La noche cae sobre Shanghái Capítulo 62
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Capítulo 62

六十二

Dos meses y once días antes del estallido de la guerra

La noche caía sobre Shanghái como una trampa.

El aire estaba cargado de electricidad, pesado, expectante.

Asier caminaba junto a Yungli por uno de los callejones húmedos de Chapei.

Las farolas parpadeaban, el suelo estaba cubierto de papeles pisoteados, y en la distancia una radio japonesa cantaba una melodía melosa, una voz femenina que se arrastraba por los muros como una gata mojada.

Llevaba una chaqueta oscura y un gorro calado hasta las cejas. Yungli, a su lado, iba igual: discreto, casi invisible. Doblaron una esquina y se detuvieron. En la pared, un cartel rasgado con el rostro de Chiang Kai-shek. Alguien había intentado arrancarlo. En el suelo, unas gotas de sangre seca.

Yungli se agachó.

—Otro estudiante —murmuró.

Asier no respondió. Miró el cartel, las manchas, la calle vacía. A lo lejos, un ruido metálico. Un cubo que caía… o algo peor. Siguió caminando. Yungli lo alcanzó.

A mitad del callejón, un grupo de hombres estaba apoyado contra una puerta. Fumaban en silencio. No sonreían, no hablaban. Solo observaban. Cuando Asier y Yungli se acercaron, uno de ellos se apartó sin decir palabra y abrió la puerta. Dentro, una luz amarillenta revelaba un cartel: Club del Este.

—¿Quiénes son? —susurró Asier.

—Trabajan para los japoneses —contestó Yungli, apenas moviendo los labios.

Asier siguió andando, pero su mano se cerró en un puño dentro del bolsillo.

Zakarra gara. Estamos jodidos.

El callejón desembocaba en una pequeña plaza. Una patrulla japonesa cruzó al fondo, en fila de dos. Asier y Yungli se ocultaron bajo un toldo, pegados a la sombra. Esperaron a que pasaran, luego reanudaron el paso, fingiendo normalidad. Como si no estuvieran patrullando una ciudad ya ocupada.

A la mañana siguiente, el cielo estaba gris y la ciudad aún medio dormida cuando Isabel lo citó en un café de Hongkou, en pleno barrio japonés.

Dijo que estaba escribiendo un artículo, que quería «tomar el pulso» a la calle, retratar el ambiente.

Asier aceptó acompañarla, aunque no lo dijo en voz alta: no le gustaba nada.

El café estaba en una esquina, lejos de ojos curiosos.

Mesas de madera barnizada, cortinas limpias, camareros con guantes blancos.

Todo en orden. Todo demasiado ordenado. La mayoría de los clientes eran japoneses: oficiales, comerciantes, algún periodista.

Asier los evaluó uno a uno antes de sentarse frente a Isabel, que garabateaba en su libreta sin levantar la vista.

—Han desaparecido dos periodistas del Shen Bao . Pro-Kuomintang. El último fue visto hace tres días —dijo ella, sin preámbulo.

Asier se encogió de hombros y miró por la ventana. Fuera pasaba un grupo de niños japoneses con uniforme escolar, guiados por una mujer sonriente.

—Esto —dijo Isabel, inclinando ligeramente la cabeza hacia la calle— es la calma que precede a la tempestad. Se sienten invencibles.

Empezó a sonar una marcha militar. No fuerte, pero sí lo suficiente para helar el aire.

Un destacamento japonés cruzó la calle, paso perfecto, miradas de piedra.

Uno de los oficiales se detuvo junto al ventanal.

Miró hacia dentro. Miró a Isabel. Luego a Asier.

Este le sostuvo la mirada. El oficial sonrió, apenas una sombra de sonrisa, y siguió caminando.

Isabel cerró la libreta.

—Ya tengo lo que quería. Vámonos antes de que empiecen las preguntas.

Esa misma noche, Asier tenía turno en el Venetia.

Ya no era uno más detrás de la barra: ahora era el jefe.

El que firmaba los pagos, el que recibía a los proveedores, el que se encerraba en el antiguo despacho de Wu, con vistas a la sala principal.

Un despacho sobrio, con una lámpara de papel y una fotografía enmarcada de la ópera de Beiping.

Cuando bajó al salón, notó el cambio de inmediato. La música seguía siendo la misma —jazz americano, de ese que Isabel detestaba—, pero el público no. Casi todos eran japoneses: oficiales con uniforme de gala, empresarios, burócratas. Hablaban poco, bebían té o whisky, miraban en silencio.

El jefe de sala lo esperaba tras la barra. Le bastó una mirada para transmitirlo todo: tensión, desconfianza, miedo. Asier se acercó y apoyó una mano sobre la madera pulida.

—¿Algún problema?

El hombre negó con la cabeza.

—Uno de los camareros no ha venido. No ha avisado. Simplemente… no está.

Asier se quedó callado unos segundos. Ya no hacía falta preguntar. Sabía perfectamente lo que significaba «no está» en el Shanghái que les había tocado vivir. Asintió. Otra desaparición. Otro silencio.

Caminó por la sala fingiendo que todo estaba en orden.

Saludó a un par de clientes chinos que aún se atrevían a entrar.

No se quedaban mucho. Las miradas lo decían todo.

En una mesa del fondo, un oficial japonés le hizo una seña.

Asier se acercó. El hombre, con una sonrisa cortante y un inglés de filo, preguntó si habría espectáculo esa noche.

—No, señor. Solo música ambiente.

El oficial levantó la copa y asintió, con una sonrisa demasiado larga. Asier se alejó con el estómago encogido.

Horas más tarde, ya de madrugada, regresó a casa arrastrando los pies. Cerró la puerta con cuidado, dejando atrás el humo, la música y las miradas que no olvidaban. En la cocina, la luz seguía encendida. Yungli estaba sentado a la mesa con una taza entre las manos.

—No podía dormir —dijo sin levantar la vista.

Asier dejó el abrigo sobre una silla y se sirvió un vaso de agua. Silencio.

—Han desaparecido más camareros —dijo al fin—. No solo del Venetia. También del Paramount, del Astoria, del Cathay. ¿Has hablado con alguien del Juntong?

Yungli asintió lentamente.

—Todos lo saben. Nadie dice nada, pero todos sabemos quién está detrás. Los japoneses están limpiando la ciudad. Tienen listas.

Asier lo miró un largo rato antes de hablar.

—No va a durar mucho esta calma. No puede.

Esa noche apenas durmió.

Al día siguiente, caminaba por los jardines de la biblioteca de Zikawei.

Era uno de los pocos lugares donde aún se respiraba algo parecido al sosiego.

Allí no llegaban ni soldados ni espías, al menos no de uniforme.

Las paredes altas, las estanterías infinitas, los ventanales que filtraban la luz pálida del invierno: todo invitaba al silencio.

El anciano père Bernard lo recibió en la sala principal. Vestía de negro, con una bufanda gris al cuello y las manos cruzadas a la espalda.

—Monsieur Asier —dijo con su acento arrastrado—, la señorita de la prensa le espera en la sala de mapas. Ha llegado puntual, como siempre.

— Merci, père —respondió Asier.

Encontró a Isabel sentada junto a una gran mesa de roble, rodeada de atlas y volúmenes encuadernados en cuero. Llevaba gafas de leer, el cabello recogido y un lápiz mordido entre los dientes.

—¿Otra vez con mapas? —bromeó Asier mientras se sentaba frente a ella.

—Intento encontrar patrones —respondió sin levantar la vista—. He marcado todos los ataques de los últimos seis meses, y todos apuntan en una misma dirección.

—¿Japón?

Isabel asintió.

—Y más que eso. Se están posicionando. Rodeando Shanghái sin disparar un tiro. Pero va a estallar. Pronto.

Asier no contestó. Observó los mapas, escuchó los pasos amortiguados entre los estantes. Incluso el aire parecía oler a tinta vieja y a presagio.

—¿Has oído algo desde el norte? —preguntó ella.

—No. Pero Yungli sí. Y no le gusta lo que escucha.

Esa noche, Asier se asomó a la ventana del apartamento en The Trenches.

El cielo estaba despejado, pero al este se alzaba una tormenta invisible.

Se apoyó en la barandilla de hierro y miró hacia el puerto, donde las luces parpadeaban como estrellas enfermas.

Yungli se unió al cabo de unos minutos, con una manta sobre los hombros y una taza de té caliente.

Pasaron un rato en silencio, compartiendo el humo de la ciudad y la tensión que reptaba por las calles.

Asier señaló con el dedo.

—De allí vienen.

Yungli no respondió. Solo asintió.

En algún punto de Chapei, algo cayó. No una explosión, no aún. Pero algo se derrumbó, un golpe sordo que hizo vibrar el tejado bajo sus pies.

Asier cerró los ojos. Pensó en su ama, en su aita, en las montañas de casa. Y, de forma inevitable, en Gorka. En las palabras que no dijo. En las que ya no diría.

Tenía miedo.