La noche cae sobre Shanghái Capítulo 45
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Capítulo 45

四十五

Un mes y cinco días antes de la entrevista con Hitler

El sol caía a plomo sobre el Auditórium, y la cancha de piedra hervía bajo los pies de los pelotaris.

El aire vibraba con el eco de los pelotazos contra el frontón, acompasado por los gritos y resoplidos de los jugadores.

Asier, con la faja bien ajustada y las mangas remangadas, sentía la camiseta pegársele a la piel por el sudor.

El calor le abrasaba la nuca, le resbalaba por la frente, pero no le importaba. No aquel día.

Estaba de vuelta.

El cuerpo le respondía con una precisión que casi había olvidado.

Se había mantenido en forma gracias al wushu , a los entrenamientos con Yungli, pero aquello era distinto.

El peso de la pelota, el latigazo seco del cuero contra la pared, el rebote exacto.

El juego era brutal, exigente, pero también hermoso.

Y suyo. Lo llevaba en la sangre. En los gemidos de esfuerzo sentía una alegría que no había sentido en meses.

Se movía con soltura, con fuerza. Como si nunca se hubiera ido.

Y, además, ahora era titular del equipo. No solo un sustituto. Era uno más.

Blenner, con el brazalete de capitán, dirigía el juego con ánimo y precisión.

Sus órdenes resonaban en el fragor de la cancha.

Tomás, siempre rápido y agresivo, no paraba de lanzar bolas imposibles que arrancaban carcajadas entre los compañeros.

Isidro, el más veterano, mantenía la posición con sobria elegancia.

Izaguirre y Salsamendi intercambiaban bromas mientras sudaban como burros.

Aunque se trataba solo de un entrenamiento, no estaban del todo solos.

Isabel estaba sentada en las gradas, con un sombrero claro y abanico en mano, observando el juego con atención.

Sus ojos seguían a Asier cada vez que se movía por la cancha.

De vez en cuando, se cruzaban sus miradas y ambos sonreían. Había orgullo en su gesto. Complicidad.

Asier entró en el ritmo del juego como si lo hubiera estado esperando toda la vida.

En un momento, corrió hacia una bola baja, se lanzó de lado y logró devolverla con un gesto limpio.

Su cuerpo se tensó como un arco. Al aterrizar sobre el costado, sintió un pinchazo en las costillas, pero lo ignoró.

Se incorporó con una sonrisa en la cara.

Gozamenez . No recordaba cuándo había sentido algo parecido a la felicidad.

El juego continuó. Pasó el tiempo y el cansancio empezó a asomar, pero también la satisfacción.

Cada punto ganado era una victoria sobre todo lo que había pasado: sobre el miedo, el silencio, la culpa.

Jakob estaría orgulloso. La princesa también.

Incluso Yungli, aunque no entendiera nada de pelota.

¿Gorka? Mejor no pensar en él. En ese momento, era lo único que echaba de menos.

Terminó el entrenamiento. Asier cogió una toalla de la banqueta junto a la cancha, se secó el sudor del cuello y la frente, y subió hacia las gradas. Isabel bajó los peldaños con energía y corrió a abrazarlo. Asier se separó con una sonrisa.

—Estoy empapado de sudor…

—No me importa —respondió ella, abrazándolo de nuevo con fuerza—. No sabes lo feliz que me hace verte así.

Asier la miró con gratitud.

—Parece que los dos estamos en un buen momento, ¿eh? Nos lo hemos ganado.

—Justo de eso venía a hablarte. Me voy unas semanas de viaje…

—Vamos a sentarnos en la cafetería y me cuentas. Estoy seco… Necesito beber algo.

Se sentaron juntos en una mesa bajo un ventilador lento.

Asier pidió dos zumos. Desde que había vuelto en serio al deporte, había reducido el consumo de alcohol al mínimo.

Tenía que mantener la disciplina si quería compaginar el equipo de pelota con el trabajo en el Venetia.

Le encantaría dejar la noche, pero no podía permitírselo: necesitaba ahorrar, necesitaba un colchón que le permitiera no estar siempre viviendo al límite, a merced de los bandazos del destino o de gilipollas como Teodoro Jáuregui.

Cuando llegaron los zumos, Asier tomó un sorbo y se inclinó hacia Isabel.

—¿Qué ibas a contarme, pues?

—Mis compañeros de la revista Excelsior han localizado a Bernhardt en Berlín. He conseguido que Powell me mande allí.

—¿Para seguir a Bernhardt? ¿En serio?

—La cobertura oficial son los Juegos Olímpicos. También escribiré sobre eso, imagino.

—No sabes la envidia que me das… Mi sueño sería participar algún día en unas Olimpiadas. Claro que la pelota no es deporte olímpico… ¡aún! ¿Cuándo te vas?

—Zarpo pasado mañana a bordo del SS Naldera, de la Peninsular & Oriental.

Si todo va bien, debería estar en Berlín a mediados de julio, con tiempo de sobra para los Juegos.

He intentado mirar la ruta en avión, pero el precio de los billetes es un disparate y el Weekly no llega a tanto.

En fin, imagino que tengo que estar agradecida. Al menos voy en primera clase.

Se hizo un silencio. Ambos bebieron de sus zumos. Los otros pelotaris pasaron junto a ellos camino del vestuario y los saludaron con afecto.

—¿Has sabido algo de Miguel? —preguntó Asier, cuando volvieron a quedarse solos.

Isabel se puso tensa.

—Nada desde que aquel día en el Cathay. Y… mejor así. No quiero nada con él. Traer a Andrés a mis espaldas fue un golpe bajo.

Asier asintió. Isabel nunca le había contado del todo qué sucedió con su exprometido, pero no hacía falta. Lo sabía perfectamente, no había que ser ningún genio para adivinarlo. Le cogió la mano por encima de la mesa.

—Sabes que estoy aquí para lo que necesites.

Ella sonrió.

—Lo sé. De hecho, tengo que pedirte algo.

Necesito que sigas investigando. Me llevo a Berlín varios ejemplares de mi informe y las copias del microfilm que me diste, pero tenemos que averiguar quién lo falsificó.

Creemos que fue Volkov, ¿pero por qué? ¿Siguiendo órdenes de quién?

¿Qué salió mal para que él acabara muerto? Esas preguntas necesitan respuesta.

Asier sonrió ampliamente antes de contestar mientras negaba con la cabeza.

—Isabel, eres un caso. Pues claro que puedes contar conmigo. Hablaré con Yungli. Déjalo de nuestra cuenta.

—Si averiguas algo, continúa tú el «informe del demonio». Yo he empezado la labor, pero ahora te toca a ti continuarla. Solo tú puedes encontrar las pruebas que nos faltan.

—Pero, Isabel, yo no sé escribir. No como tú. Apenas he estudiado…

—Tú puedes hacer cualquier cosa que te propongas. —Y le sonrió con esa mezcla de ternura y desafío que solo ella sabía sostener.