Capítulo 60
六十
Cuatro meses y doce días antes del estallido de la guerra
Habían pasado un par de meses desde el incidente de Sian, y la vida de Asier no podía ir mejor.
Desde aquella madrugada en que inmovilizó al generalísimo entre los árboles del palacio de Hua Ching, su nombre se había propagado por los círculos militares del Kuomintang como un rumor glorioso.
Yungli se lo contaba a menudo, entre divertido y orgulloso: lo llamaban wai-kuo p’eng-yu , el amigo extranjero.
Un héroe. Gizon ausarta.
No lo decía en voz alta, pero a veces lo pensaba. Y no podía evitar sonreír.
Jáuregui seguía en la cárcel. Asier, mientras tanto, continuaba al frente del Venetia con más libertad que nunca.
Nadie lo interrogaba, nadie lo vigilaba.
Era, al menos por ahora, intocable. Y, por encima de todo, había conseguido volver a jugar a pelota —su única pasión verdadera—, y eso le bastaba para sentirse feliz.
Y sin embargo, a su alrededor, todo se desmoronaba.
La ciudad crujía bajo la presión de algo que nadie nombraba, pero que todos sentían.
Desde enero, los movimientos de tropas japonesas en el norte eran constantes.
Se habían reforzado las guarniciones cerca de Tianjin y Beiping, y la radio repetía una y otra vez palabras como protección y estabilidad, que en boca de un oficial japonés sonaban a invasión.
En Shanghái, los nervios estaban a flor de piel.
Los soldados japoneses de la concesión internacional patrullaban con más frecuencia.
Más tensos, más armados. Había rumores de que más buques de guerra habían llegado al puerto.
Yungli los había visto con sus propios ojos.
Isabel también, y había empezado a escribir sobre ellos en sus artículos semanales.
Los comerciantes chinos hablaban en voz baja.
Las mujeres se apresuraban por las calles.
Nadie se miraba a los ojos. Hasta el aire parecía más espeso.
Algo iba a pasar y todos lo sabían. Asier lo sentía en el estómago, ese viejo presentimiento de tormenta, como cuando amanecía nublado en Gernika y todos sabían que acabaría lloviendo a cántaros.
Por eso no le sorprendió cuando lo convocaron a una reunión en la mansión de Du, en la concesión francesa. Sabía que esta vez no sería para hablar de Wu, del «oro del Rin» o del cargamento de opio. Era algo más grande: la amenaza japonesa.
Llegó a la mansión al caer la tarde. Era la primera vez que iba solo, sin Yungli.
Eso le imponía, pero también lo llenaba de orgullo.
Estaba allí por derecho propio. Los gorilas de siempre le abrieron la puerta sin sonreír, pero con un leve gesto de respeto.
Lo condujeron por los pasillos alfombrados hasta esa sala que parecía una corte imperial, donde Du, el de las orejas grandes, celebraba sus audiencias.
Esta vez la sala estaba llena. Debía de haber veinticinco, tal vez treinta personas. Casi todos hombres, algunos con uniforme, otros con traje occidental, unos pocos con túnicas tradicionales. También había un puñado de mujeres, discretas, observadoras. Todos chinos.
Todos, menos él. El amigo extranjero. Wai-kuo p’eng-yu.
Du apareció al fin. Sentado en su sillón de respaldo curvo, bajo un biombo pintado con dragones y olas, se tomó unos segundos para observar a los presentes antes de hablar. No alzó la voz. No lo necesitaba.
—Japón se prepara para una invasión a gran escala de nuestro país —dijo con tono sereno, aunque helado—.
Lo de Manchuria fue solo el principio. En las últimas semanas, los servicios de inteligencia han detectado un aumento masivo de tropas en el norte, y se rumorea que el general Matsui Iwane será nombrado comandante del ejército expedicionario que se desplegará aquí, en Shanghái.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos asintieron en silencio. Otros se miraron con recelo.
—¿Cuándo? —preguntó alguien al fondo.
—Pronto —respondió Du—. No hay fecha oficial, pero sabemos que sus barcos están en el puerto. Su infantería entrena en las afueras. Sus diplomáticos nos sonríen, pero sus armas apuntan a nuestras cabezas.
Una mujer joven, vestida con traje occidental, intervino con voz firme:
—¿Cuál será nuestra respuesta? ¿Qué dirección tomará la Banda?
Du asintió lentamente.
—Mi lealtad al Kuomintang es absoluta. El Generalísimo ha tomado una decisión clara: Japón es la principal amenaza para China. No podemos permitirnos más divisiones. El momento de elegir entre colaborar o resistir ha pasado. Ahora solo queda prepararse. Reorganizar nuestras fuerzas. Rearmarnos.
Hizo una pausa. Y luego miró a Asier.
—Por eso estáis todos aquí. Porque cada uno, desde su posición, tiene un papel en lo que está por venir. Y tú, wai-kuo p’eng-yu , también. No habrá victoria si no mostramos unidad.
Asier sostuvo la mirada. Sabía que ese apodo iba más allá de la cortesía. Era una invitación. Y una advertencia.
Esa noche, al salir de la mansión de Du, se vio otra vez cargando armas hacia su casa. El peso de la caja de madera. El frío del metal bajo el forro. Todo eso ya lo había vivido. Pero esta vez era distinto.
Esta vez sabía por qué luchaba.
Ya no era un chaval asustado, buscando respeto.
Era un hombre que, por fin, controlaba su propio destino.