo.
—Yo no entiendo nada de política —replicó con los dientes apretados—. No soy comunista ni nada de eso. Solo soy un tipo normal.
Sánchez lo miró fijamente, como si evaluara si mentía o no. La sala quedó en silencio durante unos segundos que se hicieron eternos.
—Y entonces ¿qué pintas aquí? —preguntó, inclinándose hacia él—. Dicen que Gorka está involucrado. ¿Sabes algo?
El nombre de Gorka cayó sobre él como un golpe en el estómago. Asier sintió que la ira se apoderaba de su cuerpo. Traizioa. Gorka era un jodido traidor. Lo había vendido a cambio de… a cambio de quedar libre, supuso.
—No tengo nada que ver con él —escupió Asier, con la voz cargada de amargura.
Sánchez se inclinó más, tanto que Asier pudo oler su loción de afeitado y su colonia carísima de hombre importante.
—No es eso lo que he escuchado. Lo que me han dicho es que sois muy amigos, íntimos amigos, que lo compartís todo. Hasta os han visto de la manita por el pueblo. ¿O me lo vas a negar?
—¡No tengo nada que ver con él! —repitió Asier.
—Tú crees que no te ha traicionado, que te ama y que estará siempre a tu lado, ¿verdad? Pero la realidad es que ha estado hablando con la policía. Está trabajando con nosotros, ¿sabes? Todo para protegerse, ¿entiendes? Se acabó el cuento de hadas, chaval.
Asier sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
El capitán Sánchez tenía razón. Todo había sido un cuento de hadas. Hasta que él lo había jodido.
Recordó cómo había empezado todo. Antes de la causa, antes de las reuniones, antes de las armas. Cuando aún no había perdido la inocencia. Cuando solo era un chico normal al que le gustaba jugar a pelota… y al que le gustaba otro chico. Gorka.
Al principio había sido fácil. Natural, incluso.
Gorka era un muchacho alto, fuerte, con la piel tostada por el sol y los brazos duros de quien ha crecido lanzando pelotas contra el muro.
¿Cómo no fijarse en él? El cabello negro le caía sobre la frente, y Asier sentía a menudo el impulso de apartárselo, aunque nunca se atrevía.
Gorka estaba siempre ahí: en el frontón, en el camino de vuelta, en los bancos de piedra cuando caía la tarde. No hacía falta decir nada especial. Bastaba con sentarse cerca, con compartir el silencio. Gorka hablaba poco. Asier tampoco necesitaba más.
Se pasaron meses en aquel juego silencioso.
Miradas furtivas en el frontón, roces de manos al pasarse la botella de sidra, una sonrisa cómplice cuando el resto del grupo no miraba.
Asier no sabía exactamente qué significaban esos gestos, pero le aceleraban el pulso y lo mantenían despierto por las noches.
En la Cueva de los Vinos, después de los partidos, siempre terminaban sentados uno al lado del otro.
Bat, bi, hiru , contaba Asier cada vez que notaba la rodilla de Gorka rozar la suya por debajo de la mesa. ¿Se daría cuenta?
El día de la cena de Navidad del equipo, Asier estaba inquieto.
Intuía que algo iba a pasar. Cenaron todos juntos en la taberna, con sidra y risas, y sería ya de madrugada cuando él y Gorka salieron al frío de diciembre.
Las calles de Gernika estaban vacías y húmedas.
Caminaron despacio, bajando la voz al acercarse a la casa de Asier, y acabaron refugiándose en un establo cercano, riendo entre dientes, envueltos en olor a paja vieja y ganado.
En mitad de una broma, Gorka se giró de pronto, lo sujetó por la cintura y lo miró a los ojos.
El corazón de Asier le golpeó el pecho cuando sintió los dedos de Gorka cerrarse sobre su cuerpo.
Sus miradas se cruzaron un segundo antes de que Gorka se inclinara y, sin palabras, lo besara.
Un beso torpe, breve, pero suficiente para incendiarlo por dentro.
Asier cerró los ojos, rendido al momento, pensando solo una cosa: por fin.
Aquel beso de madrugada cambió todo. Desde entonces, se veían en secreto.
Fueron las semanas más felices que Asier recordaba.
Cada noche, cuando el pueblo dormía, se encontraban en la oscuridad: besos fugaces en los vestuarios vacíos, escapadas sigilosas al río, risas contenidas, charlas infinitas.
Por primera vez, Asier bajó la guardia. Permitió que alguien lo viera de verdad.
Estaba enamorado.
Lo inevitable llegó una mañana de febrero.
Salieron temprano a recoger leña, bromeando, persiguiéndose entre risas.
Tan confiados estaban en su felicidad que se detuvieron para besarse.
En ese instante, un grupo de niños pasó cerca y los vio.
Las risas se convirtieron en murmullos. Luego en gritos. Corrieron hacia el pueblo.
La noticia se extendió como fuego sobre hierba seca.
El pueblo entero cuchicheó. Asier sintió las miradas, los susurros, las risas a su espalda.
Su madre lo miraba confundida, incapaz de preguntar.
Una mañana, encontró la pintada en la puerta de casa: Maricón .
Intentó borrarla con las manos temblorosas mientras las lágrimas le caían por el rostro.
Gorka trató de calmarlo, de tomarle la mano, de decirle que todo pasaría, que podrían irse juntos a Bilbao, donde nadie los conociera. Pero Asier callaba. El miedo le corroía por dentro.
Hasta que la tensión estalló en el vestuario, días después. Uno de los compañeros se levantó, lleno de desprecio:
—Yo no pienso cambiarme delante de dos invertidos. Que usen el vestuario de chicas.
Las risas que siguieron fueron crueles, como piedras. Asier sintió que se ahogaba. Gorka lo miró, buscando apoyo. No lo encontró.
—Yo no soy como él —dijo Asier, con una voz fría, temblorosa, que ni él mismo reconoció—. Fue Gorka. Me engañó. Aprovechó que iba borracho en la cena de Navidad. Desde entonces me ha estado amenazando con contarlo si no hacía lo que quería.
El silencio cayó como plomo. Todos miraron a Gorka, paralizado.
—Yo… Asier, ¿cómo puedes decir eso?
—Me da asco lo que me hiciste.
Los ojos de Gorka se llenaron de lágrimas. No dijo nada más. Asier lo vio romperse frente a todos. Sus compañeros asintieron, lo creyeron, lo aceptaron de nuevo. Y Asier supo que había vendido lo mejor de sí mismo.
Pero no volvería a hacerlo. Otra vez no.
—Yo no le debo nada a Gorka ni a nadie —le dijo al capitán Sánchez—. Pero tampoco soy un traidor. No pienso darle ningún nombre.
El capitán se puso en pie. Asier mantuvo la mirada baja, tratando de evitar cualquier contacto ocular. Sabía que estaba cerca de quebrarse. Muy cerca.
—Mira, chaval —dijo Sánchez, con tono amenazante—.
No tienes idea de dónde te estás metiendo.
Más te vale empezar a cantar y soltar los nombres, porque, si no, te voy a mandar de una patada a la puta cárcel, no a este palacio que tenéis aquí en el cuartel, que parece que estás de vacaciones.
Vas a ir a la cárcel de verdad… y ya sabes lo que les pasa a los maricones en la cárcel.
La mirada de Sánchez estaba cargada de odio.
Esperaba alguna reacción por parte de Asier, la que fuera.
Quizá esperaba que se pusiera a llorar como una niña.
No iba a darle ese gusto. Sintió cómo la presión dentro de él crecía a cada instante, como si la cabeza estuviera a punto de explotarle.
Pero no iba a ceder. No podía. Él no era así.
—Gorka no tiene nada que ver con esto —masculló, entre dientes—. Él no está involucrado.
—Te creeré si me das más nombres.
No le quedó otra: empezó a cantar.