La noche cae sobre Shanghái Capítulo 54
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Capítulo 54

五十四

Nueve meses y veintiún días antes del estallido de la guerra

Más de un mes de navegación. Cuarenta días. Tendrían que haber servido para calmarme los nervios, pero ha sido todo lo contrario. Estoy desquiciada. Angustiada. Cabreada. Como un volcán con la chimenea obstruida. A la primera grieta, estallaré. Lluvia de fuego y rocas ardientes. Que se aparten.

Durante toda la travesía he hecho lo posible por seguir de cerca la situación en España.

Los cables llegaban por telégrafo, entrecortados, imprecisos.

Los periódicos en cada puerto traían titulares cada vez más oscuros.

A finales de julio, los sublevados tomaron Badajoz tras una matanza brutal.

En agosto, avanzaron hacia el norte, se hicieron con Irún y aislaron al País Vasco.

El ejército republicano resistía en Madrid mientras se organizaban milicias en Cataluña y Valencia.

Málaga, sitiada. Toledo, aún en manos franquistas.

Y en el aire, el rumor persistente de ayuda militar alemana e italiana a los nacionales.

El país se desangra, se parte en dos. Nacionales.

Republicanos. Y entremedias los que solo quieren salvar el pellejo.

He intentado contactar con Federico y con Salvador, enviar telegramas desde Singapur, desde Colombo, incluso desde Port Said.

Silencio. Hasta he escrito a Isabelita, la hermana de Federico, a la dirección de su casa de Granada.

He puesto el remite de Shanghái, espero que ella me conteste.

De momento, no sé nada de ellos. Me duele más de lo que pensaba.

Me asusta más de lo que puedo reconocer.

Y ahora… Shanghái. Otra vez. La ciudad me recibe con su aliento espeso, con su olor a humedad y carbón.

Cuarenta días por el desierto, como Jesucristo.

No hay milagros, ni redención, ni tentaciones.

Solo una certeza: sé lo que tengo que hacer.

Presentarme ante Powell. Darle las gracias.

Porque, como decía mi madre, es de bien nacidos ser agradecidos.

Estuve a punto de no contarlo. A punto de desaparecer sin dejar rastro en una celda húmeda de alguna cárcel del Reich.

O peor, en uno de esos trenes rumbo a ninguna parte.

Los soldados nazis me apresaron en Bayreuth y me sacaron a rastras del palco privado de Hitler, donde me había colado con la excusa de mis credenciales de corresponsal olímpica, sin que Miguel moviera ni un dedo para evitarlo.

Con Miguel, punto y aparte. Más que eso, fin de la historia. El yerno de Kriebel y, al parecer, amigo del mismísimo Führer. No me interesa en lo más mínimo. Ni como hombre, ni como amigo, ni siquiera como recuerdo. No puedo permitirme pensar en él. Duele demasiado.

Los nazis no escucharon razones, no les importó mi pasaporte, ni los papeles oficiales, ni mi profesión.

Me metieron en un furgón sin ventanas. Y ahí empezó el verdadero terror.

Miguel no hizo nada, pero Powell sí. Powell tiene contactos, y le importa su gente.

Movió Roma con Santiago. Llamó a embajadas, apretó manos, hizo favores.

Incluso presionó a algunos pesos pesados del régimen alemán.

Y, contra todo pronóstico, logró lo imposible: que me deportaran de vuelta a Shanghái.

Viva. Sucia, humillada, hecha polvo…, pero viva.

Así que sí, lo primero que haré será ir a verle. Decirle gracias. Gracias por salvarme la vida.

El puerto de Shanghái está tan caótico como siempre.

Gritos. Silbatos. Carretillas. Vapores que descargan y cargan sin descanso.

Consigo que un mozo me ayude con las maletas.

Paramos un taxi, un coche de lujo, de esos que solo se dignan llevar a mujeres occidentales como yo o a magnates de los negocios.

Le digo que vamos a la sede del Weekly , en la Avenue Edward VII, pero que tiene que esperarme abajo con las maletas mientras yo despacho unas cosas antes de continuar hacia mi casa.

Le doy unos billetes por adelantado y me muestra su mejor sonrisa.

En la redacción, todos corren a saludarme. Sonrientes, sorprendidos, aliviados. Pero yo me escurro, como una trucha en el río, una trucha que evita ser pescada. Solo me detengo un segundo con Sunmey. Le doy un abrazo fuerte. Siento que se me humedecen los ojos.

—Luego —le susurro.

Él asiente, con esa dulzura suya.

—Ve, ve.

Entro en el despacho de Powell. Él se levanta, me mira a los ojos. No dice nada más que una sola palabra.

—Bienvenida.

—Gracias —respondo, bajando la mirada—. Solo he venido a decir eso: gracias. Te dejo trabajar.

—Mujer, siéntate un minuto. Tenemos que hablar.

—Sé lo que vas a decirme —replico enseguida—.

Que estoy loca, que casi acabo muerta o peor aún, que has tenido que tirar de todo tipo de contactos…

De verdad, no te preocupes. No pienso dar más problemas.

Búscame un montón de bautizos y de niños de primera comunión, y me dedicaré a hacerles retratos. No volverás a oírme.

Powell frunce el ceño.

—Pero ¿qué dices? ¡Pero si es justo al contrario!

No podemos abandonar ahora. Quiero que sigas en la línea que venías investigando antes del viaje: el pacto Antikomintern.

Se habla del general Chang Hsueh-liang como una posible vía intermedia para que el Kuomintang y Mao formen un Frente Unido contra Japón y el fascismo.

Vamos, lo que escribiste después de tu entrevista con el pastor Tung Chien-wu.

Lo fácil sería esconderme. Lo sensato. Pero lo sensato no cambia el mundo. Y yo vine aquí para eso, ¿no? Le sonrío. No puedo evitarlo.

—Así, ¿sin más? Pensaba que estarías enfadado.

Powell levanta una ceja.

—Bueno, de hecho, tengo una condición. Me debes como diez artículos sobre la guerra civil española, el rumor de la intervención alemana, las olimpiadas…

Saco un fajo de folios de mi bolso y lo dejo sobre su mesa.

—Aquí los tienes, jefe. Sangre, sudor y tinta. Que no se diga que una corresponsal olímpica se rinde.

Powell sonríe. Luego, rebusca en el cajón de su escritorio y me tiende un sobre pequeño.

—Una cosa más. El pastor Tung está en Shanghái. Ha mandado recado al Weekly diciendo que desea verte. Aquí tienes una dirección y un número de teléfono.

Agarro el sobre sin abrirlo. Ya está. Otra vez en marcha.

Asier estaba tumbado en la cama, mirando al techo. Después de la entrevista con madame Chiang, debería tener miedo. Pero no era así. Por primera vez en su vida, Asier podía decir que ya no tenía miedo.

Sonrió.

A su lado, Yungli lo observaba con seriedad.

Murmuró algo en chino que Asier no terminó de entender, aunque no hizo falta: el mordisco juguetón en el hombro bastó para adivinar su sentido.

Asier cerró los ojos y apoyó la frente en la curva del cuello de su compañero.

Sintió su peso, su respiración acelerada, las piernas que lo rodeaban. El ensamblaje perfecto.

Dos años juntos ya, y aún se sentía como el primer día.

Cada movimiento era una respuesta. No hubo palabras, solo el ritmo del cuerpo contra el cuerpo, la urgencia contenida, los gemidos que crecían hasta volverse un idioma propio.

Asier se sentía casi febril, como si todo ardiera bajo su piel.

Como si pudiera disolverse ahí mismo, entre las manos de Yungli, y todo lo demás diera igual.

Al final, cuando el último estremecimiento se apagó y solo quedó el pulso latiendo en las sienes, Yungli se dejó caer sobre su pecho, respirando con fuerza.

Asier le pasó una mano por la espalda sudada y lo acarició en silencio.

Permanecieron así, abrazados, como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor.

Yungli tenía los ojos cerrados. Los de Asier seguían fijos en el techo.

Aún sonreía. De un tiempo a esta parte, estaba más vivo que nunca.

Más animal, más físico. Tal vez fuera eso: el miedo a morir lo empujaba a buscar el placer con un hambre nueva.

Tal vez fuera por lo que estaba ocurriendo en España, por no saber si su ama seguía rezando el rosario en la cocina o si su aita ya había cogido el fusil. Tal vez por Gorka.

Por Jakob. Por la princesa. Por todos los que ya no estaban.

La muerte les pisaba los talones. Y precisamente por eso había que morder la vida, abrazarla con los dientes, estirarla, exprimirla, exhalarla en cada gemido, en cada beso, en cada empujón que arrancaba un grito al cuerpo y espantaba el miedo.

Geroa ez dago ziur. Eta horregatik, orain bizirik gaude.

El futuro no está asegurado. Y por eso, ahora estamos vivos.

Llamaron a la puerta.

Asier se incorporó de un salto y se anudó una toalla a la cintura. Yungli lo miró desde las sábanas, con los ojos entornados.

—¿Quién puede ser?

—Vístete —respondió Asier, ya caminando hacia la puerta.

El apartamento que compartían, en los límites de la ciudad, más allá de la ley y de las jurisdicciones, era pequeño y sofocante.

Apenas corría el aire. El suelo crujía bajo sus pies descalzos.

A la derecha, una cocinilla de carbón donde casi nunca cocinaban —era más fácil comprar algo en los puestos callejeros.

A la izquierda, una mesita con dos sillas desiguales, y al fondo un perchero del que colgaban sus trajes y camisas.

Las paredes estaban desconchadas, pero había colgado una fotografía de Bilbao, en blanco y negro, comprada en un mercado, que le daba un toque más familiar.

Asier pasó junto a ella sin mirarla y abrió la puerta, sabiendo de antemano a quién iba a encontrar.

Isabel le había telefoneado esa misma mañana al Venetia, desde la redacción del Weekly , para avisarle de que acababa de llegar a la ciudad y necesitaba verlo.

Él le había dado la dirección y la había citado en casa.

—Bueno, ya era hora de que conociera tu nuevo apartamento —dijo Isabel, apoyada en el marco de la puerta, con una sonrisa cansada pero luminosa.

Asier la miró un segundo, incrédulo, y luego corrió hacia ella para abrazarla con fuerza. En el gesto, la toalla se le deslizó hasta el suelo.

—No sabes lo que me alegro de verte, sana y salva.

—Anda, anda —respondió Isabel, apartándose sin dejar de reír—. Ve a ponerte algo, que soy una dama. A ver si me vas a escandalizar.

—Mucho hará falta para escandalizarte a ti.

Con una sonrisa todavía en los labios, Asier regresó al dormitorio.

Se puso un pantalón suelto de lino y una camisa blanca algo arrugada.

Yungli ya estaba vestido y peinado, impecable como siempre, con su camisa azul perfectamente abotonada y el pantalón planchado.

Le lanzó una mirada interrogante, pero Asier respondió tomándole la mano. Juntos salieron hacia el salón.

Isabel estaba de pie frente a la estantería, recorriendo los lomos de los libros con los dedos.

Había varios en chino y otros en inglés, francés y español, reunidos por Asier a lo largo de los años en Shanghái.

Sostenía El proceso de Kafka ; lo hojeó, sonrió ante las anotaciones de Asier en los márgenes y lo devolvió a su sitio antes de sentarse en el sofá, con las piernas cruzadas y esa elegancia natural que nunca perdía.

—Tienes que contarme con detalle el viaje, Berlín, los Juegos…

—dijo Asier, dejándose caer en el sillón de enfrente—.

Pero, antes de nada, toma esto. —Le tendió un legajo cuidadosamente atado con cuerda—.

Tu «informe del demonio», con un anexo que hemos preparado Yungli y yo.

Está todo ahí: las pruebas que encontramos en la residencia del príncipe Volkov, la nota de Wu, su confesión de que trabajaba para Kriebel. Todo.

Isabel cogió el paquete con solemnidad.

—Esto sí que es trabajo en equipo. Gracias, de verdad.

Asier sonrió, algo incómodo. No estaba acostumbrado a que le dieran las gracias.

—Ahora cuéntanos qué era eso tan urgente que querías discutir. Me tienes en ascuas.

—Mi jefe quiere que escriba sobre la posible firma del pacto Antikomintern —comenzó Isabel, directa como siempre—. El pastor Tung está en Shanghái y quiere reunirse conmigo.

Yungli, que hasta ese momento había permanecido callado, giró la cabeza hacia Asier.

—Tung Chien-wu es un enlace clave entre los comunistas y el general Chang Hsueh-liang —explicó—. Tiene conexiones con el ala izquierda del Kuomintang y ha sido fundamental en los contactos secretos con Mao. Es una figura peligrosa… y muy bien informada.

—Es el tipo al que entrevistaste hace unos meses, ¿no? —preguntó Asier—. Lo publicaste entre tus artículos sobre el «mariscal ilustrado».

Desde que Isabel había empezado a escribir, Asier no se había perdido ni una de sus piezas. Ella sonrió, pero Yungli se adelantó antes de que pudiera responder.

—La firma del Pacto está confirmada. Sigue habiendo división dentro del Kuomintang, pero la alianza con Alemania y Japón avanza deprisa. Algunos lo ven como la única forma de frenar a los comunistas…, y otros, como una traición.

—Le llevamos tu informe con las pruebas de que el microfilm era falso a madame Chiang —añadió Asier—.

La entrevista no salió precisamente como esperaba.

Mientras el memorando sirva a sus intereses, parece que no le importa que sea falso.

No te tiene ninguna simpatía, por cierto. Más te vale andarte con ojo.

—Por eso mismo necesito vuestra ayuda —dijo Isabel—. Sé que estoy pisando muchas ampollas. No creo que sea seguro ir por libre.

Asier soltó una risa breve. Isabel nunca cambiaba.

—Ya sabes que siempre puedes contar conmigo. Con nosotros. ¿Qué necesitas esta vez?

—Tengo una cita con Tung dentro de dos días. Quiero que me acompañes —dijo Isabel, muy seria—. Somos un equipo, ¿no?

Asier cruzó la mirada con Yungli. Este asintió con serenidad.

—Ve —dijo—. Es tu momento. Ya sabes que yo siempre cuido de ti, aunque sea en la distancia.

Asier lo miró con ternura. Era justo eso lo que tanto le gustaba de él: su calma, su confianza, su manera de protegerlo sin encerrarlo.

—Sí —respondió, al fin—. Es mi momento.