La noche cae sobre Shanghái Capítulo 52
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Capítulo 52

五十二

El día de la entrevista con Hitler

El pabellón de té estaba bañado por la luz suave de la tarde.

La brisa agitaba con delicadeza las cortinas de bambú que colgaban de los aleros.

Asier sabía que Yungli estaba nervioso, lo conocía lo suficiente para leer más allá de su aparente serenidad.

Él tampoco se sentía tranquilo. No por miedo, sino por la magnitud de lo que estaban a punto de hacer.

La mujer que tenían delante era una de las figuras más poderosas del país y, aunque los recibía con amabilidad, el peso de su mirada bastaba para obligar a medir cada palabra.

Madame Chiang estaba sentada sobre un cojín de seda azul, erguida, impecable, como si el tiempo y el calor no la afectaran.

Su porte era majestuoso, pero sin arrogancia.

A su lado, una pequeña mesa sostenía un juego de té de porcelana blanca y azul, y una caligrafía a medio trazar. Las tazas, intactas.

—Chao Yungli —dijo con voz clara y modulada—, el teniente general Dai Li me ha dicho que tienes información importante para mí. Adelante, te escucho.

Yungli se incorporó, como si quisiera cuadrarse, pero fue Asier quien habló primero. Aquel momento le pertenecía. Pensó en Isabel, en Jakob, en la princesa Volkov. No podía permitirse fallar ahora.

—Señora —comenzó, con tono firme—, hace unas semanas recuperamos una serie de documentos falsificados que pretendían ser comunicaciones directas del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Entre ellos, uno en particular llama la atención: un supuesto memorando firmado por Stalin que promete una intervención militar en China para asegurar la victoria de Mao Tse-tung.

Madame le clavó una mirada heladora.

— So, young man , tú eres el amigo de Isabel de la Cruz, ¿cierto? No me gustó el artículo que escribió sobre mí.

—Ella, en cambio, habla de usted con muchísimo respeto… —comenzó Asier.

—Silencio. Es obvio que el Movimiento de la Nueva Vida tiene similitudes con otros como el fascismo o la Falange, pero la forma en que ella lo dijo…

, como si fuéramos una especie de amenaza para el mundo.

Que sepas que no es así. La sociedad necesita orden, disciplina.

Quien no entienda esto, no sabe lo que se nos viene encima.

Y sí, me refiero al comunismo. Esa es la principal amenaza.

—Respecto a eso, si me permite, me gustaría volver sobre el memorando —intervino Yungli.

Con movimientos casi ceremoniosos, sacó una carpeta que había mantenido oculta en su chaqueta y extrajo de ella la copia del documento supuestamente firmado por Stalin—.

Aquí está. El microfilm original fue introducido en el maletín del difunto príncipe Volkov.

Se nos hizo creer que era una pieza auténtica, pero encontramos el estudio donde fue producido, con borradores, tinta, sellos soviéticos y una nota con instrucciones precisas.

Madame Chiang entrecerró los ojos, súbitamente interesada.

—¿Una nota?

Asier asintió y miró a Yungli, que extrajo un segundo documento.

—Escrito en mandarín. Una nota de encargo dirigida al príncipe Volkov, firmada por Wu T’ung-wen. Dice: «Necesito que termines el trabajo antes del 23 de junio. Llévalo a la fiesta en el consulado español».

Por fin, madame Chiang extendió la mano y tomó la carpeta. Sus dedos, finos y elegantes, se movieron con precisión. Había en ella una calma que imponía respeto.

—Wu T’ung-wen, por supuesto —murmuró—. Trabajaba para Du Yueh-sheng.

Asier notó el tiempo verbal: trabajaba.

—Durante años, así fue —replicó Yungli—, pero se vendió a los alemanes.

Señora, creemos que Alemania está jugando una partida doble.

Parte de la información que ha circulado en los últimos meses, especialmente en el microfilm, ha sido falsificada para inducir a error tanto al Gobierno chino como a otras potencias.

Asier sacó de su cartera el «informe del demonio», actualizado con todo lo que Yungli y él habían descubierto, y lo depositó con cuidado sobre la mesa.

—Este informe fue redactado por Isabel antes de partir a Berlín —se atrevió a continuar Asier—.

Piense lo que piense de ella, no negará que es una excelente periodista.

Chao Yungli y yo lo hemos completado con nuestras propias investigaciones.

Contiene las pruebas que demuestran que el microfilm es falso.

Hemos seguido el rastro desde el príncipe Volkov hasta Wu T’ung-wen, y de él, directamente al cónsul alemán Hermann Kriebel.

—La conclusión es clara —añadió Yungli—. Fue una operación alemana para empujar a China a una alianza irrevocable con el Eje, alimentando el miedo al comunismo y provocando una reacción del generalísimo.

Madame Chiang guardó silencio. Sus ojos recorrieron los documentos con atención antes de alzarse para observarlos. Asier sintió cómo el corazón le golpeaba en el pecho.

—Falso, verdadero…, ¿qué significan esas palabras?

—preguntó al fin—. ¿Es cierto que Stalin desea sumir al mundo en el caos comunista?

Por supuesto que lo es. ¿Es cierto que está dispuesto a apoyar a su camarada Mao Tse-tung?

Es evidente. ¿Firmó él este documento de su puño y letra?

Me atrevería a decir que eso es lo de menos.

Asier sintió cómo un nudo frío se le formaba en el estómago.

—Comprendo —murmuró mientras alargaba la mano para coger de nuevo el «informe del demonio».

Madame Chiang lo detuvo.

—Me quedaré con esto. La información es poder, como bien sabe tu amiguita Isabel. Aunque quizá ella no tenga tanto como imagina, ni de lo uno ni de lo otro.

Las suaves colinas de la Alta Franconia se sucedían tras la ventanilla como pinceladas de un paisaje pastoral, interrumpidas apenas por los torreones de alguna abadía o los tejados puntiagudos de las aldeas bávaras.

El tren avanzaba con ritmo firme hacia Bayreuth, serpenteando entre bosques de abetos y praderas salpicadas de flores silvestres.

Junto a Miguel, Irene Hasenbach sostenía entre las manos un pequeño folleto de papel satinado con el rostro de Wagner impreso en la portada.

Lo leía en voz alta, con un entusiasmo no del todo contagioso.

—«Parsifal, el casto redentor, el inocente que se convierte en rey del Grial tras superar la tentación y el dolor. Ambientada en Montsalvat, castillo de los caballeros custodios del Grial, la ópera nos habla de compasión, redención, y de una sociedad en decadencia que espera a su salvador…».

Miguel miraba por la ventana, ausente. Cada palabra le caía encima como una gota de aceite hirviendo.

Compasión, redención… ojalá bastara con eso para arreglar el mundo .

Apretaba con fuerza el portafolios que llevaba sobre las rodillas, dentro del cual latía el informe de Isabel como un corazón contrariado.

No sabía si se dirigía a una reunión diplomática, a una tragedia en cinco actos o a un sepuku en toda regla.

Porque la pregunta era: ¿tendría agallas para mostrarle el «informe del demonio» a Hitler, en persona?

Más me vale tenerlas. Isabel no me dará otra oportunidad.

Frente a él, Kriebel contemplaba el paisaje con una sonrisa de perfecta satisfacción. Había algo en su porte, en su manera de ajustar los gemelos de águila dorada sobre los puños del uniforme civil, que lo hacía parecer más militar que diplomático.

—Tenemos el tiempo justo de ir al hotel a cambiarnos antes de ir al teatro. La ópera empieza a las cinco en punto.

—Es un honor que el Führer haya accedido a recibirnos en persona —exclamó Irene, apretando el folleto contra el pecho.

—Veremos al Führer en el primer entreacto —continuó Kriebel—. No podemos asistir a la reunión de esta noche por motivos evidentes, nadie debe saber de mi implicación en este asunto…, pero el Führer tiene que saber cuál ha sido mi papel.

—¿Y cuál ha sido, herr Kriebel? —se atrevió a preguntar Miguel—. Disculpe mi osadía, pero todo este asunto es tan confuso que no termino de comprender cuál ha sido su función.

—¡Yo he sido el cerebro maestro, por descontado!

—exclamó Kriebel, inclinándose sobre él—.

No te equivoques, Miguel. Todo esto comenzó mucho antes del memorando, mucho antes del alzamiento.

En Shanghái vi cómo el oro cambiaba de manos, cómo los judíos desesperados entregaban sus últimas pertenencias por un pasaje a ninguna parte…

y cómo la Banda Verde, bajo mi supervisión, convertía esa desesperación en reservas estratégicas.

El «oro del Rin» —sonrió con un brillo en los ojos—.

Lo guardamos durante años, esperando el momento adecuado.

Y cuando Bernhardt me habló de un plan para devolver la gloria a España y humillar a los soviéticos, supe que había llegado ese momento.

Claro que no podía comprometerme sin el beneplácito del Führer, así que diseñamos toda esta sinfonía: el memorando, la caída de Volkov, el transporte en el Marqués de Comillas…

Yo he dado a esta operación su columna vertebral, el músculo político.

Y cuando el Führer escuche lo que tenemos, se alzará no solo España, sino un nuevo eje de poder entre Berlín, Tokio, Shanghái…

y Madrid. Y yo estaré en el centro de todo.

El Führer por fin me pondrá en el lugar que merezco. A mí y mi familia, claro está.

—¿Usted ordenó falsificar el memorando? —preguntó Miguel, sintiendo que el corazón le palpitaba a toda velocidad.

—¡Chitón! Ni una palabra más. El memorando es verdadero. Yo descubrí que el príncipe Volkov era un agente soviético y alerté a Bernhardt. Fin de la historia. ¿O acaso me crees capaz de engañar al Führer? Esta es la historia que debemos contarle esta tarde, antes de que se reúna con Bernhardt.

—Aún no puedo creer que vayamos a verlo en persona, ¡estoy tan nerviosa! Aún no he decidido qué sombrero debo ponerme…, he traído varias opciones.

Kriebel volvió a dejarse caer sobre el asiento. La tensión del momento anterior parecía haberse disipado, aunque Miguel era aún más consciente del informe que llevaba en el portafolios y que demostraba que Kriebel mentía, no solo a él, a los españoles o a los chinos…, sino al mismísimo Hitler.

El tren disminuyó la velocidad. A lo lejos, la silueta del teatro de Festspielhaus se recortaba entre los árboles como un templo pagano. Al entrar en la estación de Bayreuth, Kriebel se puso en pie, se alisó los pantalones y sonrió.

—Tienes que aprender a viajar ligera de equipaje, Irene —reprendió a su sobrina—. Eres una dama alemana, no una cortesana francesa. Austeridad.

El tren se detuvo por completo. Miguel abrazó su portafolios y siguió a Kriebel e Irene por el estrecho pasillo del vagón.

Bernhardt, Arranz y Langheim salían de su propio compartimento, en silencio, como cuervos que se hubieran colado en una bandada de flamencos.

Kriebel no se detuvo a saludarlos, sino que Irene y él pasaron de largo, como si no se conocieran de nada.

Entonces la vio. Isabel. Llevaba una peluca morena, gafas de sol enormes y un vestido amplio, diferente a su estilo habitual. Pero incluso disfrazada, había algo en la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza, en la tensión de su postura, que lo hizo reconocerla al instante.

—Miguel, ¿me ayudarás a elegir? —preguntó Irene.

—¿Perdón?

—¡A elegir sombrero!

—Por supuesto, querida —respondió Miguel, sin apartar del todo los ojos de la figura que se alejaba hacia el andén—. Aunque estoy seguro de que estarás preciosa con cualquiera de ellos.

La sala está bañada por una luz dorada, amortiguada por las cortinas de terciopelo y las lámparas de cristal.

La acústica perfecta del Festspielhaus de Bayreuth hace que cada acorde de la orquesta suba como una plegaria hasta el paraíso, ese último nivel del teatro donde los boletos son los más baratos, y el calor, más intenso.

Estoy sentada al borde de la fila, con la espalda tiesa y los dedos crispados sobre las rodillas.

Igual que yo, Parsifal no comprende lo que ve.

Asiste al misterio como un niño ante un rito sagrado.

En el castillo de Monsalvat, los caballeros del Grial entonan su himno.

Gurnemanz ha traído al joven hasta allí esperando una señal…

, pero nada ocurre. El cáliz se alza en silencio, Amfortas tiembla, el coro canta, pero Parsifal permanece mudo, inexpresivo. No entiende nada.

Y entonces todo termina. El coro se extingue en un susurro. Se apagan las luces. Caen las cortinas. En la penumbra del paraíso, nadie se mueve. Todos parecen hechizados. Pero yo no puedo más. Me quema la impaciencia.

Desde aquí arriba veo el palco real. Lo distingo sin dificultad, rodeado de banderas rojas con la esvástica, custodiado por oficiales de uniforme.

Hitler está sentado en el centro, con el cuerpo erguido, la mandíbula tensa y los ojos clavados en la escena.

A su lado, una mujer rubia que apenas se mueve.

Me digo que debe de ser Eva Braun, aunque no estoy segura.

Detrás de ellos hay movimiento. La ópera toca sus últimos compases.

El redoble de los timbales, el acorde final.

Oscuridad. Un segundo de silencio absoluto, luego estalla el aplauso.

Me incorporo de un salto. Bajo las escaleras del paraíso como una aparición, sorteando a señoras enjoyadas y caballeros de frac que no entienden mi urgencia.

Me abro paso a codazos entre el público, guiada por un único objetivo: el palco.

Llego justo a tiempo. En el breve desorden entre la ovación y la bajada del telón, veo cómo Miguel se desliza tras una cortina lateral que da acceso a la parte privada del palco.

Va con paso firme, casi mecánico. Apenas alcanzo a ver que una mujer le precede: Irene.

Siento el latido en la garganta. La sangre golpea con violencia en mis sienes.

Un ujier intenta detenerme. Le muestro mi acreditación de corresponsal olímpica. Parpadea, confuso. No entiende. No importa. Paso de largo.

La cortina está ahí. Negra, gruesa. Respiro. Por un segundo, dudo. ¿Cruzo o no cruzo? Miro atrás. Dos soldados se acercan, uno de ellos ya extiende la mano.

Me lanzo.

Cruzo la cortina. Y me doy de bruces con ellos.

Miguel. Kriebel. La sobrina de Kriebel con un vestido azul pálido y un sombrero ridículo. Y frente a ellos, Adolf Hitler. Sonríe. Me mira sin verme.

—Este es mi futuro yerno, Führer —está diciendo Kriebel—. Su participación en la operación del «oro del Rin» ha sido clave para su éxito.

Un latigazo en el estómago. El mundo se dobla sobre sí mismo.

Los soldados me alcanzan. Me agarran por los brazos, uno a cada lado. Me arrastran hacia atrás.

Miguel y yo cruzamos una última mirada.