Capítulo 47
四十七
Quince días antes de la reunión con Hitler
Little Moscow estaba sumida en la oscuridad.
Asier y Yungli avanzaban como espíritus nocturnos, camuflados entre las sombras, invisibles a ojos curiosos.
El silencio era casi absoluto, apenas roto por el sonido amortiguado de sus pasos sobre el pavimento.
Asier no podía evitar la sensación de que estaban rodeados por otros fantasmas, recuerdos que se deslizaban entre las casas, observándolos desde las ventanas cerradas.
Llegaron frente a la residencia de los príncipes Volkov.
Las ventanas, oscuras y vacías, parecían devolverles una mirada fría.
Frente a la puerta principal, un precinto policial, un trozo de papel sellado con lacre rojo, cruzaba de lado a lado.
Yungli miró a izquierda y derecha antes de romper el precinto con decisión.
Extrajo del bolsillo una linterna, unas ganzúas, y comenzó a manipular la cerradura con movimientos precisos.
Asier permaneció tenso, vigilando la calle desierta.
Un suave clic anunció que la cerradura había cedido, y Yungli empujó lentamente la puerta.
Al cruzar el umbral, un escalofrío recorrió la espalda de Asier. Por un instante creyó ver, al final del pasillo, la silueta difusa del fantasma de la princesa Volkov que lo observaba con tristeza desde la penumbra. Parpadeó con fuerza para apartar la imagen y centrarse en la realidad.
—Tenemos que darnos prisa —susurró Yungli con urgencia—. Si Volkov era de verdad nuestro falsificador, ¿dónde ocultaría su taller?
Revisaron primero el salón, aquel en el que Asier e Isabel habían tomado té con la princesa.
Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas que los hacían parecer fantasmas dormidos.
No encontraron nada. Entraron en la biblioteca, examinaron en silencio las estanterías repletas de libros, tocando cada uno de los lomos, pero tampoco había nada oculto allí.
Yungli hizo una seña hacia las escaleras. Ambos subieron al piso superior y comenzaron a recorrer los dormitorios. Asier observó los retratos familiares, la cama vacía, los armarios abiertos por la policía. Nada parecía fuera de lugar, aunque todo lo estaba.
Yungli se detuvo en medio del pasillo y señaló hacia el techo.
Asier alzó la mirada y distinguió una trampilla camuflada entre las molduras.
Sin decir ni una palabra, Yungli trajo una silla del dormitorio de los príncipes, se subió y empujó con fuerza hasta que la trampilla cedió, revelando una pequeña escalera plegable que bajó con un chirrido que casi parecía el lamento de un alma en pena.
Asier se obligó a dejar de pensar en fantasmas de una vez. No creía en esas cosas.
Ambos subieron con cuidado al desván. El corazón de Asier le martilleaba el pecho: ¿qué encontrarían allí?
El lugar era estrecho, abuhardillado, iluminado únicamente por la luz de las farolas que se filtraba a través de las ventanas.
Yungli encendió la linterna e iluminó una mesa de trabajo.
Sobre ella, descansaba una máquina metálica compacta, con lentes y ruedas.
Asier nunca había visto nada semejante, pero imaginó que servía para producir microfilms. Junto a ella, un sello con el escudo de la Unión Soviética y un tampón de tinta seca.
Asier revisó rápidamente unos papeles dispersos sobre la mesa.
Encontró borradores con tachaduras y manchas.
Uno de ellos le llamó la atención: el memorando sobre la intervención militar soviética en España.
El pulso se le aceleró aún más mientras se sentaba en la silla que debió ocupar Volkov.
Podía imaginarlo, trabajando allí en secreto, sin que ni su propia esposa supiera lo que tramaba.
Sus ojos se detuvieron en una nota en chino, escrita con elegantes caracteres. Leer en chino siempre le costaba un esfuerzo, sobre todo si estaba escrito a mano, pero aun así reconoció la firma al pie de inmediato.
Era de su jefe. Exjefe. Lo que fuera. De Wu T’ung-wen.
—¿Puedes leer esto? —le preguntó a Yungli.
Su amigo tomó la nota de sus manos y la iluminó con la linterna.
—«Necesito que termines el trabajo antes del 23 de junio» —leyó, con voz solemne—. «Llévalo a la fiesta en el consulado español».
Asier apretó los dientes.
—Hijo de puta —murmuró—. Eras tú todo el tiempo.