Capítulo 55
五十五
Nueve meses y diecisiete días antes del estallido de la guerra
Miguel estaba de vuelta en el Long Bar, en su mesa de siempre, justo en la esquina desde la que podía ver la puerta de entrada.
Por una vez, había llegado antes que su cita.
Demasiado pronto, en realidad. Tenía el vaso de old fashioned a medio terminar y ya había pedido otro, solo para tener las manos ocupadas.
El bar, como siempre, estaba lleno de humo, de risas contenidas y de ese murmullo constante que solo los clubes de caballeros consiguen mantener sin que nadie lo provoque.
Los espejos amplificaban el espacio y hacían parecer que todo el mundo era más elegante, más alto, más rubio y más delgado.
A Miguel le molestaban especialmente los espejos.
Aunque sutilmente, siempre distorsionaban la realidad.
Aún no era socio del Shanghai Club, su solicitud continuaba en estudio, en teoría a la espera del visto bueno final del comité de admisiones.
Hermann Kriebel había decidido apadrinarlo y, en el ínterin, lo había incorporado a su propia acción como «futuro yerno», una categoría que, al parecer, otorgaba privilegios temporales y que a Miguel le provocaba arcadas cada vez que la escuchaba.
Futuro yerno. Qué honor.
A veces, en mitad de la noche, se despertaba con una presión en el pecho, como si alguien se hubiera sentado sobre él.
El rostro de Irene, con su sonrisa blanquísima y sus peinados alemanes, lo perseguía incluso cuando dormía.
Era como una muñeca de porcelana, demasiado perfecta, demasiado silenciosa.
No tenía nada en contra de ella, en realidad.
Irene era educada, correcta, hasta un poco dulce cuando se lo proponía. Pero no la amaba. Ni de lejos.
La fecha estaba provisionalmente fijada para mayo.
«Es cuando se casa la gente decente», había sentenciado su madre, en una carta que aún no había tenido valor de quemar.
Por supuesto, ella ya lo tenía todo planeado.
Se instalaría en Shanghái en cuanto la pedida fuese oficial.
La maldita pedida. Ese era el último muro que había logrado mantener en pie.
Había conseguido posponerla alegando todo tipo de excusas: que aún no había hablado con el cónsul español, que los negocios iban mal, que no tenía traje adecuado para la ocasión.
Pero sabía que ese muro era frágil, que cualquier día se vendría abajo.
Apenas un par de días atrás, Miguel se había enterado de que Isabel estaba de vuelta en Shanghái. Lo supo por casualidad, en boca de un periodista británico con el que coincidió en el vestíbulo del Paramount.
—Esa chica suya, la fotógrafa española… —había dicho con una sonrisa torcida, como si comentara el regreso de una actriz de variedades.
Miguel no respondió. No dijo nada. Pero desde entonces, llevaba su nombre clavado como una espina.
Le dolía al respirar. Se sentía avergonzado, no por lo que había hecho, sino por lo que no había sido capaz de hacer.
Cuando la arrestaron en Bayreuth, él no movió un dedo.
Kriebel la había reconocido nada más verla irrumpir en el palco de Hitler.
Lo miró a él, sospechando. Le preguntó si tenía algo que ver.
Miguel bajó la vista. Y dijo que no. Una vez.
Dos. Tres. Como san Pedro a Jesús, el día de la Pasión.
Después intentó interceder. Sí, a su manera, con la boca pequeña. Le recordó a Kriebel que Isabel había sido amiga de la familia, que incluso había estado prometida con su primo Andrés, que era solo una periodista, entrometida quizá, pero inofensiva.
—Lo mejor sería mandarla de vuelta a Shanghái con un tirón de orejas —dijo.
Pero Kriebel no quiso oírlo.
—Mejor que no te metas en esto —sentenció.
Y Miguel obedeció. Como siempre. Como toda la vida.
Se sentía como un traidor. Como un cobarde. Como un gusano.
Había preguntado, discretamente, y supo que Powell había movido cielo y tierra para conseguir su liberación. Y lo había conseguido. Isabel estaba de nuevo en Shanghái. Viva. Sola. Con cicatrices que él ni siquiera imaginaba.
Mientras tanto, él se había refugiado en el Shanghai Club, bebiendo copa tras copa de old fashioned y aceptando a regañadientes un compromiso que no deseaba con una pobre chica a la que no amaba ni nunca amaría, simplemente porque no era Isabel.
Y ahora, ella estaba de vuelta. Caminando por las mismas calles.
Respirando el mismo aire. Mientras él… él no se había atrevido ni a buscarla.
La puerta se abrió con un chasquido seco y ceremonioso. Miguel se irguió, instintivamente. Kriebel acababa de entrar. Avanzaba con esa expresión de suficiencia que lo acompañaba siempre, como un perfume agrio. Saludó al portero con una inclinación apenas visible y se dirigió hacia él.
—Miguel —dijo—. Me alegra ver que has llegado a tiempo.
—Por supuesto —respondió Miguel, esforzándose por mantener la voz firme.
Kriebel se sentó sin más. Miguel lo observó mientras pedía un café. Pensaba en Isabel. En su mirada al ser arrastrada fuera del teatro. En su silencio al desaparecer de su vida. Algún día tendría que explicarse. Decírselo todo.
Pero no hoy.
—Las cosas en Tetuán marchan según lo previsto —dijo Kriebel—. El transporte de tropas se está desarrollando con éxito, aunque con demasiada discreción para mi gusto. Creí que la familia San Miguel estaría orgullosa de estar del lado correcto de la historia.
Miguel parpadeó, genuinamente sorprendido.
—No sabía que nuestra participación ya había comenzado… —musitó, intentando ganar tiempo.
—Claro que sí —replicó Kriebel—, pero parece que vuestro querido Andrés prefiere mantener las cosas en la sombra. Discreción filipina, supongo.
Andrés, tan discreto como siempre cuando hay dinero de por medio. Fascista de salón, pero con los pies bien pegados al mármol del banco.
Andrés no era un ideólogo, nunca lo había sido.
Falangista, sí, por conveniencia o por estética, pero, sobre todo, un hombre de negocios.
Y la guerra civil en España aún no estaba ni mucho menos decidida.
No iba a poner en riesgo su emporio cervecero por una causa que aún podía volverse en su contra.
—Hablaré con él.
Decir que hablaré con mamá sería demasiado patético, ¿no?
—Otra cosa —añadió Kriebel—. A mediados de diciembre, habrá una reunión diplomática importante en Sian.
Yo formaré parte de la delegación alemana y he pensado que Irene y tú podríais acompañarme.
Sian es el lugar ideal para una pedida. Antiguo esplendor imperial, templos majestuosos, montañas nevadas al fondo…
y esa estética severa y simétrica que tanto admiramos en nuestra arquitectura nacional. Será perfecto.
Miguel carraspeó, buscando una salida.
—¿No hace demasiado frío en diciembre para una pedida? Tal vez… podríamos esperar a la primavera —aventuró.
Kriebel soltó una risa breve y seca.
—Miguel, si la boda es en mayo no podemos esperar a la primavera para la pedida, ¡es absurdo! La gente pensará que Irene está embarazada. No, en Sian. Es el lugar perfecto. Todo un símbolo de la nueva China que se avecina.
Miguel sintió un escalofrío. Un presentimiento.
—¿Y de qué trata esa… reunión diplomática?
Kriebel bajó la voz, pero no el aire de suficiencia.
—No debería hablar de ello, pero eres casi de la familia…
China va a firmar con Alemania y Japón un pacto para contener a los comunistas.
Un pacto Antikomintern. Otro tanto que me apunto con el Führer…
Si esta operación sale bien, será exclusivamente gracias a mí.
Creo que el cargo de ministro de Exteriores me va como anillo al dedo.
Ya es hora de que ese idiota de Konstantin von Neurath se vaya a su casa. Y tú serás mi yerno, no lo olvides.
Perfecto. El mundo se va a la mierda y yo vestido de boda.