Capítulo 49
四十九
Diez días antes de la entrevista con Hitler
Una vez más, Asier se encontraba frente a la mansión de Du Yueh-sheng. A su lado, Yungli caminaba con paso firme. Esta vez no llegaban como acusados ni a pedir clemencia. Venían como testigos.
Llamaron a la puerta. Les abrió el mismo matón de la vez anterior, con su chaqueta blanca cruzada y la expresión pétrea. Los reconoció al instante y, sin pronunciar palabra, los condujo a través del vestíbulo hasta el gran salón desde donde Du Yueh-sheng gobernaba su imperio.
El ambiente estaba cargado de humo de incienso y tabaco. Du no estaba solo. Frente a él, de rodillas sobre el suelo de madera, se hallaba Wu T’ung-wen, sujeto por dos gorilas de rostro impenetrable. Las muñecas le temblaban, pero no bajaba la mirada.
—Asier, Yungli, os esperaba —dijo Du, con su voz rasposa y medida—. Nuestro invitado se ha adelantado.
Wu levantó la cabeza con esfuerzo y escupió las palabras con rabia:
—Asier, eres un cabrón. Ji-ji , un maricón de mierda. Después de todo lo que he hecho por ti…
Du alzó una mano con parsimonia.
—Por favor, ese lenguaje es innecesario. Obviamente, nuestro amigo T’ung-wen niega las acusaciones. ¿Tenéis alguna prueba?
—¿Qué prueba van a tener? —interrumpió Wu, insistente—. Es absurdo. ¿Por qué iba yo a hacer nada a tus espaldas, Du? Eres mi maestro, mi protector…
Sin decir palabra, Asier sacó del bolsillo de su chaqueta una hoja doblada en cuatro y se la entregó a Du. El líder de la Banda Verde la desplegó y leyó en voz alta:
—«Necesito que termines el trabajo antes del 23 de junio. Llévalo a la fiesta en el consulado español». —Alzó la vista, despacio—. Creo que esto no deja mucho lugar a dudas… ¿Decís que esta nota estaba en casa del príncipe Volkov?
—Junto al equipo completo para producir microfilms —confirmó Asier—. Y varios borradores descartados. Memorandos falsos con la firma de Stalin.
Wu resopló.
—No es ningún secreto que trabajábamos con los alemanes. Esto formaba parte de la operación del «oro del Rin». Todo tenía tu visto bueno, maestro.
Asier, preparado, sacó con cuidado varios papeles arrugados y manchados de tinta.
—Aquí están los borradores de los memorandos. Falsificaciones burdas. Algunos con errores. Otros tachados, corregidos. Uno hablaba de una supuesta intervención soviética en España. Otro, en China.
Du los tomó y los observó en silencio.
—Ya te extralimitaste con el «oro del Rin», cuando moviste los lingotes sin consultarme y cobraste por proteger un cargamento que no era nuestro —dijo, con los ojos fijos en Wu—.
Dijiste que lo hacías para sacar beneficio para nosotros, que eran «negocios».
Pero convertiste una operación de equilibrio en una deuda con los alemanes.
Y ahora descubro que has usado nuestro nombre para fabricar mentiras en su beneficio.
Has puesto el sello de la Banda Verde en una guerra que no es la nuestra.
¿Me puedes decir qué tiene que ver el «oro del Rin» con una intervención militar soviética en China, T’ung-wen?
¿A quién beneficia esto? Yo no lo he autorizado.
Wu dudó. Miró a un lado y a otro. Tragó saliva.
—El cónsul alemán, Hermann Kriebel —respondió al fin—. Solicitó que la Banda produjera este documento. Era parte del trato para cerrar la operación y recibir el cargamento de opio.
Asier contuvo la respiración. Kriebel. Era la última pieza que faltaba para el «informe del demonio».
Era él. Kriebel era el mismísimo Satanás.
Du asintió lentamente, como si masticara la información.
—No me consultaste.
—No parecía apropiado molestarte con cada minúsculo detalle, gran líder.
Du se inclinó hacia delante. Sus ojos, oscuros y pequeños, centelleaban.
—Esto no es un detalle sin importancia. Este memorando perjudica a China. Solo favorece a un bando: a los japoneses. A nuestros peores enemigos. Dime, T’ung-wen, ¿eres un traidor?
—¡Eso nunca! —exclamó Wu, con furia—. Las instrucciones eran colaborar con los alemanes. No he hecho más que obedecer.
—¿Y qué hay de las muertes del príncipe Volkov, de la princesa, de ese muchacho judío…?
—¡La operación del «oro del Rin» no podía fallar! —rugió Wu—. La Banda nunca ha dudado en derramar un poco de sangre cuando ha sido necesario. No me digas que ahora nos hemos transformado en monjes budistas, maestro.
Du lo observó durante unos segundos, en silencio.
—Imagino que, si ordeno registrar la Casa Verde, el Venetia, tus otros locales…, no encontraremos pagos que no se puedan justificar.
El silencio se hizo pesado. Wu apretó los dientes. Finalmente, bajó la mirada.
—En la Banda Verde nunca ha estado prohibido obtener beneficio personal al cumplir nuestra misión. El cónsul Kriebel me pagó por el trabajo realizado, como es evidente. No trabajo gratis.
Du dejó escapar un suspiro.
—He oído suficiente. Mis hombres registrarán tus propiedades hasta determinar el alcance de tu corrupción. Mientras tanto, serás mi invitado.
Dos gorilas reforzaron el agarre sobre Wu. No opuso resistencia.
Du se volvió hacia Asier.
—En cuanto a ti, jovencito, eres un tipo honesto. Leal. Una virtud que valoro mucho. La pregunta es: ¿puedes ser leal a mí?
—¡Los diablos blancos no pueden formar parte de la Banda! —protestó Wu T’ung-wen, desde el suelo.
Du levantó de nuevo la mano, silenciando la sala.
—Asier, contesta.
Asier miró a Yungli, que asintió apenas, con los ojos.
Asier respiró hondo. Dentro de él, el deseo de evitar problemas se enfrentaba a la necesidad de hallar un lugar seguro, una red que lo protegiera, que le permitiera reconstruir su vida sin tener que mirar siempre por encima del hombro.
La Banda Verde no era perfecta, pero Du, el de las orejas grandes, siempre había sido justo con él.
—Sí, Du sen-sah —dijo al fin—. Puedo ser leal. Solo pido una cosa: no quiero meterme en nada ilegal. He tenido problemas antes y… quiero enderezarme.
—Si aceptas lo que te ofrezco —intervino Yungli, en un tono tranquilo pero firme—, tendrás enemigos. Gente que envidiará tu lugar. Habrá presión, corrupción, conflictos… y a veces decisiones difíciles.
Asier lo escuchó, y luego asintió.
—Lo sé. Pero no quiero vivir con miedo. Solo actuaré si puedo hacerlo con la cabeza alta. Si eso no es posible, prefiero marcharme ahora mismo.
Du sonrió apenas.
—Quieres actuar con virtud. Eso es admisible.
Yungli puede explicarte cómo la Banda y el Juntong siguen, cada uno a su manera, la misma ética confuciana.
Voy a ponerte a prueba una vez más. —Hizo una pausa—.
Desde hoy estarás al mando del Venetia. Si lo haces bien…
quizá te ponga al frente de los otros negocios que Wu tenía en la ciudad.
Solo te exijo dos cosas: lealtad y honestidad.
Asier se inclinó levemente.
—Las tiene, Du sen-sah.
Yungli, en silencio, le puso una mano en el hombro.
Wu bajó la mirada. Por primera vez desde que Asier lo trataba, se le veía derrotado.