La noche cae sobre Shanghái Capítulo 56
83%

Capítulo 56

五十六

Nueve meses y quince días antes del estallido de la guerra

El rickshaw avanzaba bamboleándose por las callejuelas húmedas de Shanghái.

Asier observaba desde su asiento cómo la ciudad vibraba a su alrededor.

Una bicicleta les cortó el paso y el conductor lanzó una maldición lo bastante grosera como para que él la entendiera.

El templo apareció al fondo, rojo y dorado, oculto tras un muro de ladrillo gris con una puerta de madera abierta de par en par.

Sobre el dintel, los caracteres dorados del dios de la ciudad resplandecían bajo la luz que declinaba.

Chenghuang, el protector de Shanghái. Asier había pasado a saludarlo muchas veces.

Había algo en su aspecto solemne y severo que le inspiraba tranquilidad, como si fuera un juez celestial con el poder de absolverlo por sus muchas gilipolleces.

Avanzó entre el gentío hasta la puerta, que se abrió con un crujido. En el umbral lo esperaba Isabel, con pantalones y camisa clara, el cabello recogido en una trenza y los ojos brillantes como brasas. Toda una periodista en acción.

—¿Entramos? —dijo, sin perder el tono seco—. El pastor Tung ya debe de estar dentro.

El interior del templo estaba impregnado por un aroma denso a incienso, espeso como un velo de novia, que se pegaba a la garganta y a la ropa.

Reinaba la penumbra, alterada solo por la luz vacilante de las velas prendidas en los altares laterales.

El bullicio de la calle parecía haber quedado muy lejos.

Asier tardó unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad.

El templo estaba sospechosamente vacío, considerando la cantidad de gente que pululaba fuera.

Solo un hombre, de rodillas sobre un cojín, rezaba en silencio ante una estatua dorada de Chenghuang.

Otro hombre emergió de entre las sombras. Alto, vestido de lino oscuro, con el rostro surcado por arrugas de preocupación más que de edad. Isabel dio un paso al frente.

—Tung.

—El jefe los espera —susurró él, sin rodeos.

—¿El jefe? —preguntó Isabel, alzando una ceja.

—El general Chang Hsueh-liang.

—El mariscal ilustrado —murmuró ella.

Sin decir una palabra más, Asier e Isabel caminaron despacio hacia los cojines colocados en semicírculo junto a la estatua de Chenghuang. Se arrodillaron uno a uno, en silencio reverente, flanqueando al hombre que aún no había girado la cabeza, absorto en su plegaria.

Un monje de túnica color tierra y rostro inexpresivo emergió por una puerta lateral. Llevaba entre las manos una pequeña campana de mango largo que comenzó a balancear suavemente.

— Ch’ing-ching tzu-jan, ta-tao wu-hsing —declamó en mandarín, con una voz que parecía surgir del fondo del templo.

—La claridad está en la naturaleza, el Tao no tiene forma —tradujo el general en un susurro—.

Tung me ha hablado de usted, señorita de la Cruz.

Está muy impresionado. Dice que es usted valiente, que ve las cosas con claridad, que no se deja manipular por la propaganda de ningún bando. Eso es raro en estos tiempos.

El monje hizo sonar de nuevo la campana. Esta vez el tañido fue más profundo, una respiración metálica que onduló por las vigas del techo. Chang permaneció en silencio unos segundos más y, por fin, se volvió hacia Isabel. Su mirada era serena.

—Gracias, general —dijo ella—. Este es mi compañero, Asier Ormaetxe. Estamos juntos en esto.

—¿Es de confianza?

—Odio a los nazis —respondió Asier—. ¿Es suficiente?

—Lo será —concedió el general—. He venido a Shanghái de incógnito. Estoy en una gira secreta, ciudad por ciudad, para intentar construir una red de apoyo antes de regresar a Sian.

El monje volvió a tocar la campana. Su sonido cortó el silencio como una sentencia inevitable.

—¿Y a quién ha venido a ver en Shanghái? —preguntó Asier, con una sospecha creciente—. Si puede saberse, claro.

Chang giró la cabeza hacia él.

—A Du Yueh-sheng, por supuesto. Es hora de que la enemistad entre la Banda Verde y el Partido Comunista Chino termine de una vez por todas.

Muchos dentro del Kuomintang están cegados por el odio a los comunistas, y están a punto de firmar un pacto con alemanes y japoneses.

Si eso ocurre, China perderá lo poco que le queda de alma.

Asier contuvo una reacción, pero no dijo nada. Lo sabía.

—¿Queda alguna esperanza? —preguntó Isabel.

Chang inspiró hondo antes de responder.

—El futuro de China pende de un hilo. Si seguimos luchando entre nosotros, los japoneses se quedarán con todo.

Necesitamos un Frente Unido: nacionalistas y comunistas, juntos.

Y necesitamos liberarnos de la sombra de Alemania.

Su alianza es una trampa. Una forma sutil de encadenarnos al fascismo… y al imperialismo japonés.

El monje hizo sonar la campana de nuevo. Su eco resonó durante más tiempo esta vez.

—¿Qué hay del pacto Antikomintern? —preguntó Isabel.

—Los planes para su firma están muy avanzados —dijo Chang—.

Se ha concebido en tres fases. La primera tendrá lugar en Berlín el 25 de noviembre, entre Alemania y Japón.

La segunda, apenas unas semanas después, en Sian, a mediados de diciembre, para formalizar la adhesión de China.

La tercera, en Roma: se espera que se sumen Italia, España y Hungría.

Asier cerró los ojos y negó con la cabeza. España. Kaka zaharra gara. Estamos jodidos.

—Entonces ya está todo decidido…

—No todo —replicó Chang con gravedad—, pero hay muy poco tiempo si queremos evitar la catástrofe.

Como comandante del Ejército del Noreste, aún conservo cierta influencia en Sian.

Me invitarán a esa reunión, estaré en las preparatorias.

Y cuando ocurra, intentaré disuadir al generalísimo.

Necesito todas las herramientas posibles para lograrlo.

—Puede contar con nuestra ayuda, si podemos serle útiles en algo —dijo Isabel.

—Sé que usted tiene en su poder un informe que elaboró con los datos que le dio mi enviado, Tung, y con lo que usted misma descubrió en su investigación…

—El informe no es solo mío —intervino Isabel—. Asier también ha colaborado.

—El «informe del demonio» —murmuró este.

La campana sonó una vez más. Breve. Penetrante. Como una advertencia.

—Necesito ese documento —prosiguió Chang—. Si conseguimos probar la falsedad del supuesto memorando de Stalin, podré detener el pacto. Pero necesito pruebas sólidas. Y una voz que el mundo escuche. Usted tiene ambas cosas.

Isabel asintió sin dudar. Sacó de su bolso un sobre doblado y se lo entregó con firmeza.

—Aquí está. Léalo con atención. Está todo documentado: las manipulaciones, las falsificaciones, los canales utilizados por los alemanes, incluso la implicación de la Banda Verde.

Y cuente con mi voz. Estoy preparando un artículo para la próxima edición del Weekly . Reflejaré todo lo que nos ha contado.

—Le advierto de que madame Chiang ya lo tiene —dijo Asier—. No parece haberle importado mucho que el memorando sea falso.

—Madame Chiang es una maestra de la realpolitik —convino al general mientras tomaba el sobre con ambas manos y se inclinaba levemente, en señal de respeto—. Les aseguro que otras facciones del Kuomitang están más apegadas a sus principios.

—China no puede seguir el camino de España —murmuró Asier, con los ojos fijos en la estatua dorada del dios Chenghuang—. No podéis dejaros engañar por los nazis…

—Los nazis solo traen muerte —añadió Isabel—. Mucha muerte. Si podemos ayudar a evitar eso aquí, lo haremos.

La campana sonó una última vez. Un eco grave, casi solemne, que pareció marcar el fin de la ceremonia.

El general Chang se despidió con una leve reverencia.

Cuando salieron del templo, el aire de la calle pareció más denso, más sucio, como si hubieran emergido de otro mundo.

Se despidieron de Tung en la puerta; el agente les estrechó la mano con serenidad.

—Gracias —dijo simplemente—. Nos volveremos a ver.

Caminaron juntos por el callejón, en silencio primero. Las luces de Shanghái parpadeaban como brasas en la distancia. Isabel se detuvo de pronto.

—Tenemos que ir a Sian.