Capítulo 57 #3
Avanzaron entre la maleza, esquivando raíces y ramas húmedas, deslizándose entre las sombras hasta alcanzar uno de los muros del palacio.
Asier sentía la respiración entrecortada y el corazón desbocado.
Entonces vio una ventana que se abría con estrépito.
Un hombre en pijama saltó al exterior y echó a correr.
Tropezó, y en ese instante Asier lo reconoció.
—¡Chiang Kai-shek! —gritó, sin pensar.
Y se lanzó tras él. Fue el primero. Los soldados reaccionaron un segundo después, pero era Asier quien abría camino, quien se internaba en el bosque, quien guiaba la persecución.
El terreno estaba húmedo, resbaladizo. Las ramas les golpeaban la cara, las raíces se enroscaban en los tobillos.
Algunos caían. Otros maldecían. Pero Asier aguantaba.
Se abría paso con los brazos, esquivaba troncos, saltaba un arroyo estrecho. Y seguía.
Detrás se escuchaban disparos, gritos, una orden para que cesaran el fuego. Pero él no se detuvo.
Ya lo tenía. A unos metros. Vio cómo el generalísimo giraba la cabeza, jadeante, desesperado. Y en ese instante, Asier se lanzó. Cayó sobre él con todo el peso del cuerpo, lo sujetó por el cuello y el brazo, y lo inmovilizó con una llave de wushi .
Chiang Kai-shek quedó atrapado, sin una sola herida. Vivo. Entero. Preso.
Asier no dijo nada. Solo respiraba, agitado, con las manos aún firmes sobre su captura.
Lo había hecho.
Es pleno día. Fuera el aire es seco y las montañas humean como si también hubieran sido testigos del caos. Estoy sentada en un pequeño despacho del palacio de Hua Ching. Frente a mí, el general Chang Hsueh-liang.
A su izquierda, algo apartada pero presente, está madame Chiang. Lleva un t si-bao sobrio de seda azul oscuro y unas gafas de sol que no se ha quitado, a pesar de estar en el interior. No ha saludado. No ha dicho palabra. Pero su mera presencia basta para llenar la sala.
Asier está con los soldados. Me han contado que ha tenido un comportamiento heroico, que fue él quien detectó al generalísimo tratando de escapar en pijama por una ventana. Lo atraparon con vida, gracias a Asier.
El general me habla con voz templada, como si acabara de regresar de una ceremonia, no de un pronunciamiento militar en toda regla. Pero yo no he venido hasta aquí para escuchar letanías.
—¿Me permite que tome notas mientras hablo? —pregunto, levantando la libreta que llevo siempre en el bolso. No espero su respuesta. Saco la pluma y comienzo a escribir —. ¿Qué ha ocurrido exactamente esta madrugada?
El general Chang se acomoda en la silla, cruza las manos sobre la mesa. Habla con una calma inquietante.
—El generalísimo fue informado de ciertos movimientos irregulares dentro del Ejército Rojo y de la concentración japonesa en la frontera norte.
Intentamos razonar con él. Mostrarle pruebas.
Documentos. Nombres. Pero su posición era inflexible.
Iba a seguir adelante con la firma del pacto Antikomintern.
—¿Y entonces?
—Ha sido necesario detenerlo. Sin violencia, pero con firmeza.
Ha permanecido bajo custodia desde las primeras horas del día.
Esta mañana hemos alcanzado un acuerdo. Chiang Kai-shek ha aceptado formar un Frente Unido con el camarada Mao y el Partido Comunista.
Se compromete a cesar la persecución interna y concentrar todos los esfuerzos militares en la defensa frente a Japón. Lo anunciará esta misma tarde.
Desde su silla, madame Chiang se inclina apenas hacia delante.
—Mi esposo no cede por miedo, miss de la Cruz, sino por convicción. Las circunstancias exigen flexibilidad —dice, con su perfecto acento inglés americano, estudiadamente frío. Luego vuelve a reclinarse en silencio.
—¿Un cambio real o una promesa vacía? —pregunto.
—Esta vez es real. Lo hemos obligado a mirar de frente al enemigo verdadero. Y ha entendido.
—¿Qué pasará con Japón? —pregunto.
Chang hace una pausa. Sus ojos se endurecen.
—Los delegados japoneses ya han abandonado el recinto. Salieron hace dos horas. Sin despedirse.
—¿Habrá guerra?
—Estaremos preparados —responde, sin levantar la voz. Y sin pestañear.
Siento la mirada de madame Chiang sobre mí. Aún no ha olvidado el artículo que escribí sobre ella. Y sin embargo, aquí está. Observando. Controlando. Juzgándome. Su rostro no se inmuta. Pero sé que lo recuerda.
Me quedo en silencio unos segundos. Luego cierro la libreta.
—General —añado—, mi amigo Miguel estaba aquí, con la delegación alemana. Miguel Roxas. ¿Sabe algo de él?
Me mira. Hace una pausa. Hay una sombra de ironía en sus ojos, casi una sonrisa.
—Sí. Su amigo también ha tenido su momento heroico.
Estúpido pero heroico. Se infiltró en una reunión entre la delegación alemana y el Kuomintang con un documento bajo el brazo.
Creo que le resultará familiar. Se trata del «informe del demonio».
—Al oír la mención a mi informe, me enderezo, alerta—.
Quería entregárselo en persona al generalísimo.
Lo que no sabía es que el general ya tenía ese mismo informe.
Una ráfaga de emociones me golpea con fuerza.
Alivio, primero. Luego ternura. Quizá. Pero también rabia.
¿Por qué me abandonó en Berlín? ¿Por qué me ha fallado tantas veces, en tantos momentos en los que creí que podía contar con él?
Me muerdo el interior de la mejilla. No quiero que el general vea el temblor que empieza a subir por mi espalda.
Chang Hsueh-liang continúa, como si leyera mis pensamientos.
—Ha tenido mucha suerte. Los alemanes lo habían condenado a muerte por traición. Iba a ser ejecutado esta misma mañana. Se ha salvado por los pelos. ¿Quiere ir con él?
Madame Chiang habla por segunda vez, ahora sin girarse hacia mí.
—Está vivo por poco. Ha tenido suerte. La próxima vez, no la tendrá.
Asiento, sin poder hablar. Un auxiliar de campo aparece, como invocado.
Me acompaña en silencio por los pasillos del palacio.
Cuando abre la puerta, Miguel está allí.
Sentado en una butaca, con la cabeza entre las manos.
Se levanta al verme. Nos miramos. Yo me acerco y, sin pensarlo, le doy una bofetada.
—Eres un imbécil —le digo.
Realmente debe de serlo, porque, a pesar de mis palabras, sonríe.
—Isabel. Lo he hecho. Por fin.
—¿Hacer qué? ¿Venir a meterte en la boca del lobo? ¿Ponerte en peligro para nada? Si tuvieras un mínimo de seso…
—Lo he hecho. He cortado con la familia, con Kriebel, con los alemanes. Para siempre. Por fin soy libre, Isabel.
Se acerca a mí y no puedo evitarlo: lo envuelvo en un abrazo. Es como un niño grande. Miguel, siempre tan perfumado, huele a sudor y a miedo. Su cuerpo tiembla un poco. El mío también.
—No te he perdonado todavía —murmuro—. Lo de Bayreuth…
—Yo no me perdonaré nunca. Pero ya no soy ese hombre.
—Eso me lo vas a tener que demostrar.
—Si me lo permites, me pasaré el resto de mi vida intentándolo.
Me separo unos centímetros y le miro a los ojos.
—Estás a prueba.
Y entonces sí, nos besamos.