La noche cae sobre Shanghái Capítulo 51
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Capítulo 51

五十一

El día antes de la entrevista con Hitler

El equipo acababa de terminar de entrenar en el frontón del Auditórium.

El eco de las duchas resonaba todavía entre las paredes mientras los pelotaris se secaban, se vestían, bromeaban en euskera y se lanzaban las toallas como si fueran proyectiles.

Había un ambiente distendido, con esa mezcla de camaradería y cansancio que sigue a un buen entrenamiento.

La puerta se abrió de golpe y apareció el conserje, un hombre bajo, de rostro arrugado.

—Capitán Blenner.

—Sí, dígame —respondió, aún con el pantalón a medio vestir.

—El cónsul general pregunta por usted.

—¿Vázquez Ferrer? ¿Qué querrá ahora? Seguro que tiene que ver con Jáuregui. Dígale que…

El conserje carraspeó.

—Disculpe, capitán. El cónsul general Julio Larracoechea —pronunció con cuidado cada sílaba— pregunta por usted.

El silencio cayó de inmediato. Hasta el agua de las duchas pareció detenerse. Los pelotaris se miraron entre sí con desconcierto. Larracoechea. Blenner frunció el ceño y asintió despacio.

—Acompáñele a mi despacho y ofrézcale un café. Dígale que termino de vestirme y subo.

El conserje asintió y se marchó, cerrando la puerta con cuidado. Blenner se volvió hacia Asier, que aún se abrochaba la camisa.

—Ha tenido que pasar algo. Vístete rápido y ven conmigo.

En menos de un minuto, ambos salieron del vestuario y subieron por las escaleras que llevaban al antiguo despacho de Teodoro Jáuregui, un lugar que todavía le erizaba la piel a Asier.

La madera oscura, el olor a tabaco rancio, los retratos descolgados…

Todo allí conservaba la sombra del anterior ocupante.

Dentro los esperaba Julio Larracoechea, sentado en uno de los sillones laterales, reservado para las visitas oficiales. Al verlos entrar, se puso de pie con rapidez.

Blenner se adelantó y le estrechó la mano.

—Señor cónsul general…, ¿correcto?

Larracoechea asintió con un gesto seco.

—Tengo mucho que explicar y muy poco tiempo. Sentaos, por favor.

Asier y Blenner obedecieron. El nuevo cónsul no perdió ni un segundo.

—Ha habido un golpe de Estado en España —dijo, sin rodeos—.

La situación es grave. La sublevación empezó el 17 de julio en Melilla, pero se ha extendido rápidamente.

Hemos recibido un telegrama del Ministerio de Estado desde Madrid.

Hay enfrentamientos en Sevilla, Zaragoza, Valladolid… y también en el norte.

El corazón de Asier se aceleró.

—¿Y las Vascongadas? —preguntó—. Aquí todos somos vascos. Usted también. Díganos qué pasa allí.

Larracoechea asintió.

—Hasta donde sabemos, Vizcaya y Guipúzcoa permanecen leales a la República.

Álava ha caído en manos de los sublevados.

En Bilbao se han formado milicias. El Gobierno autónomo vasco intenta organizar la resistencia, aunque todavía no se ha proclamado oficialmente.

Hay mucha tensión: escaramuzas en los puentes, miedo en las calles.

Asier tragó saliva. La imagen de Gorka se le impuso con violencia. ¿Dónde estaría? ¿Se encontraría a salvo?

—Tengo familia allí —murmuró—. Y amigos. ¿Hay noticias de Gernika?

Larracoechea negó con la cabeza.

—Nada concreto. Pero si siguen en Vizcaya, de momento están del lado de la República. Aunque eso puede cambiar en cualquier momento. La situación es muy inestable.

Asier apretó los puños sobre las rodillas. El sudor del entrenamiento aún le picaba en la espalda, pero ya no le importaba. La guerra había comenzado. Y Gernika quedaba demasiado lejos. No saber era peor que cualquier certeza.

—¿Y aquí, en Shanghái? —preguntó Blenner.

—El Ministerio de Estado en Madrid se mantiene fiel a la República y ha enviado instrucciones a todas las embajadas y consulados para que soliciten apoyo a las potencias aliadas. Pero Eduardo Vázquez Ferrer se ha declarado representante del llamado bando nacional. Dimitió anoche.

Asier y Blenner intercambiaron una mirada.

—Yo he sido ascendido a cónsul general por el Gobierno de la República —continuó Julio—.

Estoy visitando los establecimientos más importantes de la colonia española para pedir calma.

Los ánimos están revueltos, y no podemos permitir que el conflicto en España se traslade a nuestras comunidades en el extranjero.

Blenner asintió, pensativo.

—Y… ¿cuál es la situación del capitán…, perdón…, del señor Jáuregui? Tengo entendido que el antiguo cónsul había ordenado su liberación inmediata.

Asier sintió un nudo en el estómago. Blenner no le había dicho nada. Otra sombra más en medio del desastre.

—Tranquilos —dijo Larracoechea—. Por fortuna, el señor Vázquez Ferrer no tuvo tiempo de completar el procedimiento antes de su dimisión.

Teodoro Jáuregui continúa en prisión y, en lo que a mí respecta, permanecerá allí hasta que se concluya la investigación y reciba un juicio justo. No tienen de qué preocuparse.

Asier exhaló por la nariz, aliviado. Al menos algo no se había desmoronado.

—Señor cónsul, tengo información que puede ser de su interés —se atrevió a decir—. Mi amiga Isabel de la Cruz redactó un informe…

—El «informe del demonio», lo sé —lo interrumpió Larracoechea—. Isabel me lo entregó antes de marcharse. La documentación ya ha llegado a Madrid y está en manos de mis superiores.

Asier se contuvo. No tenía sentido mencionar que él había seguido actualizándolo. Si el cónsul ya lo había enviado, era tarde. Ojalá bastara con lo que Isabel descubrió.

—Esperemos que puedan hacer algo —dijo al fin.

—Ahora, sería importante que el Gobierno chino también tuviera esa información. Si Alemania está jugando con ambos, con España y con China, quizá sea el momento de buscar una alianza. En cuanto la situación lo permita, viajaré a Nankín para reunirme con el ministro de Relaciones Exteriores.

Asier se inclinó hacia él.

—Quizá haya una vía más rápida.

Las torres de ladrillo de la Anhalter Bahnhof emergen entre la niebla como los dientes de una ciudad insomne.

El tren reduce la velocidad con un gemido prolongado, una exhalación de acero y vapor que empaña los cristales.

La estación bulle bajo una luz cenicienta, con uniformes grises que van y vienen como hormigas en una coreografía sin pausa.

El viaje termina aquí. Berlín.

Llevo una semana sintiéndome como un fantasma.

Desde que cruzamos el canal de Suez hasta el puerto de Marsella, todo ha sido silencio y conjeturas.

Apenas retazos que llegan de la cabina de comunicaciones, cables que hablaban de «sublevación parcial» y «lealtades divididas».

Ni rastro de Federico. Ni de Salvador. A veces pienso en intentar localizar a Soledad en su tierra, aunque sé que eso tampoco serviría de nada.

Me consuelo pensando que, si hubiera ocurrido algo, me enteraría. Me consuelo mal, porque no me consuela.

El tren se detiene con una sacudida. Me levanto, agarro mi bolsa de mano y avanzo hacia la salida, empujada por el flujo de pasajeros. Todavía no he bajado del escalón cuando lo veo. Está en el andén, como una aparición vestida de paño oscuro.

Miguel.

Se quita el sombrero con gesto torpe, como si eso bastara para pedir perdón.

—No sé qué haces aquí —le digo, helada—. No quiero verte.

—Yo, en cambio, no he dejado de acordarme de ti.

—Eso deberías haberlo pensado antes. Antes de mentirme, de engañarme… ¡y de aparecer con Andrés! Sabes hasta qué punto ese malnacido me ha hecho infeliz.

Los viajeros bajan del tren como un torrente, esquivándonos, empujándonos sin querer. Miguel me toma del brazo.

—No me toques —le espeto.

Me suelta, pero se aparta del paso, y yo lo sigo, con el corazón golpeando como un telégrafo desbocado. Nos detenemos en una esquina de la estación. Estoy de frente. No me muevo. Me cruzo de brazos.

Miguel suspira.

—En realidad no sé lo que ocurrió con Andrés porque nunca me lo has explicado —dice al fin—, pero puedo asegurarte que no fue mi decisión recibirlo en mi casa. Fue mi madre…

—Miguel —le corto, con los dientes apretados—, ¿cuántos años tienes? ¿Treinta y cuatro, treinta y cinco? No puedes seguir escondiéndote detrás de las faldas de tu madre toda la vida. Eres un hombre adulto, tienes que asumir la responsabilidad sobre tus acciones.

—Por eso mismo estoy aquí. Porque quiero asumir mi responsabilidad. En España ha habido un alzamiento.

Miro a ambos lados. La estación está llena de gente. Deberíamos buscar un lugar más discreto, pero no tengo ningún deseo de estar a solas con Miguel. Además, son alemanes, y nosotros hablamos en español. Decido seguir adelante.

—Un golpe de Estado contra un Gobierno democrático, Miguel, no un alzamiento glorioso contra la amenaza comunista.

Te recuerdo que soy periodista, ya estoy informada, y te diré que estoy muy preocupada.

Aunque me imagino que tu familia — digo familia con todo el desprecio que me cabe en la boca— estará feliz.

Deberías ir a celebrar con ellos en vez de perder el tiempo conmigo.

Miguel me mira y vacila un segundo antes de replicar.

—Qué me dirías si te cuento que, dentro de unas horas, habrá una reunión para asegurar el apoyo del ejército alemán a los sublevados.

El corazón me da un vuelco, aunque intento mantener el rostro impasible.

—¿Qué tipo de apoyo?

—El «oro del Rin» ha servido para financiar el golpe de Estado, pero necesitan más —dice, y me doy cuenta de que está sudando, aunque la estación no es especialmente calurosa—. Apoyo logístico. Transporte de tropas. Armas, municiones. Más adelante, se habla de enviar apoyo aéreo.

Todo se me revuelve por dentro. No solo por lo que está diciendo, sino por la forma en que lo dice, como si tratara de protegerme de sus propias palabras. ¿De qué quiere esconderse él? Lo miro fijamente.

—Miguel, me estás ocultando algo. Dime toda la verdad o no vuelves a verme en tu vida.

Suspira. Baja la vista.

—Mi familia también va a apoyar a los sublevados. Con los barcos de la empresa. Van a transportar tropas del norte de África a la península.

Siento que me falta el aire. Me llevo una mano al pecho.

—Esto es… sencillamente…