La noche cae sobre Shanghái Capítulo 50
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Capítulo 50

五十

Una semana antes de la entrevista con Hitler

El SS Naldera se desliza con parsimonia por el Canal de Suez, como una aguja por una costura demasiado estrecha. El desierto a ambos lados parece contenido por un encantamiento. Demasiado cerca, demasiado silencioso.

Llevo semanas a bordo de este buque y empiezo a olvidar la forma que tiene el mundo cuando no se ve desde un camarote de primera clase.

Salimos de Shanghái con la luna nueva, cruzamos Hong Kong bajo una lluvia pegajosa, Singapur entre los vapores de la selva, Colombo como una postal difusa entre palmeras, y Adén…

Adén fue polvo y viento caliente. Ahora estamos en Suez.

No es la primera vez que hago este trayecto en solitario.

Parece que mi destino está en algún lugar entre Asia y Europa, sin pertenecer realmente a ninguno de los dos mundos, como una planta injertada que no termina de saber qué fruta tiene que dar.

La cubierta de paseo se ha convertido en mi despacho.

A veces sopla un poco de viento, pero me apaño.

Observo el perfil del paisaje y me pregunto si podría escribir algo sobre esta travesía.

No es un viaje cualquiera. A bordo hay diplomáticos, comerciantes, algún caballero disfrazado de explorador y un par de mujeres que escriben cartas con el mismo empeño con que otras rezan el rosario.

La vida social del barco gira en torno a la sala de fumadores, la biblioteca y las cenas, a veces de media gala, a veces de gala completa. Yo me mantengo al margen, escribo, observo. Siempre he preferido escuchar antes que hablar.

Pienso en Berlín, en lo que me espera al final del viaje. En lo que podría pasar si me acerco demasiado a la verdad. Y, por una vez, no siento miedo, sino una especie de calma obstinada. Como si todo lo que he vivido hasta ahora me hubiese conducido precisamente a ese lugar.

Noto que alguien se me acerca. El joven que me interrumpe viste un uniforme blanco, sin galones. Debe de tener veinte años. Se acerca con timidez.

—Disculpe, miss de la Cruz —dice en un inglés pausado—. El oficial de comunicaciones le ruega que me acompañe. Está llegando un mensaje para usted.

Me pregunto cuántas veces al día tendrá que cruzar la cubierta para buscar a algún pasajero que ha recibido un mensaje urgente. ¿Será habitual? ¿Lo harán por todos? ¿O solo por los que viajan en primera clase? Al fin asiento, dejo la pluma sobre la libreta y lo sigo por el pasillo.

Atravesamos varias puertas y subimos una estrecha escalera de caracol.

En la parte alta del buque, justo bajo el puente de mando, hay una puerta de madera pintada de blanco con un pequeño rótulo dorado: Wireless Room .

Entramos. Una mesa angosta ocupa casi toda la estancia.

Sobre ella, una serie de equipos con diales, agujas y cables conectados a una clave Morse que emite chasquidos secos y rápidos: tic-tic-tic… tac… tic.

El oficial de comunicaciones es un hombre de unos cincuenta años, con rostro enjuto y bigote meticulosamente recortado. No levanta la vista al verme. Tiene los auriculares puestos y una mano sobre la tecla.

Tic… tic-tic-tic.

Cada sonido parece cortarle el aliento al silencio.

Mi corazón late acompasado con los golpes de la máquina.

Siento un estremecimiento. No hay nadie en el mundo que me enviaría un mensaje en mitad del canal de Suez…

salvo Asier. El oficial va tomando notas en una hoja con membrete.

Me hace un gesto con la mano para que espere.

Me quedo quieta. No respiro.

Al fin arranca la hoja del bloc, se la lee en voz baja como para sí mismo, luego me la tiende. Tiene una caligrafía clara, inclinada ligeramente a la izquierda.

Tenías razón. Stop. Confirmado volkov falsificó memorando. Stop. Siguió órdenes wu que trabaja para kriebel. Stop. Informe demonio terminado. Stop.

Asier

—Hay más.

Me quedo mirando el papel como si me ardiera entre los dedos. Tenías razón… ¿En qué? ¿En la implicación de la Banda Verde? ¿En que Alemania está detrás de todo? Me tiemblan las manos. Todo se me escapa, otra vez. Como siempre. Es imposible abrir las cortinas y que entre la luz de una vez.

El chisporroteo vuelve. Una nueva serie de pulsos atraviesa la sala, más agudos, más urgentes. El oficial ya tiene otro papel en la máquina, y sus dedos vuelan sobre las teclas mientras el sonido del morse se precipita como una lluvia metálica. Avanzo un paso, aunque sé que no debería.

El ayudante se pone rígido al notar que me acerco tanto, pero no dice nada. El oficial no me mira, está concentrado. Solo cuando sus dedos se detienen un segundo, puedo ver lo que acaba de escribir en mayúsculas.

España

Mi corazón se salta un latido. Todo se detiene.

—¿Qué pasa en España? —pregunto.

El oficial duda, levanta los ojos hacia mí. No responde de inmediato. Sus dedos vuelven al teclado y sigue transcribiendo. La hoja va llenándose:

Alzamiento militar… Sevilla, Zaragoza, Melilla…

Apenas alcanzo a leer fragmentos sueltos. El ayudante ya se ha puesto en movimiento, corre a buscar al capitán sin siquiera esperar la orden. El oficial arranca la hoja con una violencia seca, la dobla en dos y se la guarda bajo el brazo.

—Lo siento, señorita. No puedo decirle más. Es un mensaje prioritario. Hay que avisar al puente.

Y se marcha.

Me quedo sola en la cabina, rodeada de máquinas que parpadean y zumban como si no acabaran de decidir en qué mundo quieren estar. Me apoyo contra la pared de acero, fría como el agua del canal. El corazón me late con fuerza, pero por dentro siento otra cosa. Un hundimiento, un vacío.

Otra vez. Dios mío, otra vez, no.