La noche cae sobre Shanghái Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

—Bernhardt está aquí —dice antes de que yo reaccione—. Se va a reunir con Bohle en el hotel Adlon a las tres en punto de la tarde. Parece que el ministro de Exteriores, el barón von Neurath, no es partidario de dar apoyo militar a los sublevados, así que Kriebel y Bernhardt pretenden…

—El memorando de Stalin, ¿me equivoco? —interrumpo—. Esa es la clave. Van a enseñarle el memorando de Stalin.

—Ese tren ya partió —dice—. Bernhardt se lo entregó a Bohle hace unos días para que la inteligencia nazi confirme su autenticidad. Creo que pretenden que llegue hasta Hitler en persona.

—Es falso —digo, casi escupiendo las palabras.

Abro el bolso, rebusco entre los papeles, y saco el «informe del demonio», cosido y protegido por una cartulina azul.

Lo agito delante de él—. Tengo aquí un informe con todos los detalles.

Y con las pruebas. El memorando de Stalin es falso.

Y, es más, sé quién fue el ideólogo de toda la operación: tu amiguito Herman Kriebel.

Miguel parpadea, sorprendido. Se queda en silencio varios segundos, casi un minuto, como si le hubiera planteado un problema matemático especialmente complejo y él tratara de resolverlo.

De pronto, abre mucho los ojos y me toma la mano.

Me suelta de inmediato al ver mi rechazo, pero la intensidad no desaparece.

—Esto es muy gordo, Isabel. Bernhardt está presentando el memorando como si fuera verdadero. Incluso ha dicho que ha sido verificado por los servicios de inteligencia del general Franco.

—Pues te aseguro que no es así. Es una burda falsificación. Está todo aquí.

Agito el «informe del demonio» frente a Miguel, como si las pruebas fueran a caer de sus páginas.

—Kriebel y Bernhard se conocieron aquí hace unos años —continúa Miguel, con aire pensativo—, e idearon toda la operación, el «oro del Rin» y el memorando. Y ahora quieren presentárselo a su Gobierno como si fuera legítimo. Es un engaño. Una estafa.

—¿Y qué? ¿Tú crees que Hitler va a tener escrúpulos morales por apoyarse en una mentira? Tus amigos han envenenado tu mente mucho más de lo que imaginaba…

—No, no, Isabel, no lo entiendes. ¡Quieren engañar a Hitler! ¡Forzarle la mano! Y eso, te aseguro que no va a gustarle… Quizá podamos parar esto, después de todo. ¿Confías en mí?

Me quedo helada. Lo observo con toda la frialdad de que soy capaz.

—No, Miguel. No confío en ti. Pero no nos queda más remedio que intentarlo.

La sala de reuniones no figuraba en los planos.

Ocupaba un rincón discreto del sótano del hotel Adlon, oculta tras una puerta de servicio sin rótulo.

No tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas por paneles de madera clara y gruesas cortinas carmesíes que no ocultaban vistas, sino el hecho de que no las había.

Una lámpara art déco colgaba del techo bajo, envolviendo la estancia en una luz amarilla, tenue.

No había ni un solo cuadro, ni adorno superfluo.

Era una habitación construida para que no quedase rastro.

Miguel, con las manos entrelazadas sobre el regazo, se esforzaba por parecer tranquilo.

A su derecha, Johannes Bernhardt permanecía impasible, con el mentón levantado y los ojos clavados en la puerta por la que debían entrar los hombres de la Auslands-Organisation.

La reunión estaba programada para las tres en punto, pero ya eran más de y diez y aún no habían llegado.

La puntualidad germánica está sobrevalorada.

Frente a ellos, el capitán Francisco Arranz Monasterio revisaba unos papeles.

Al fondo, Adolf Langheim, el máximo representante del partido nazi en Tetuán y director de la cámara de comercio germano-española, consultaba su reloj con aire de ansiedad.

Ambos habían viajado con Bernhardt en avión desde Marruecos para participar en la reunión, en tanto que enviados personales del general Franco.

Según le había explicado Bernhardt, la reunión se celebraba en el Adlon y no en la AO para evitar miradas indiscretas.

Ahora que el alzamiento —no, el golpe de Estado, se corrigió Miguel— se había producido, era más importante que nunca que los contactos con el Tercer Reich se mantuvieran envueltos en el máximo secreto.

Por esa misma razón, Hermann Kriebel no asistiría.

Había salido esa misma mañana con su sobrina Irene para visitar la Puerta de Brandemburgo.

Nadie debía saber que estaba implicado en todo aquello.

Nadie… excepto Isabel.

Miguel no podía evitar pensar en ella, sentada en el café del vestíbulo del Adlon, con su cuaderno de notas y una cámara disimulada en el bolso.

Isabel, que había cruzado medio mundo tras la pista de Bernhardt, provista de un informe que demostraba la falsedad del memorando.

Isabel, que le había entregado aquel legajo de documentos que ahora pesaba como plomo en su maletín.

El «informe del demonio». La pieza que, tal vez, solo tal vez, podría cambiar el curso de los acontecimientos.

¿Y si lo presentaba en el momento adecuado?

¿Y si lograba detener aquella maquinaria infernal antes de que fuese demasiado tarde?

Respiró hondo. El pomo giró con un leve chasquido. Miguel se enderezó en la silla.

La puerta se abrió con un crujido apenas audible.

Ernst Wilhelm Bohle entró solo, sin escolta ni ayudantes.

Vestía como la vez anterior: traje gris perla, corbata oscura, expresión blindada.

Se sentó sin preámbulos. Bernhardt se incorporó levemente.

Su voz tenía la cadencia de quien lleva días repitiendo la misma historia para distintos oídos.

—Herr Bohle, como sabe, el alzamiento ha comenzado. Nuestras fuerzas han tomado posiciones en el sur y el oeste de España. Pero sin apoyo logístico y aéreo, corremos el riesgo de un estancamiento. Necesitamos ayuda alemana. Rápida, eficaz.

Bohle levantó una mano. Lo hizo con elegancia, pero con una firmeza que dejó claro que no toleraría interrupciones.

—No hace falta que me convenza a mí, herr Bernhardt. El asunto ha llegado hasta el mismísimo Führer. Será él quien tome la decisión final.

—¿Disculpe? —preguntó Bernhardt.

—Adolf Hitler requiere su presencia mañana a las diez de la noche en Bayreuth —añadió Bohle—. Está asistiendo al festival de ópera. Caballeros, preparen bien sus argumentos. Mañana se decidirá el curso de la historia.

El corazón de Miguel martilleaba como una alarma en el pecho. Sintió el informe de Isabel dentro de su portafolios como una criatura viva, palpitante. Como si en efecto contuviese un demonio encerrado.

Se aclaró la garganta.

—Herr Bohle… respecto al microfilm…

Bohle lo miró con desprecio apenas disimulado, como si una rata hubiera osado hablar en medio del consejo.

—Mañana —zanjó, sin elevar la voz.