Capítulo 53
五十三
El día que estalló la guerra
Salto del blindado antes de que se detenga del todo. El suelo tiembla bajo mis pies. El aire arde, lleno de humo y pólvora. No pienso, solo corro.
—¡Miguel está ahí! —grito, como si la voz pudiera atravesar las explosiones—. ¡Lo tienen los japoneses!
Un fogonazo. El silbido de una bala me roza el oído. Me agacho de golpe. Entre la humareda aparece Asier, encorvado, arrastrándose tras una columna caída. Sangra en la frente, pero ni se detiene.
—¿Qué demonios haces aquí? —me escupe, jadeando.
Tiemblo. No sé si de miedo o de rabia. Saco del bolsillo una foto arrugada, húmeda, manchada de barro.
—¡Me las mandaron! ¡Para chantajearme! —mi voz se quiebra—. Míralas…
Apenas les echa un vistazo. Sus ojos arden.
—¿Dónde?
—Junto a las vías…, en la base japonesa… ¡No lo sé!
Entonces, del flanco derecho, surge Yungli. El fusil colgando, la camisa rota, la piel salpicada de polvo y sudor. Su respiración es un silbido. Le tiemblan las manos, pero su mirada parece de acero.
—Tranquila —dice, casi sin voz—. Lo sacaremos. Aunque muramos en el intento.
Un trueno de artillería sacude el puente. Los leones de piedra parecen rugir bajo las llamas. Los soldados imperiales avanzan, sombras entre la bruma. La defensa china se repliega a trompicones. Nadie está a salvo.
Miro a Asier. Sé que lo piensa: esta puede ser nuestra última carrera. Yo lo pienso también.
—No voy a quedarme atrás —le digo.
Él duda un instante. Solo un instante. Luego asiente.
Nos lanzamos. Tres sombras entre cuerpos, humo y fuego.
El mundo se derrumba a nuestro alrededor.
Un proyectil abre un cráter a pocos metros.
El suelo me escupe piedras y tierra a la cara.
Podría ser yo. Podría ser cualquiera. El ruido es insoportable.
Corremos encorvados. Corremos como si no hubiera mañana. Y puede que no lo haya.
Entonces, en medio del infierno, lo distingo. Una figura arrastrada por dos soldados japoneses.
—¡Allí! —chillo—. ¡Es él!
Y no sé si serán mis últimas palabras.