La noche cae sobre Shanghái Capítulo 44
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Capítulo 44

四十四

Un mes y seis días antes de la entrevista con Hitler

Nunca he estado tan a gusto en la redacción del Weekly .

Le entregué el «informe del demonio» a Powell que, por supuesto, no accedió a publicarlo. Ya contaba con ello, así que unos días después, Sunmey y yo le entregamos el perfil sobre el «mariscal ilustrado» y, aparte, la entrevista completa con el pastor Tung. Eso sí que le gustó.

Powell fue el primero en felicitarme: me dio la mano como si de repente recordara que no soy una niña.

Cuando le entregamos el borrador, lo leyó sin levantar la vista hasta la última línea.

«Esto es dinamita pura», dijo. Una frase muy suya.

Y lo ha sido. Desde entonces, no han dejado de llegar cartas.

Colegas de otros periódicos escriben para felicitarnos o para pedirnos contactos dentro del sistema.

Lectores agradecidos. Incluso protestas del consulado japonés, y eso sí que es una buena señal.

Lo más importante de todo es que he podido entregarle a Asier una copia del «informe del demonio».

Con un poco de suerte, Yungli podrá transmitirlo dentro del Juntong, de forma que la información llegue a Chiang Kai-sheck y se evite un desastre.

A nadie le gusta que le tomen el pelo, y estoy segura de que, por mucho que el generalísimo y Madame odien a los comunistas, no les gustará ser víctimas de un engaño.

También le he dado una copia a Larracoechea. Lo ha enviado a Madrid por valija diplomática, sin conocimiento de Vázquez Ferrer. No sé si llegará a tiempo.

Desde hace unos días, siento por primera vez que pertenezco a este sitio.

Que soy algo más que una mujer con una cámara.

Que he hecho algo que importa. Paso las páginas de mis notas con una seguridad que nunca había tenido.

Alguien pasa por delante de mi escritorio —Anderson, el reportero de economía— y me lanza una sonrisa cómplice.

—Isabel, ¿tienes un minuto? ¿Puedes leer esto? Es sobre las inversiones japonesas en el puerto de Tientsin. Me vendría bien tu opinión.

Se lo toma en serio. Se toman en serio lo que digo. Lo que escribo.

Por primera vez, me siento satisfecha con mi trabajo.

Suena el teléfono. Lo cojo con la seguridad de alguien que sabe lo que está haciendo, que por fin se atreve a pisar con fuerza.

—De la Cruz, dígame.

—Llamada internacional desde París. Revista Excelsior —susurra la operadora antes de conectar.

Un chasquido eléctrico y luego la voz inconfundible de Paul Lambert—.

Isabel, ma chère! C’est moi, Paul . Disculpa, no sé qué hora es allí, pero tenía que llamarte.

Hemos seguido la pista de Bernhardt en Marruecos…

Y agárrate bien: ahora mismo está en Berlín.

Al parecer se está entrevistando con la cúpula del partido nazi, especialmente con esa red siniestra de la Auslands-Organisation.

Tenías razón, Isabel, ici, quelque chose de très gros se prépare.

Me agarro con fuerza al auricular. El corazón me da un brinco.

—¿Estás seguro?

— Absolument . Lo tenemos confirmado por dos fuentes distintas. Ahora le toca a nuestro corresponsal en Berlín seguirle los pasos, pero quería que lo supieras. Sabemos que esto empezó contigo. Y que sin ti, rien n’aurait été découvert.

—Paul —digo, sin pensarlo—, tengo que ir. Necesito formar parte de esto. Tengo que llegar hasta el final.

—A mí me encantaría, Isabel, ya sabes cómo te echamos de menos desde que te fuiste. Mais enfin , ¿qué pretendes hacer, venir volando? Tranquila. Cuando llegue el momento de publicar, no nos olvidaremos de tu firma. Y usaremos fotos tuyas, faltaría más.

Estoy tan concentrada que ni siquiera me molesto en discutir.

— D’accord, d’accord. Tenme al corriente, Paul. Merci .

Cuelgo el teléfono. Me quedo unos segundos con el auricular en la mano, como si esperara que volviera a sonar.

Bernhardt está en Berlín. Siento que tengo que estar allí. Soy la única que puede desentrañar todo este enrollo: el «oro del Rin», el memorando de Stalin, los asesinatos, los silencios de medio mundo.

Miro distraída el escritorio. Hay un número de L’Illustration abierto por la mitad. Paso sus páginas casi sin mirar hasta que una fotografía a página completa detiene mis cavilaciones. Un estadio. Banderas. Atletas en formación.

Los Juegos Olímpicos de Berlín.

Tengo una idea.

Me levanto de golpe y atravieso la redacción con paso firme. No toco la puerta. Entro como un ariete en el despacho de Powell. Lo encuentro con las gafas torcidas sobre la nariz y una pluma goteando tinta sobre un cuaderno.

Alza la vista, sorprendido. Pero en lugar del gesto de fastidio habitual, sonríe.

—¿Qué se trae entre manos esta vez mi periodista favorita?

«Periodista». La palabra retumba en mi pecho como un gong.

Por fin. Lo he conseguido.

—Quiero ir a Berlín —digo sin rodeos—. A cubrir los Juegos Olímpicos.

Powell arquea una ceja, cierra el cuaderno y se recuesta en su silla.

—¿Las Olimpiadas? ¿Y desde cuándo te interesan a ti los atletas? Al menos intenta vendérmelo, si no te importa.

—Desde que son un escaparate perfecto para los totalitarismos.

Berlín no es solo una fiesta del deporte.

Es una operación propagandística a gran escala.

Hitler está invirtiendo una fortuna en que todo parezca impecable, moderno, pacífico.

Pero sabemos que no lo es. Yo puedo mostrar lo que no quieren que se vea.

Powell duda.

—Ya, pero nosotros somos el China Weekly Review…

—China va a enviar un equipo, aunque sea pequeño —interrumpo—. Participarán en atletismo, natación y baloncesto. Es su primera aparición olímpica bajo bandera propia, después del caos de los años anteriores. ¿Te imaginas el valor simbólico de eso para nuestros lectores chinos?

Silencio.

—Además —añado— habrá representación de más de cincuenta países.

Roosevelt ha decidido no boicotear, pero muchos en la delegación americana están incómodos.

Francia, Gran Bretaña…, todos vigilan. Están esperando que Alemania cometa un desliz.

¿Y si lo hace? ¿No querrá el Weekly tener a alguien allí para contarlo?

Powell me mira largo rato. Luego coge su pluma, la endereza con parsimonia y se la coloca tras la oreja.

—Necesito saber que esto no es una escapada personal.

—No lo es. Es profesional. Tengo contactos en Berlín.

Puedo conseguir cosas, acceso, fotografías.

Y tú lo sabes. —Titubeo un segundo antes de continuar, casi como quien deja caer una carta maestra—.

Además, he recibido un soplo. Bernhardt está en Berlín.

Parece que se está moviendo en círculos muy altos del partido nazi.

Powell chasquea la lengua y se reclina en su silla, divertido.

—Ya sabía yo que tenía que haber algún motivo para este súbito interés por los deportes.

Me encojo de hombros sin perder la compostura.

—Digamos que los Juegos son la portada. Lo que pasa detrás, eso es lo que importa.

El silencio apenas dura unos segundos. Al fin, sonríe y asiente.

—Hazme una lista con lo que necesitas. Billete, alojamiento, acreditación de prensa. Y prométeme que, si sacas algo jugoso, será exclusiva del Weekly .

Una sombra cruza mi mente. El Excelsior . Paul. Pero la aparto sin darle demasiadas vueltas. Seguro que hay material para todos.

—Lo prometo.

Él asiente, satisfecho, y yo me giro para salir.

Esta vez no sonrío. Esta vez soy periodista. De verdad.