La noche cae sobre Shanghái Capítulo 48
74%

Capítulo 48

四十八

Doce días antes de la entrevista con Hitler

El edificio de la Auslands-Organisation era una mole de piedra junto al canal Landwehr.

A Miguel le recordó más a un fortín que a una sede administrativa.

La entrada estaba flanqueada por dos banderas con la omnipresente esvástica, rígidas pese a la brisa templada de julio.

Accedió al interior acompañado por Kriebel y Bernhardt, escoltados por un ujier de uniforme negro que los condujo hasta una sala de reuniones en la segunda planta, sobria, severa, sin apenas detalle alguno de decoración más que el retrato de Hitler que colgaba de la pared central.

Ya esperaban allí tres hombres. Bernhardt los saludó con familiaridad.

A Miguel, en cambio, le temblaron las piernas al ver quiénes eran: aunque no los había visto jamás en persona, todos los rostros eran más que conocidos, inquilinos habituales de las portadas de los periódicos.

El primero era un hombre robusto, de mandíbula poderosa y uniforme de gala: Hermann Göring, segundo al mando del Reich y comandante de la Luftwaffe.

A su lado, un hombre delgado, de mirada esquiva y rostro pálido: Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr, los servicios de inteligencia militares.

El tercero era Ernst Wilhelm Bohle, de traje gris perla y expresión pétrea, el jefe de la Auslands-Organisation.

De aquí vamos todos al infierno.

Miguel se sentía fuera de lugar, como un niño travieso que se ha colado en una misa satánica.

Miró a Bernhardt, que se puso en pie y procedió a desplegar un mapa que mostraba la península ibérica y el norte de Marruecos sobre la mesa, seguido por varios papeles que dejó con cuidado delante de Bohle.

—El general Franco ha recibido el apoyo financiero que le enviamos a través de la operación del «oro del Rin» —comenzó—.

Sin embargo, la situación en España sigue siendo crítica.

Los comunistas se han hecho con el control del Gobierno republicano, pero el barón von Neurath se resiste a enviar apoyo militar.

Tenemos que actuar cuanto antes. Franco está listo para sublevarse desde Marruecos, pero necesita apoyo logístico urgente.

No solo armas, sino aviones, comunicaciones seguras y la posibilidad de trasladar tropas a la península.

Miguel tragó saliva, con dificultad. Francisco Franco. Era uno de los nombres de los posibles golpistas que había escuchado últimamente, pero nunca de un modo tan prominente. ¿Qué tipo de hombre sería? Quizá fuese un militar más o menos moderado, eso dejaría algún lugar para la esperanza.

Bohle, en cambio, asintió sin mostrar la más mínima emoción.

—El Führer desea estabilidad en el flanco sur de Europa —dijo, con tono monocorde—. Alemania necesita una España aliada, fuerte y, sobre todo, decidida a resistir el comunismo.

Bernhardt asintió con gravedad mientras abría el maletín para extraer el microfilm. Lo colocó con cuidado sobre la mesa antes de sacar también varios pliegos de papel fotográfico.

—Esto, señores, es un memorando firmado por el mismísimo Iósif Stalin. Se trata de un compromiso para intervenir en España para apoyar una revolución bolchevique. Apareció en Shanghái en el maletín de un agente secreto de la Unión Soviética llamado Nikolai Volkov.

Miguel entornó los ojos un instante, obligándose a mantener el tipo. El príncipe Volkov se revolvería en su propia tumba si supiera que se referían a él como un agente soviético.

Los tres dirigentes alemanes intercambiaron miradas, en silencio. Göring cogió una de las hojas, la sostuvo a contraluz y murmuró algo a Canaris, que asintió con un gesto imperceptible.

—Obviamente —dijo Bohle al fin— tendremos que validar estos documentos. Pero si son auténticos…

—… lo cambian todo —remató Canaris—. El barón von Neurath podrá decir lo que quiera, pero el Führer querrá actuar.

—La información ya ha sido verificada por los servicios de inteligencia del general Franco —añadió Bernhardt—.

Algunas palabras clave aparecen también en la correspondencia diplomática de otras embajadas.

No hay duda de que los soviéticos se preparan para tomar el control del Gobierno de Madrid de forma inminente.

Kriebel, que había permanecido en silencio hasta entonces, se inclinó sobre la mesa con las manos entrelazadas.

—Señores —dijo—, si lo que necesitamos es apoyo logístico para el inicio del levantamiento, puedo ofrecer la colaboración de la empresa San Miguel.

Miguel Roxas, aquí presente, es un firme aliado, y toda su familia ha mostrado repetidamente lealtad a la causa.

Poseen varios cargueros operando en el mar de China y el Índico que hacen regularmente la ruta hacia las islas Canarias.

Es posible redirigir dos o tres hacia el norte de África sin llamar demasiado la atención.

Miguel sintió un escalofrío. ¿Barcos de la familia Roxas? ¿Su propia empresa participando en el transporte de tropas para un golpe de Estado?

¿Cuándo pensabas decírmelo, mamá?

Bohle asintió, mirando fijamente a Kriebel.

—El primer paso —dijo— es que se produzca el golpe de Estado.

—El alzamiento —corrigió Bernhardt con voz firme—. En España hablamos de un alzamiento.

Bohle no replicó. Miró al resto con solemnidad.

—Nosotros procederemos con la verificación del microfilm. Reunámonos de nuevo después de que se produzca el… alzamiento y veremos cuáles son los siguientes pasos.

Los asistentes comenzaron a levantarse. Miguel permaneció sentado unos segundos más, paralizado.

Sabía que no debía hablar, no podía hablar, pero en su interior hervía de ira e impotencia.

Si alguna vez había gozado de una brizna de independencia, si en alguna ocasión había soñado con ser libre…

, esa fantasía había terminado de desaparecer.

Su empresa, su trabajo, su nombre. Todo él había sido absorbido por una maquinaria que ya no podía detener. Era un engranaje más.

Y ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí.