Capítulo 61
六十一
Tres meses y veintisiete antes del estallido de la guerra
—¿Isabel? ¿Eres tú de verdad?
—Hola, Salvador. Sí. Soy yo. Desde Shanghái.
—¡Qué maravilla! Una llamada intercontinental. Me imagino tu voz cruzando océanos como una mariposa con alas de cobre… ¿Y cómo estás, querida?
—He recibido una carta. De Isabelita. Federico… ha muerto.
—Ah, sí. Lo supe. Triste asunto. Aunque previsible, ¿no crees?
Siempre con la lengua demasiado suelta. Y ya sabes lo que ocurre cuando se mezcla poesía con pólvora.
Acaba en tragedia. Una lástima, tenía talento.
Pero se obstinaba en querer cambiar el mundo con versos.
El mundo no cambia. El mundo se deforma.
—¿Eso crees?
—Oh, querida, no me malinterpretes. Yo adoraba a Federico.
Pero el mundo es otra cosa. No es la Residencia ni nuestras noches delirantes en Madrid.
Es carne, poder, muerte. Y disciplina. Mira a Hitler.
Un genio de la puesta en escena, de la voluntad, como un Wagner político.
Yo le he soñado. Literalmente. Con uniforme blanco, hablándome desde un espejo.
—Salvador…
—No te escandalices. No es una cuestión moral. Es estética. España está aprendiendo que el caos también tiene forma. Que la sangre escribe más fuerte que la tinta. Eso es todo.
—Si tú lo dices.
—¿Has oído hablar del Comité de No Intervención?
—añade, con voz teatral—. Una idea brillante en teoría.
Reino Unido y Francia promueven un pacto para no apoyar a ninguno de los bandos en España, como si la neutralidad fuera una forma de justicia.
Pero Italia y Alemania lo incumplen abiertamente, y todos lo saben.
Todos miran hacia otro lado. El único que no interviene nunca es Dios.
Y, sin embargo, es el único que sabe el final del cuadro.
El Comité de No Intervención…, un teatro de sombras.
Como los títeres de Federico, ¿te acuerdas?
Pero sin poesía. Solo burocracia y cobardía internacional.
Pienso que he tenido que usar todos los recursos del Weekly y del Excelsior para conseguir esta llamada. Llevamos días gestionándolo. Autorizaciones, cables, intermediarios. Para esto. Salvador ha cambiado, ha cambiado mucho.
—En eso estamos de acuerdo.
Al otro lado del hilo, Salvador murmura algo ininteligible.
Luego se corta. Un clic sordo. Un adiós que suena a definitivo, como el «adio» de una ópera.
Una línea en blanco. Una puerta cerrada.
Me quedo con el auricular en la mano mucho después de que la conexión se haya perdido.
Frente a mí, solo el silencio. Y la imagen lejana de un hombre al que creí conocer.
Me levanto de golpe. Camino como si me empujara algo por dentro. Todo lo que llevo aguantado necesita salir de una vez. Subo las escaleras de dos en dos. Golpeo la puerta del despacho de Powell y entro sin esperar respuesta.
—Quiero publicarlo —digo, sin saludar, sin respirar siquiera—. Quiero publicar la verdad. El apoyo de los nazis a Franco. Lo del armamento, los aviones, los instructores. Lo sabemos. Tenemos pruebas. Y lo vamos a contar.
Powell me mira desde detrás de su escritorio. Sus ojos cansados. Sus manos entrelazadas. No parece sorprendido. Solo… derrotado.
—No podemos, Isabel.
—¿Cómo que no podemos?
—El cónsul británico ha hablado conmigo. Londres quiere neutralidad absoluta. Aunque sea ficticia. Aunque todos sepamos que es una farsa. No quieren complicaciones con Berlín. Ni con Roma.
—¿Y la verdad? ¿Qué hacemos con la verdad? ¿La archivamos en un cajón hasta que pase de moda?
Powell respira hondo. Me mira en silencio. Ese silencio que duele más que cualquier palabra. Después se levanta. Camina hasta la ventana.
—¿Crees que no lo sé, Isabel? ¿Crees que no me revuelvo cada vez que tengo que callarme? Pero si publicamos eso, cierran el Weekly en veinticuatro horas. ¿Y entonces qué nos queda?
—Nos queda la decencia, Powell. Nos queda la dignidad. Nos queda Federico muerto en una cuneta y tú hablando de equilibrios diplomáticos…
Le hablé a Powell de la muerte de Federico. Quise publicar un obituario, pero la cosa quedó en el aire. El Weekly no quiere meterse en asuntos europeos, al menos de momento.
—Nos queda Shanghái —responde él, sin alzar la voz—. Una ciudad con tropas japonesas a las puertas. Una ciudad que puede estallar mañana, esta noche, ahora mismo. Precisamente por eso no podemos provocar. No cuando Shanghái es un polvorín con la mecha encendida.
—Los japoneses están a punto de cruzar el río Amarillo y tú me hablas de neutralidad. El fascismo no está llamando a la puerta, Powell. Está dentro. En Roma, en Berlín, en Burgos… y en Shanghái.
Me quedo mirándolo. Y pienso: es la misma sombra. La misma cara con nombres distintos: Mussolini, Hitler, Franco, Hirohito. Cambian los trajes, pero no la mirada.
Y mientras tanto, nosotros esperando el permiso de Londres para decir que hay fuego cuando ya huele a humo.
No lo puedo creer.
No lo quiero creer.