Capítulo 57
五十七
Seis meses y veintiséis días antes del estallido de la guerra
El tren había salido de Shanghái con puntualidad prusiana, como si fuera consciente de que llevaba pasajeros alemanes.
Durante el primer tramo del viaje, Miguel se había limitado a mirar por la ventanilla igual que hacían los monos a través de los barrotes de su jaula, allá en el Jardín Botánico de Manila.
Le dolía la cabeza. No por el traqueteo, ni por lo duro de los asientos, ni siquiera por las escasas horas de sueño: le dolía por dentro.
Como si descendiera lentamente por los círculos del infierno de Dante, uno a uno, sin posibilidad de escape.
Ya solo queda el último. El círculo reservado a los traidores. Al fondo estará el altar.
Había estado huraño y silencioso durante todo el viaje. En parte porque no podía soportar la euforia de Kriebel, que no paraba de hablar de Berlín, de lo bien que había ido todo, de cómo la primera fase del pacto Antikomintern ya estaba firmada y de cómo Chiang Kai-shek estaba a punto de sumarse.
—Esta tarde será la primera reunión con él y el resto de la delegación alemana para cerrar los últimos detalles de la firma —anunció con una sonrisa de satisfacción.
Al menos de eso puedo librarme . Pequeñas victorias del condenado.
—¿No se unirán los colegas japoneses? —pregunta Miguel, sintiéndose obligado a fingir al menos un atisbo de interés ante su futuro suegro.
—El embajador Ariyoshi, el general Matsui y el resto de la delegación también llegan hoy. Viajaban desde Nankín, así que es posible que ya estén aquí.
Mientras tanto, Irene rezumaba felicidad. Se había pasado el trayecto leyendo una novelita rosa alemana y hojeando un catálogo de porcelanas chinas que pensaba enviar como recuerdo de boda a sus tías bávaras. La pobre muchacha parecía convencida de que aquello era el comienzo de un cuento de hadas.
Miguel, en cambio, llevaba en el bolsillo interior de la americana una cajita recubierta de terciopelo rojo que pesaba como un plomo.
Había querido evitar el drama de que su madre viajara desde Manila a Shanghái para entregarle el anillo familiar —una joya absurda, recargada, con iniciales grabadas en filigrana—, así que compró uno más sobrio, de diseño moderno, en una joyería de la concesión francesa.
La vendedora lo felicitó. Él no fue capaz de contestar.
La llegada a Sian, tras cuatro días de viaje a través de campos polvorientos, colinas secas y estaciones medio desiertas, no le supuso ningún alivio.
Apenas descendió del vagón, Kriebel se enderezó como si acabara de alcanzar la cumbre de una campaña militar y proclamó, con voz estentórea, que el aire seco de la meseta era un símbolo del espíritu ascético de la nueva China.
—Esta ciudad tiene algo especial —decía mientras subían por el paseo central flanqueado de cipreses—. Es austera, pura. Aquí, Miguel, aquí es donde debe tener lugar la pedida. Será un símbolo. China y Alemania serán una alianza. Y tú, comenzarás tu nueva vida.
Miguel no respondió. Irene lo miró de reojo, con los ojos muy abiertos, como si esperara una caricia, una palabra amable, algo. Él solo asintió. Por dentro, tenía la garganta en carne viva.
Desde la estación, la comitiva fue conducida en automóviles negros a lo largo de una carretera serpenteante que se alejaba del centro de Sian y se adentraba en colinas suaves, salpicadas de campos de trigo amarillento y aldeas de adobe.
Al fondo, un majestuoso monte se alzaba entre bancos de niebla.
A medida que se acercaban, un olor sulfuroso comenzó a impregnarlo todo.
—¿Dónde estamos? —se atrevió a preguntar Miguel.
—Aquel de allí es el monte Li —explicó el cónsul—. Vamos al palacio de Hua Ching, en plena zona de aguas termales. En otros tiempos fue el refugio favorito de los emperadores Tang. Las delegaciones oficiales se alojan aquí.
Nos han traído a un balneario. Magnífico. Solo me falta encontrarme al embajador Ariyoshi en paños menores, tomando las aguas.
En efecto, el Palacio de Hua Ching surgió entre los árboles como una visión del Imperio Medio en una de las antiguas dinastías.
Techos curvos de tejas vidriadas, pabellones lacados en rojo oscuro, estanques de aguas humeantes y jardines trazados al milímetro por expertos en feng-shui .
A Miguel le pareció que acababan de llegar al escenario de una tragedia antigua, con drama romántico incluido y, posiblemente, suicidio del protagonista.
¿A quién quiero engañar? Nunca he sido el protagonista de mi propia historia.
La armonía del paisaje solo se veía interrumpida por la presencia de decenas de soldados.
Aquello, en efecto, tenía que ser una residencia oficial de algún tipo, porque estaba rodeada de centinelas armados.
Miguel se preguntó si el generalísimo en persona se hospedaría allí con ellos. Por su bien, esperaba que no.
Entonces apareció ella.
—¡Miguelito! —exclamó, ignorando por completo la sorpresa de su hijo—. He tenido que venir a darte esto.
Y le entregó una pequeña cajita de terciopelo rojo, similar a la que llevaba en el bolsillo, pero más antigua.
El anillo familiar. Por el modo en que saludó a Kriebel, con la familiaridad de quien ha compartido cartas y confidencias, quedó claro que el cónsul alemán estaba en el ajo desde el principio.
—¡Qué bien que esté usted aquí, doña Carmen! —exclamó Irene, abrazándola—. No sabe las ganas que tenía de conocer a mi futura suegra. Miguel habla maravillas de usted.
—Más le vale, a ese desagradecido.
—Tenemos tanto que hablar. Seguro que usted me aconsejará cómo ser una buena madre para sus nietos. ¡Porque pienso darle muchos nietos!
—Con uno basta, si es de calidad, querida, que no somos conejos.
Miguel se sintió completamente desolado.
Si pensaba que la pedida y la boda representaban los últimos círculos del infierno, la llegada de su madre era la aparición del cancerbero en persona, el guardián del Averno.
Para que no me escape. Cerró los ojos un instante, sintiendo que se ahogaba.
Entonces recordó algo. El «informe del demonio» que le había entregado Isabel.
Aquel que probaba que el microfilm era una falsificación.
Lo llevaba consigo siempre, en la cartera, escondido entre balances de pagos y saldos comerciales.
Porque en el fondo, por muy hundido que estuviera, aún no había renunciado a demostrarle a Isabel —y a sí mismo— que podía hacer algo valiente.
No es demasiado tarde.
Tomó aire y se volvió hacia Kriebel.
—¿Podría acompañarle esta tarde a esa reunión con el generalísimo?
El cónsul alemán se giró hacia él con una ceja alzada.
—¿Y esa súbita inclinación por la política? Pensaba que no te interesaba en absoluto.
—No pensará dejarme con las damas eligiendo sedas para vestidos mientras los hombres solucionan los problemas del mundo, ¿verdad?
Kriebel soltó una carcajada.
—Tienes razón. Me gusta esa actitud. Claro que puedes venir, Miguel. Será una experiencia inolvidable.
Eso espero , pensó él, apretando su maletín contra el pecho.
La estación de Sian me recibe como un puñetazo en el estómago. Fría, gris, militarizada. Repleta de soldados que fingen no mirar, pero que lo ven todo. Al fondo, un cielo bajo, sin sol. De un gris de pólvora mojada.
Viajo con Asier desde Shanghái. Él es duro como una piedra, apenas se ha quejado en todo el trayecto.
Yo, en cambio, arrastro el cuerpo como una tortuga milenaria sacada de alguna leyenda china.
El viaje en tren ha sido demoledor. Paramos en Nankín, después en Zhengzhou.
Horas interminables de traqueteo, de asientos duros y ventanas empañadas.
Segunda clase, por discreción. Para no llamar la atención.
Duermo mal. Como peor. Tengo los pies hinchados, la espalda llena de contracturas, la cabeza a punto de estallar.
Pero no me quejo. No puedo. No ahora. Apenas llevamos equipaje, una mochila y una maleta pequeña.
Me siento una auténtica reportera de guerra.
Porque es una guerra lo que quiero evitar.
Una guerra civil en China. Otra más. Otra vez.
Bajo del vagón con el abrigo desabrochado y el cuello levantado. El andén está lleno de ruido y de ecos. Huele a carbón, a sudor, a ansiedad. Y entonces lo veo.
Miguel.
Está allí, a unos metros. Con el cónsul alemán. Y con una muchacha del brazo. Rubia, delgada, impecablemente vestida: su prometida, la misma que vi en Bayreuth. La escena parece irreal. Como una fotografía mal revelada.
Me quedo paralizada. Tiro de Asier, lo arrastro tras una columna, como si me hubieran sorprendido robando.
—¿Qué pasa? —pregunta él, sin alzar la voz.
No puedo hablar. El corazón me golpea en las sienes. El estómago se me revuelve. Los sentimientos explotan dentro de mí como metralla. Dolor. Rabia. Incredulidad.
Lo señalo con el dedo, temblando.
—¿Qué demonios hace él aquí? —susurro.
—¿Y quién es ella? —pregunta Asier.
No tengo tiempo de responder. Una voz, detrás de nosotros, nos hace volver a la realidad de por qué estamos aquí.
—Señorita de la Cruz. Señor Ormaetxe.
Me giro. Es el pastor Tung. Ha aparecido sin hacer ruido, con esa manera de caminar que tiene, casi flotando. Se inclina profundamente. Un saludo tradicional chino. Le devuelvo la reverencia e intento recomponerme. Contener el temblor.
—Señor Tung. Hemos llegado puntuales, tal y como indicaba en su telegrama.
—Lo sé —dice, serio—. Y se lo agradezco. A los dos.
—Díganos —continúo, tragando saliva—, ¿cómo ha ido la negociación?
—Ha sido un fracaso. El generalísimo se niega a aceptar las pruebas. Desea seguir adelante con la purga de los camaradas del partido.
—¿Y qué vamos…? —me corrijo—. ¿Qué piensa hacer el general Chang?
Tung respira hondo. Mira a un lado y otro del andén.