La noche cae sobre Shanghái Capítulo 59
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Capítulo 59

五十九

Trece años antes

Han pasado ya un par de semanas desde que Andrés me destrozó la vida, y desde entonces no salgo de mi habitación.

Me quedo en la cama, con las cortinas cerradas, incapaz de moverme o pensar con claridad.

Cada vez que intento levantarme, el recuerdo me golpea como una bofetada.

No puedo comer, no puedo dormir; mi mente no hace más que revivir cada instante, cada palabra, cada golpe.

La idea de que Andrés me haya dejado embarazada es una auténtica pesadilla.

Cada mañana despierto con náuseas de puro terror, preguntándome qué haré si aquello resulta ser cierto.

No encuentro ninguna salida. He llegado incluso a considerar acabar con todo.

Una parte de mí está convencida de que ya no hay futuro posible.

Mi madre entra varias veces al día para intentar sonsacarme qué ha ocurrido, pero soy incapaz de contarlo. No puedo pronunciar las palabras, no puedo explicar el horror que he vivido en voz alta. Así que permanezco en silencio.

Hoy, primero de noviembre, debería haber sido mi boda.

Siento un escalofrío recorrerme el cuerpo al pensarlo.

Si hay algo de lo que puedo alegrarme, es de haber escapado a tiempo de ese monstruo.

La jornada transcurre lenta, como todas, pero al fin llega el atardecer.

Apenas me he movido de la cama en todo el día.

De pronto, escucho un alboroto en la calle y voces alteradas en la entrada de casa.

Me incorporo, escuchando con atención. Una de aquellas voces, fuerte y áspera, me resulta terriblemente familiar.

Es Andrés. El corazón se me acelera y siento cómo las lágrimas brotan de nuevo, imparables.

Me acurruco debajo de las sábanas, deseando desaparecer.

Entonces suenan unos golpes suaves en la puerta. La voz de mi madre llega amortiguada, preocupada y nerviosa.

—Isabel, hija, Andrés está abajo. Ha bebido y está muy alterado.

No respondo. Cierro los ojos con fuerza, rezando por primera vez en mucho tiempo para que todo esto sea una pesadilla de la que pueda despertar pronto.

Entonces, sin previo aviso, la puerta de mi habitación se abre bruscamente y entra Andrés, tambaleándose, con el rostro enrojecido por la bebida y la ira.

—Eres una furcia —espeta, acercándose peligrosamente hacia mí—. Y pensar que hoy podría haberme casado contigo… Eres una ramera, no vales ni para…

Antes de que pueda continuar, mi padre aparece detrás de él y, sin mediar palabra, lo golpea con fuerza, derribándolo al suelo. Andrés cae con pesadez, sorprendido, aturdido.

—No necesito que nadie me explique lo que le has hecho a mi hija, malnacido —dice mi padre con voz ronca—. No te saldrás con la tuya. Mañana mismo iré a la policía y te juro que vas a pagar por lo que has hecho.

Andrés se incorpora lentamente, con expresión de odio y desafío.

—A mí nadie me amenaza, viejo. Soy el dueño de Manila. Os arrepentiréis todos. Esto no va a quedar así.

Se levanta con dificultad y, tras lanzar una última mirada llena de desprecio, se marcha dando un portazo que retumba en toda la casa. Mis padres acuden de inmediato a mí. Se sientan en la cama y me abrazan con fuerza, consolándome mientras rompo a llorar con desesperación.

—Todo va a estar bien, cariño —susurra mi madre—. No permitiremos que vuelva a hacerte daño. Todo va a estar bien.

A la mañana siguiente, mis padres salen temprano hacia el cuartel de policía para denunciar a Andrés.

Soy incapaz de acompañarlos; el mero hecho de salir de la cama me parece una hazaña imposible.

Permanezco inmóvil, acurrucada entre las sábanas, sin más actividad que mirar la pared y contar las horas.

Llega el mediodía, luego el atardecer. Mis padres no regresan.

Empiezo a inquietarme. No es normal que tarden tanto.

Ya ha caído la noche cuando la voz temblorosa del ama de llaves resuena desde la puerta.

—Señorita Isabel, ha venido la policía.

Me pongo una bata y bajo despacio al recibidor. Dos agentes me esperan con el rostro grave e imperturbable.

—Ha habido un accidente, señorita —comienza uno de ellos—. Sus padres han fallecido. Fue instantáneo, no sufrieron.

Siento que el mundo se desvanece a mi alrededor y me desmayo.

Los días siguientes son una pesadilla interminable.

Me atormentan sueños y visiones horribles.

Todo parece irreal, lejano, como si estuviera perdiendo la cabeza.

Una enfermera aparece en algún momento para cuidarme día y noche y obligarme a comer.

Recuerdo que me obliga a vestirme para ir al entierro, pero una crisis de angustia me obliga a volver a la cama.

He perdido la noción del tiempo. Pueden haber pasado semanas o meses cuando el ama de llaves vuelve a interrumpir mi letargo.

—Señorita Isabel, tiene una conferencia desde Madrid. Es un amigo suyo, Federico.

—¿Federico? —repito, confundida.

—Sí, señorita. Ha llamado varias veces. Le… le he contado lo ocurrido.

Me arrastro fuera de la cama hasta el salón. Cojo el aparato sintiéndome ajena, como una autómata, como si mi propio cuerpo no me perteneciera.

—Macarena —dice la voz cálida y firme de Federico al otro lado de la línea—, me he ocupado de todo. Tienes los pasajes comprados, sales el lunes hacia Barcelona. Te recogeré en el puerto y viajaremos juntos a París. En Excelsior ya saben que has aceptado el trabajo.

—Federico, no puedo…

—No quiero excusas, Macarena, ¿me has oído? Te llamaré cada día hasta asegurarme de que has embarcado, aunque tenga que dejarme la última peseta en conferencias. Aprovecha el viaje para descansar y… nos veremos pronto. Saldrás de esta. Te lo prometo.

En este momento me parece imposible, pero Federico tiene razón. Me levanto de la cama, cojo ese barco y voy con Federico hasta París. Sin él, no sería capaz de seguir adelante.

Federico me salva.