La noche cae sobre Shanghái Capítulo 58
86%

Capítulo 58

五十八

Cuatro meses y dieciséis días antes del estallido de la guerra

Shanghái seguía siendo un mosaico en movimiento, pero Miguel ya no la miraba con los mismos ojos.

Ahora lo hacía desde las ventanas del piso de Isabel, en un edificio antiguo de ladrillo encalado al norte de la concesión francesa.

Había dejado atrás la casa del Bund, la oficina de San Miguel, el club… , a su madre. Sobre todo, a su madre.

La ruptura no había sido dramática. No hubo gritos ni cartas.

Solo silencio. El mismo con el que en su infancia se castigaban las mentiras y travesuras.

Desde Sian, todo había quedado claro: no habría redención familiar.

Su nombre se había borrado de la mesa de navidad, de los balances de empresa, del testamento. Y extrañamente, aquello le daba paz.

Se había mudado con Isabel sin ceremonia.

Una noche se quedó a dormir. Luego otra.

Después llevó un libro, una camisa, un neceser.

Cuando quiso darse cuenta, ya vivía allí.

No habían firmado nada. No tenían anillos.

Ni siquiera sabían qué palabra usar para definirse.

Pero Miguel se despertaba junto a ella, y eso bastaba.

Había dejado su trabajo en San Miguel. Se lo comunicó a Andrés en un telegrama breve, sin explicaciones.

No tuvo respuesta. Sabía que el mensaje habría llegado a su madre, y eso era suficiente.

La empresa y la familia Roxas al completo habían cerrado filas en su ausencia. Que hicieran lo que quisieran.

De Kriebel no había vuelto a saber nada.

Algunos rumores aseguraban que había sido apartado del consulado.

Otros, que había regresado discretamente a Berlín para rendir cuentas.

Se hablaba incluso de una caída en desgracia, de un castigo silencioso por la torpeza del incidente de Sian y la chapuza del microfilm.

Pero lo que más le sorprendía a Miguel era lo otro.

Lo inesperado. En ciertos círculos diplomáticos, empezaba a correrse la voz: Kriebel había cambiado de bando, fingiendo haber sido él el primer engañado.

Ahora atacaba con furia a los japoneses, los acusaba de megalómanos, de sabotear el equilibrio asiático con su ambición imperial sin freno.

Hablaba del «error histórico» de haber confiado en Tokio.

Decía —según contaban— que, si Alemania quería influir en Asia, debía hacerlo a través de China, no al margen de ella.

Aquello, viniendo de quien venía, resultaba casi tragicómico.

El mismo Kriebel que había coqueteado con el Imperio del Sol Naciente ahora renegaba del Antikomintern.

En cuanto a sí mismo, Miguel sabía que, en teoría, los alemanes lo habían condenado a muerte.

Que era un traidor, un testigo incómodo.

Que debería tener miedo. Pero no lo tenía.

El mundo entero estaba a punto de estallar: Japón se rearmaba, los periódicos hablaban de escaramuzas en el norte.

En las concesiones, se multiplicaban las patrullas.

Los extranjeros empezaban a evacuar discretamente.

Había miedo, rumores, y, sin embargo, Miguel se sentía ligero. Libre. Como nunca se había sentido.

Isabel y él habían logrado impedir los planes del Reich para China.

Habían frustrado una operación que podría haber cambiado el equilibrio del continente.

Él y ella. Miguel e Isabel. En realidad, Asier había tenido un papel más determinante que el suyo, pero qué más daba.

Habían sido ellos tres, contra dos imperios.

Isabel y él desayunaban juntos en la pequeña cocina, entre tostadas y periódicos arrugados.

A veces Miguel cocinaba huevos revueltos, otras Isabel traía bollos del horno ruso de la esquina.

Por las mañanas leía en voz alta mientras él la escuchaba con los ojos entrecerrados, como si cada frase pronunciada por ella fuera un conjuro.

Por las tardes paseaban por la concesión francesa, cogidos del brazo, riéndose de los escaparates absurdos, de los perros con abrigo, de los ingleses que sudaban con sus trajes de lana.

A menudo veían a Asier y a su amigo, Yungli.

Eran una pareja encantadora y Asier… Asier era uno de los hombres más valientes que había conocido jamás. Tenía mucho que aprender de él.

Y, por las noches, subían al tejado. Se llevaban una manta y una botella de vino barato.

Desde allí veían cómo la ciudad brillaba, temblando al borde del caos.

Isabel se recostaba sobre él y decía: «¿Te imaginas que todo esto desaparece mañana?

». Miguel le respondía: «Entonces robaré una bicicleta y huiremos al sur». Ella reía y él la abrazaba más fuerte.

Más allá del recinto cerrado de su felicidad, Shanghái comenzaba a resquebrajarse.

El aire olía distinto, como si alguien hubiera dejado encendida una mecha invisible.

Miguel lo notaba en los detalles: los oficiales japoneses caminaban con más arrogancia por el Bund, sus uniformes más resplandecientes, sus gestos más bruscos, sus miradas más arrogantes.

Patrullaban en grupos, más armados que de costumbre, como si ya fueran los dueños de la ciudad.

Los comerciantes chinos agachaban la cabeza.

Los rickshaws cambiaban de acera. Nadie protestaba. Nadie quería provocar un incidente.

En las concesiones, todo seguía igual. Los clubes organizaban bailes de máscaras, las damas británicas discutían sobre modistos franceses, los franceses bebían vermut en las terrazas.

Pero Isabel lo veía y lo escribía. Lo gritaba con su máquina de escribir, cada noche, cuando se levantaba en mitad de la madrugada como empujada por un presentimiento.

Miguel la escuchaba desde la cama: el tac-tac-tac de las teclas, su respiración contenida, el crujido de las hojas que arrancaba de la máquina con auténtica rabia.

Cada semana, su nombre aparecía en la portada del Weekly . Artículos lúcidos, ácidos, urgentes. «Los japoneses van a atacar», decía. «Solo están esperando una excusa. El momento preciso. Pero atacarán. Pronto».

Miguel la observaba sin decir nada. A veces se levantaba para ponerle un vaso de agua o una copa de vino, para acariciarle el pelo mientras ella seguía escribiendo.

Otras veces, solo la miraba, envuelto en la penumbra, sintiendo que en ella vibraba la verdad que todos los demás se empeñaban en ignorar.

Shanghái bailaba al borde del abismo. Y ellos dos, abrazados en la oscuridad, eran los únicos que no miraban hacia otro lado.

Una mañana mientras Miguel leía el periódico en bata, sentado junto a la ventana con el primer café del día, oyó cómo el cartero subía con paso apresurado. Tocaron a la puerta.

—Correo para usted, señorita Isabel.

Miguel fue quien recogió el sobre. Tenía el matasellos de Granada. España. Alargó la carta sin decir palabra.

Isabel se quedó inmóvil. El color se le fue del rostro de inmediato.

No dijo nada. Solo tomó el sobre y se sentó en la silla más cercana, como si el peso de esa hoja sellada fuera demasiado para sostenerlo de pie.

Miguel no preguntó. No hizo falta. Sabía que, fuera lo que fuese, sería terrible.

Y que nada volvería a ser igual después de abrir ese sobre.

Me tiemblan las manos.

No quiero abrir este sobre, pero sé que debo hacerlo.

Se lo debo a él.

Me recorre un escalofrío. Miguel está a mi lado. Me mira, no dice nada. Desde el primer instante, sé que no son buenas noticias. Rompo el papel con manos torpes.

La letra es de Isabelita.

Querida Macarena:

No sé cómo empezar esta carta. No hay manera fácil de escribir lo que tengo que decirte. Federico ya no está con nosotros. Lo mataron en agosto, pocos días después de que lo detuvieran. Nunca hubo juicio. Nunca hubo explicación. Solo el silencio y el miedo.

Papá hizo todo lo que pudo. Habló con quien había que hablar. Se humilló. Suplicó. Pero no sirvió de nada. Lo sacaron de la prisión y lo llevaron a un barranco. Allí lo fusilaron. No sabemos el lugar exacto. Nadie nos lo ha querido decir. Solo que fue en algún punto del camino de Víznar a Alfacar.

Las autoridades dicen que murió por rojo y por maricón. Así, sin más. Como si su vida no hubiera tenido otro valor que esas dos palabras. Como si sus versos, su música, su risa, no hubieran existido nunca.

Perdóname por decírtelo así. No supe encontrar otro modo. Mamá está destrozada. Yo también. Pero he querido que tú lo supieras. Sé cuánto lo querías. Y sé cuánto te quiso él.

Con todo mi cariño,

Isabelita

Las lágrimas inundan mis ojos. El papel me tiembla entre los dedos, los labios también. Miguel me abraza. No sé cuánto tiempo pasa así. Tal vez horas. Tal vez siglos.

Dentro de mí, algo se ha quebrado. No un hueso, no una idea. Algo más profundo. Algo sin nombre. Estoy rota. Pero no como se rompe una copa o una puerta. Es un derrumbe silencioso. El suelo que me sostenía se ha ido. Y yo caigo sin fin. Sin ruido. Sin eco.

No puedo llorar. No puedo gritar. Ni siquiera puedo asomarme al borde de este abismo que se ha abierto dentro de mí. El dolor es tan hondo que se ha vuelto abstracto. Sordo. Como una piedra dentro del pecho. Me duele incluso el aire que respiro. Me duele Federico. Me duele todo.

Si muero, dejad el balcón abierto.

Los versos resuenan en mi mente como campanas hundidas.

Recuerdo la Residencia. Él riendo. Él bailando con Salvador en el salón.

Él recitándome a media voz en las escaleras.

Aquella Noche de Reyes en Granada, cuando nos montó una función entera de títeres.

A Isabelita, que lo miraba con esos ojos llenos de asombro.

¡Ay, qué pena más grande, qué pena tan lastimosa!

Me levanto. Camino como si llevara plomo en las piernas. Abro la ventana. Porque a Federico le hubiera gustado así. Abierta. Con la luz entrando sin pedir permiso. No le gustaba el luto. Ni la muerte quieta. Le gustaba vivir. Vivir con todo. Hasta con la tristeza.

—Seguiré adelante —digo—. Seguiré luchando contra esos hijos de puta. Por él. Por nosotros. Por mí.

Miguel se acerca. Me envuelve con los brazos. Esta vez soy yo quien lo abraza fuerte. Quien se aferra como si ese cuerpo pudiera devolverme algo de sentido. Un poco de fuego. Una chispa.

Aunque solo sea eso. Una chispa.