La noche cae sobre Shanghái Capítulo 63
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Capítulo 63

六十三

Tres años y tres meses antes

El cuartel de la Guardia Civil de Gernika era un lugar oscuro y opresivo.

Contaba con un único calabozo, una celda pequeña y fría sin más mobiliario que una litera de madera y un cubo en una esquina.

El olor era fuerte, por decirlo con suavidad: una mezcla de sudor rancio, humedad y el hedor de los desechos humanos.

Había un pequeño ventanuco en la parte superior de la pared que daba al exterior, pero estaba cubierto por rejas gruesas que apenas dejaban entrar un tenue rayo de luz. No tenía cristal.

Lo peor era el frío. Asier exhaló aire por la boca y vio cómo se escapaba el vaho. Se frotó las manos para intentar entrar en calor y pensó qué coño había hecho con su vida.

¿Cómo demonios había acabado ahí?

No había sido de repente. No. Había sido paso a paso. Despacio. Una cagada detrás de otra. Una sucesión infinita de malas decisiones.

Tras apartarse de Gorka, Asier había empezado a moverse de otro modo.

Cambió horarios, compañías, costumbres. Aprendió a ocupar el espacio que se esperaba de él.

A decir lo justo. A reír cuando tocaba. A no destacar.

Ez nabarmendu , no dar el cante. El frontón dejó de ser solo un lugar para jugar.

Se convirtió en un sitio donde demostrar cosas.

Fuerza. Resistencia. Carácter.

Asier empezó a quedarse más tiempo, a entrenar más, a aceptar retos que antes habría evitado. Los aplausos llegaron pronto. También el respeto. Descubrió que el reconocimiento servía para obviar muchas preguntas.

Y para tapar algo más.

Alguien le habló de reuniones. De gente comprometida. De la causa.

¿La causa? No era una sola cosa. Era un revoltijo de ideas que se repetían una y otra vez: los obreros contra los patronos, la Guardia Civil metiendo la nariz en todo, los chivatos, los esquiroles, la injusticia de siempre.

Nada muy claro. Nada escrito. Solo la certeza de que había que plantarse y no dejarse pisar.

Asier no entendía de política. Así que al principio escuchó y asintió cuando tocaba. Preguntó poco. Mejor no saber demasiado. Hobe ez jakitea.

Se reunían en secreto en trastiendas, almacenes medio vacíos, bares donde se bajaba la voz al llegar a ciertos nombres.

Nadie discutía de libros ni de teorías. Se hablaba de hechos.

De quién había roto una huelga. De quién se había ido de la lengua.

De quién se había pasado de listo. Todo concreto. Todo inmediato.

Por primera vez en mucho tiempo, Asier no se sentía fuera de lugar. Allí bastaba con estar. Con no rajarse. Con cumplir. Con aguantar la mirada. Allí nadie lo miraba como antes. Nadie bajaba la voz al pasar. Nadie sonreía con sorna, y eso bastaba.

Allí no era el maricón. Allí era uno más. Un hombre.

Al principio hacía de recadero. Llevar un mensaje, avisar de una redada, vigilar una esquina.

Nada que no pudiera explicar si alguien preguntaba.

Solo estaba allí, se decía. Luego vinieron los encargos más largos.

Acompañar a alguien hasta Bilbao. Pasar la noche en un caserío perdido, sin hacer preguntas.

Guardar una caja durante unos días. Pesaba más de lo normal. No la abrió. No hacía falta.

El dinero empezó a circular. Poco, pero suficiente. Para invitar a rondas. Para pagar cenas. Para no parecer un muerto de hambre. El respeto también creció. Ya no tenía que buscar sitio en el banco del frontón: se lo dejaban.

La violencia entró sin avisar. Primero palabras. Luego empujones. Después golpes. Una noche, alguien sacó una pistola y la dejó sobre la mesa, como quien deja las llaves. Nadie dijo nada. Nadie se levantó.

Asier sintió un nudo en el estómago, pero no apartó la mirada. Aguantó.

La primera vez que hubo sangre, no fue la suya. Tampoco fue su mano la que apretó el gatillo. Estaba allí. Vio el cuerpo caer. Oyó el golpe seco contra el suelo. Nadie gritó. Después se marcharon.

Durante días se repitió que aquello no iba con él. Que él solo había estado presente.

Pero siguió.

Empezó a viajar: Bilbao, Barakaldo, caseríos apartados donde nadie hacía preguntas. Se habló de armas, de dinero, de contactos al otro lado de la frontera. La causa se mezcló con otras cosas. Con el beneficio. Con la adrenalina. Con la sensación de estar haciendo algo que importaba.

Fue en uno de esos viajes cuando volvió a ver a Gorka.

No se dijeron nada al principio. Se miraron de lejos. Gorka estaba más delgado, más serio. Vestía igual que los demás. No destacaba. Asier sintió algo parecido al alivio. No estaba solo allí dentro. No del todo.

Gorka no había llegado por convicción ni por creer en la causa. Había llegado por él. Por no dejarlo solo. Por no desaparecer del todo de su vida. Asier lo supo sin que nadie se lo dijera.

Desde entonces coincidieron más. No hablaban del pasado. No hacía falta. Compartían silencios, miradas rápidas. El mismo cansancio en los ojos. La misma tensión en el cuerpo cuando alguien mencionaba un nombre que no convenía.

Gorka empezó a ponerse nervioso. Bebía más y hablaba menos. A veces parecía a punto de decir algo y se callaba. Asier pensó en sacarlo de allí. En decirle que pararan. No lo hizo. Nunca era buen momento. Siempre había algo que hacer antes.

Y todo se torció en una entrega. Demasiado ruido, demasiada gente.

Un coche que no estaba previsto. Alguien corrió cuando no debía.

Asier sintió, por primera vez, que aquello se les iba de las manos.

Después vinieron las sospechas. Las preguntas mal hechas.

Los silencios largos. Asier notó que lo observaban.

Que medían sus palabras. Que calculaban sus gestos.

Ya no bastaba con cumplir. Ahora había que demostrar.

La Guardia Civil apareció al amanecer. Un golpe seco en la puerta. Asier entendió, antes de que dijeran nada, que había llegado el final. Pensó en Gorka. Pensó que ojalá no estuviera en la lista. Pensó que, si lo estaba, quizá todavía podría arreglarse.

Luego lo esposaron.

Y así había llegado al calabozo.

Cada noche era igual. El sonido metálico de las llaves que giraban en la cerradura, el chirrido de la puerta que se abría para dejar pasar a otro guardia, el eco de la voz grave que preguntaba lo mismo:

—¿Te has decidido ya? ¿Vas a hablar?

Pero Asier no decía nada. No les daría el placer de verlo quebrarse.

Sabía lo que querían: nombres, detalles, confesiones sobre los demás implicados.

Sobre Gorka. El miedo crecía cada vez que mencionaban ese nombre, pero no podía dejar que eso lo dominara.

Aun así, los días pasaban, y, aunque no hubiese acusación formal, su mente seguía buscando una salida, alguna forma de no pudrirse en ese agujero.

Miró hacia la pequeña ventana. Una ráfaga de viento se coló dentro del calabozo y Asier se envolvió en sus propios brazos, intentando protegerse.

Se preguntó si alguna vez sería libre de nuevo, si volvería a estar seguro y caliente en casa de su ama, o si el peso de todo lo que había hecho —y de lo que no había hecho— lo mantendría para siempre encerrado en ese calabozo.

El tiempo transcurría muy despacio.

En algún momento de la tarde, algo rompió la monotonía.

Un nuevo guardia civil entró en la estancia.

Aunque Asier no entendía mucho de insignias ni galones, supo que era de rango superior a los dos que lo habían custodiado hasta entonces.

Su uniforme estaba más limpio, mejor planchado.

Su rostro pulcro y afeitado parecía una máscara, y su mirada no auguraba nada bueno.

—Ábrele la celda —ordenó el hombre con tono firme.

Uno de los guardias que lo había vigilado desde su llegada asintió y corrió a abrir la puerta, que emitió un chirrido metálico.

Asier se levantó despacio, con los músculos entumecidos por los días de confinamiento.

Los guardias lo tomaron de los brazos y lo condujeron por un pasillo largo y mal iluminado, con las paredes de piedra rezumando humedad, hasta una sala de interrogatorio.

Había una mesa de madera en el centro, vieja y rayada, y dos sillas enfrentadas.

En una de las paredes, una pequeña ventana con rejas dejaba entrar apenas algo de luz, lo justo para iluminar el polvo que flotaba en el aire.

Empujaron a Asier a una de las sillas. El recién llegado se sentó frente a él. Tras unos segundos de silencio que parecieron eternos, se presentó.

—Soy el capitán Sánchez —dijo con frialdad—. Espero que colabores, por tu propio bien. Vamos a empezar por lo fácil. ¿Cómo te llamas?

Asier guardó silencio. Sus ojos permanecieron fijos en la mesa mientras apretaba los puños, intentando contener la tensión. El capitán lo observó intensamente, como si pudiera medir cada una de sus reacciones. Al fin, se decidió a hablar.

—Asier Ormaetxe Altuna.

—Ya empezamos mal. Tendrás un nombre español, digo yo. Un nombre cristiano.

Asier no pudo evitar negar con la cabeza y esbozar una fugaz sonrisa. Aquello era tan típico que casi parecía absurdo.

—Me bautizaron como Adán —dijo, entre dientes—. Adán Daniel.

El capitán Sánchez sonrió ampliamente y alzó las manos, como si acabara de tener una revelación.

—¿Ves cómo no es tan difícil? Vamos con la siguiente: ¿quiénes son tus cómplices?

Asier apretó más los puños, hasta que los nudillos se le pusieron blancos y las uñas se le clavaron con dolor en la palma. No respondió. Sabía que cualquier palabra empeoraría la situación.

—No quieres hablar, ¿eh? —dijo Sánchez, con una sonrisa torcida—. No importa. Te lo sacaré igual. ¿Dónde consigues la mercancía? Las Smith & Wesson no se venden en el ultramarinos, muchacho. Ya sabemos que no actúas solo.

El término «mercancía» resonó en los oídos de Asier, pero se mordió la lengua, decidido a guardar silencio.