La noche cae sobre Shanghái Capítulo 57 #2
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Capítulo 57 #2

—Si el generalísimo no entra en razón por sí mismo —responde en voz baja—, habrá que obligarle a hacerlo. Una operación más… contundente… tendrá lugar esta madrugada. Acompáñenme. El general desea que escriba usted un artículo con la historia de lo que ocurrirá en las próximas horas.

Lo miro a los ojos. Mi estómago se retuerce como un trapo húmedo que hay que escurrir.

—¿Dónde vamos?

—Al palacio de Hua Ching, donde se alojan las delegaciones alemana, japonesa y china. El generalísimo está allí —responde Tung, sin detenerse.

Me freno un instante.

—¿Ha dicho delegación alemana? —pregunto, todavía descolocada—. Acabo de ver a un amigo mío en compañía del cónsul alemán. Hermann Kriebel.

El pastor Tung me mira con calma.

—No sé quién es su amigo, pero le confirmo que el señor Kriebel es parte de la delegación alemana y se aloja en el palacio Hua Ching.

Echa a andar. Asier y yo lo seguimos, sin decir palabra.

Está a punto de estallar la violencia. Otra vez. Y yo en el medio. Como siempre. Y Miguel…, también está Miguel.

Miguel avanzaba tras Kriebel por uno de los corredores laterales del Palacio de Hua Ching.

A esa hora, la niebla empezaba a disolverse y una luz blanquecina se filtraba por los paneles de papel de arroz.

El suelo crujía suavemente bajo las botas de los oficiales.

Llevaba la cartera de cuero bajo el brazo, apretada contra el costado.

La sala era más pequeña de lo que había imaginado.

Un salón discreto, con paredes forradas de madera oscura y una larga mesa de reuniones cubierta por un paño color mostaza.

Había té servido en tazas individuales, ceniceros de cristal tallado y una atmósfera cargada de humo de tabaco y protocolo.

En las paredes colgaban algunos rollos caligráficos de Confucio, junto a un gran mapa de Asia oriental con tachuelas de colores.

Al fondo, tres funcionarios chinos conversaban en voz baja.

Todos llevaban el mismo tipo de uniforme nacionalista, con cuello cerrado y expresión pétrea.

Pero lo que captó de inmediato la atención de Miguel fue el hombre que estaba sentado en el extremo derecho de la mesa: occidental, de edad incierta, pelo canoso y una expresión severa, casi funeraria.

Vestía un traje gris perla, sin una sola arruga.

—Embajador Oskar Trautmann —anunció Kriebel, con una sonrisa afilada—. Le presento a Miguel Roxas, mi futuro yerno.

El embajador alemán se limitó a inclinar la cabeza. Miguel sintió un escalofrío.

—¿Qué sabemos de los delegados japoneses? —preguntó Kriebel, girándose hacia Trautmann mientras tomaba asiento a su lado.

—Se incorporarán mañana —respondió el embajador con voz monocorde—. Hoy debemos cerrar algunos puntos clave en el plano bilateral. Ya sabe que las relaciones entre China y Japón son difíciles… Tenemos que dar el último empujón.

—Por supuesto —dijo Kriebel.

La puerta corredera se abrió sin aviso y entró un hombre solo.

Pequeño, fibroso, con la piel tensa como pergamino bien conservado.

Su uniforme blanco contrastaba con la oscuridad de la sala.

Los ojos, finos y astutos, iban escaneando cada rincón antes de fijarse en los presentes.

Miguel reconoció su rostro antes de que nadie dijera nada: era Chiang Kai-shek, el generalísimo.

El dictador, el estratega, el hombre que había sobrevivido a traiciones, guerras y alianzas imposibles.

Todos se levantaron al unísono para recibirlo. Miguel sintió una punzada de duda. ¿Qué demonios hago aquí? La reunión comenzó con frases ceremoniosas y saludos en alemán y mandarín. Pero pronto la voz de Chiang se impuso, clara y cortante.

—Necesitamos una cláusula secreta —dijo, sin rodeos—. En caso de que Japón rompa el pacto y ataque a China, exigimos garantías.

Trautmann se ajustó las gafas con elegancia alemana.

—Eso no ocurrirá —respondió el embajador—, Japón es un aliado fiel. En cambio, existe un riesgo real e inminente de agresión por parte de la Unión Soviética. Tenemos pruebas. Un memorando firmado por el propio Stalin.

Miguel sintió que el corazón le latía en las sienes.

Chiang asintió, sin sorpresa.

—Estamos al corriente de ese memorando. Precisamente por eso…

—Generalísimo —interrumpió Miguel, con un hilo de voz—. Con su venia…

Las cabezas giraron hacia él. Por un instante, Miguel sintió que su alma se separaba de su cuerpo y observaba desde lo alto cómo todos lo miraban. Se vio a sí mismo desde fuera, ridículo, patético. Temblaba.

Chiang lo observó con frialdad, sin moverse un milímetro.

—¿Sí, caballero? ¿Puedo saber quién es usted?

Miguel carraspeó. Entonces se irguió y, sin saber muy bien cómo, encontró dentro el valor que le había faltado en tantas y tantas ocasiones.

—Soy Miguel Roxas. Representante de la cervecera San Miguel en Shanghái. Excelencia, tengo en mi poder pruebas definitivas de que el memorando al que se refiere, el memorando de Stalin, es falso.

Sacó la carpeta de cuero, la abrió con dedos rígidos y extrajo el documento. Se levantó, avanzó con pasos torpes y lo depositó sobre la mesa, frente a los secretarios chinos. Uno de ellos lo recogió sin decir palabra y lo situó, con dos manos, delante del generalísimo.

Chiang lo estudió durante varios segundos que parecieron horas. Luego levantó la vista.

—Gracias —dijo simplemente.

La reunión continuó. Alguien mencionó garantías militares.

Alguien más habló del destino común de dos grandes naciones.

La palabra del Führer. Las rutas de suministro.

Miguel ya no escuchaba. El aire se había vuelto espeso como plomo fundido.

Sentía su cuerpo vacío, todo su ser se había evaporado en el instante en que colocó el informe sobre la mesa.

Poco a poco, los asistentes comenzaron a levantarse. Trautmann, los funcionarios, incluso Chiang. Todos se fueron, salvo Kriebel. Miguel seguía en su asiento, clavado, sin atreverse a moverse. El cónsul alemán se le acercó por detrás, se inclinó levemente y susurró:

—Estás muerto, Miguel.

Y salió de la sala sin más.

Segundos después, se abrió la puerta. Entraron dos soldados alemanes. Uno se colocó a cada lado. Le tomaron por los brazos. No dijeron nada. No hizo falta.

La noche había caído sobre Sian en silencio, roto solo por el chirrido de los neumáticos sobre el barro congelado y el ronroneo grave de los motores militares.

Asier e Isabel viajaban apretados en el interior de uno de los camiones, rodeados de soldados chinos armados con fusiles Mauser, bayonetas al cinto y rostros tan serios como los de un aizkolari antes de cortar un tronco.

El convoy avanzaba por calles oscuras y casi vacías.

De vez en cuando, un foco iluminaba el rostro de algún centinela que levantaba el puño a modo de saludo.

Frente a ellos, el pastor Tung permanecía sentado, rígido, con las manos apoyadas sobre las rodillas.

Los había recibido en la estación apenas unas horas antes, con un gesto seco y pocas palabras. Lo justo para advertirles:

—Esta noche tendrá lugar la operación. El generalísimo no quiere escuchar. Vamos a forzarlo.

Asier no había preguntado más, pero la palabra seguía dándole vueltas en la cabeza: operación.

¿Qué significaba exactamente? Miró a su alrededor.

Vio las armas, la tensión en los hombros de los soldados, la forma en que vigilaban cada esquina, cada sombra.

Y entendió. No sería una negociación. Sería un golpe.

El convoy se detuvo por tercera vez en menos de una hora.

Otro cuartel. Otro grupo de soldados que subieron al camión principal tras recibir una breve orden del pastor Tung, susurros rápidos y un saludo militar.

Chang Hsueh-liang no aparecía, pero su sombra lo cubría todo.

Tung no ofrecía explicaciones, solo repetía, casi en susurro:

—Órdenes del general.

Asier e Isabel se miraron. Ninguno dijo nada. No hacía falta.

Isabel se removió sobre la banqueta de madera, envuelta en su abrigo de lana.

Sentía el frío colarse por las costuras, pero no temblaba.

Estaba concentrada. Miró por la rendija trasera de la lona del camión y alcanzó a ver la muralla de la ciudad antigua, recortada como un fantasma negro contra el cielo estrellado.

En algún momento, uno de los soldados lanzó una orden breve. El convoy se reorganizó. Entraban, por fin, en la recta final del trayecto. La más peligrosa.

Habían pasado muchas horas desde que salieron de la estación.

Era ya madrugada. La ciudad dormía, pero en el interior del camión la tensión se había convertido en una criatura viva, que respiraba entre ellos.

Asier miró de reojo a Isabel. Ella había sacado su libreta y escribía deprisa, apuntes cortos que iluminaba con una linterna de bolsillo cubierta por un pañuelo rojo.

Claro, para eso estaba allí: para contarlo todo.

Asier, en cambio, no lo tenía tan claro. Se preguntaba —una vez más— qué demonios hacía él en medio de todo aquello. ¿Cuál era su papel? ¿Por qué, siempre, acababa en el centro del huracán sin haberlo buscado?

El convoy dejó atrás las callejuelas amuralladas y tomó un camino que serpenteaba hacia el este.

Los árboles se hicieron más altos, el aire más limpio.

Asier notó un olor mineral, casi sulfuroso, igual que el vapor de las termas de Cestona, donde su ama lo llevaba de niño a curarse los bronquios. Al frente, divisó una enorme montaña.

Los vehículos se detuvieron en una curva, ocultos tras un bosquecillo de pinos. El pastor Tung descendió primero y levantó una mano. A lo lejos se oyó un disparo. Solo uno.

—¡La señal! —gritó alguien.

Enseguida llegaron más disparos, esta vez mucho más cerca. Voces, gritos, órdenes cortas que no necesitaban traducción. Los soldados se levantaron de un salto, y Asier, aunque no iba armado, corrió con ellos.