La noche cae sobre Shanghái Capítulo 46
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Capítulo 46

四十六

Dieciocho días antes de la entrevista con Hitler

Un Cadillac negro, parecido al suyo, pero mucho más moderno, fue a recogerlos al aeropuerto.

Berlín lo recibió con una estética diseñada para inspirar obediencia.

Las banderas rojas con la esvástica colgaban de cada edificio oficial.

Escudos del Reich, estandartes, pancartas, carteles con retratos del Führer, hasta los uniformes de los guardias parecían parte de una coreografía.

La ciudad era como el escenario de una ópera de Wagner, y él, un actor obligado a representar un papel que no había elegido.

A mamá le encantaría. Ya me extraña que no se haya mudado aquí.

Habían partido de Hong Kong a bordo de un cuatrimotor Junkers G 38, operado por Lufthansa.

La travesía completa hasta Berlín había durado cinco días, lo que parecía cosa de magia, comparado con las cuatro semanas que solía llevar el viaje en barco.

Habían hecho escala en Hong Kong, Calcuta y Atenas.

En cada parada, pasaban la noche en hoteles de lujo gestionados por la misma red alemana que organizaba los vuelos.

Miguel había viajado antes en avión, para jamás para realizar un trayecto tan largo.

Semejante excentricidad era un privilegio reservado a unos pocos: los asientos eran anchos y tapizados en cuero, las azafatas servían platos calientes con cubiertos de plata, y el champán no faltaba, ni siquiera a miles de pies de altitud.

Miguel se fijaba en los demás pasajeros: diplomáticos, comerciantes adinerados, algún periodista…

, en su mayoría alemanes, todos ellos silenciosos y disciplinados. Él era la única nota discordante.

Además del cónsul Kriebel y del propio Miguel, formaban parte de la delegación alemana los generales Hans von Seeckt —que a sus setenta años ya no pensaba regresar a China— y Alexander von Falkenhausen, con su aire severo y su voz tranquila.

Irene Hasenbach, la sobrina de Kriebel, completaba el grupo.

Miguel, por insistencia del cónsul, tuvo que sentarse junto a ella en la mayoría de los trayectos.

La muchacha no era desagradable. Educada, leída, con gusto por la música francesa y las novelas de Stefan Zweig. Pero Miguel no dejaba de mirarla con incomodidad. Irene hablaba con dulzura, le hacía preguntas amables, pero cada vez que sonreía Miguel sentía que traicionaba algo. O a alguien.

A Isabel.

No habían cruzado palabra desde el fiasco del Cathay. Ni una nota, ni una mirada. La distancia no había hecho más que agrandar la herida.

El coche se detuvo frente al hotel Adlon, en plena Unter den Linden, sacándolo de sus cavilaciones.

Se bajó del coche con dificultad. Tantos días de viaje le habían atrofiado los músculos.

El portero, con su levita verde botella y guantes blancos, les abrió la puerta con una reverencia.

Por un instante Miguel creyó que tendría unas horas para sí mismo: deshacer el equipaje, darse un baño, quizá mirar por la ventana con un libro abierto en el regazo y no leer una sola página.

Mandarle una postal a Isabel. Algo. Pero Kriebel, como siempre, tenía otros planes para él.

—Déjale las maletas al botones —le dijo el cónsul, sin mirarlo—. Ven conmigo. No tardaremos mucho.

Mientras los demás subían a sus habitaciones, a Miguel no le quedó más remedio que seguir a Kriebel hasta el café del hotel, donde un pianista tocaba una melodía que se le antojó melancólica.

Aunque quizá no tuviera nada que ver con la música, quizá fuera su propio estado de ánimo.

Se sentaron en una mesa de mármol bajo una lámpara de pantalla verde y, apenas un instante después, Bernhardt surgió de la penumbra como un personaje de novela barata, con su maletín de cuero y su sonrisa de serpiente.

Miguel sintió un nudo en el estómago. No lo veía desde el asesinato del pobre Jakob.

Solo pensar en aquello bastaba para que le sudaran las palmas.

A ver en qué lío quieren meterme ahora.

—Herr cónsul —saludó—. Es un placer verlo en Berlín de nuevo.

—Aquí empezó todo —confirmó Kriebel—. En esa misma mesa te hablé por primera vez del «oro del Rin». ¿O fue en esa otra? En cualquier caso, no estamos aquí para ponernos melancólicos. ¿Lo tienes?

Bernhardt abrió el maletín y extrajo un pequeño cilindro negro, no más grande que un pulgar, envuelto en un pañuelo. Lo desenrolló y lo colocó sobre la mesa. Era una especie de carrete fotográfico, pero más pequeño, más compacto.

—¿Acaso dudabas de mí?

Kriebel sonrió.

—Bien —dijo—. No estaba seguro de que hubieras logrado sacarlo de Shanghái, con tanto alboroto.

—¿Este es…? —preguntó Miguel.

—Sí —interrumpió Bernhardt—. Es el microfilm que llevaba el príncipe Volkov en su cartera.

Miguel lo miró, incrédulo.

—¿Por el que yo fui a la cárcel? ¿Acusado de espionaje, asesinato…?

Kriebel dio un sorbo a su café y asintió con tranquilidad.

—Pero todo ha salido bien, ¿no, Miguel? Además, es todo por una buena causa.

Una camarera pasó cerca, y los tres guardaron silencio hasta que se alejó. Bernhardt bajó aún más la voz.

—Me he reunido varias veces con representantes de la Auslands-Organisation. He conseguido una cita con herr Ernst Bohle en persona.

Miguel alzó las cejas, desconcertado.

—El líder de la AO —explicó Kriebel—, la organización exterior del partido. Coordina a los alemanes fuera del Reich. Un hombre clave.

Miguel bajó la voz aún más.

—¿Vamos a entregarle el microfilm?

Bernhardt asintió con una sonrisa casi animal.

—Exacto, Miguel. Gracias a este microfilm, vamos a asegurarnos el apoyo del Gobierno alemán a la sublevación en España. Porque si hay algo que nuestro glorioso Führer no va a tolerar es que tu país se convierta en un satélite de la Unión Soviética.