Capítulo 43
四十三
Un mes y nueve días antes de la entrevista con Hitler
Caía la tarde cuando el Cadillac negro se detuvo frente al edificio del Shanghai Club, en pleno Bund.
La fachada de piedra gris, rematada con columnas corintias, dominaba la avenida.
Desde la calle, Miguel podía ver los ventanales del primer piso.
Una ligera niebla se arrastraba desde el Whang-poo, dándole al conjunto un aire irreal, como si el club flotara sobre el río.
Miguel bajó del coche, se alisó la chaqueta de lino y se recolocó el sombrero de panamá.
Llevaba años intentando ser admitido como socio del Shanghai Club, pero su solicitud seguía «en estudio».
Y eso que, en teoría, cumplía todos los requisitos: era blanco, era varón y sus recursos económicos no eran desdeñables.
El problema era el de siempre: le faltaba un padrino, un socio influyente —idealmente británico— dispuesto a respaldarlo de manera oficial.
Sin ese aval, sus posibilidades de aceptación eran escasas. Suspiró.
Tal y como están las cosas, hay que conformarse con acudir como invitado.
Atravesó la puerta de madera acristalada y entró en el vestíbulo, donde el mármol blanco y los paneles de roble daban una sensación de frío respeto. En la recepción, el mayordomo obviamente inglés le dirigió una mirada de escrutinio que ya era vieja conocida para Miguel.
—¿Señor? —preguntó, con la ceja derecha levantada.
—El señor Hermann Kriebel me espera —dijo Miguel.
¿No se supone que Inglaterra y Alemania tienen pésimas relaciones? ¿Por qué el cónsul alemán es socio y yo no?
El recepcionista consultó un pequeño registro encuadernado en cuero y asintió.
—El señor Kriebel se encuentra en el Long Bar. Permítame acompañarle.
Miguel siguió al mayordomo a través de un corredor alfombrado.
El Long Bar, cuando lo alcanzaron, era tal como lo recordaba: una barra interminable de caoba pulida que, decían, era la más larga de toda Asia.
Una pequeña orquesta tocaba en un rincón mientras una cantante negra de voz grave interpretaba It’s Been so Long, con un deje melancólico que parecía pegarse a las paredes de madera oscura.
Tras ella, un ejército de camareros de chaqueta blanca servía gin-tonics y whiskies a caballeros en trajes de lino o tweed, que discutían en voz baja sobre carreras de caballos, negocios o el último escándalo de la concesión internacional.
Localizó a Hermann Kriebel sentado en una mesa baja, junto a una columna de mármol. El cónsul alemán, robusto y cuadrado como una caja fuerte, se fumaba un puro mientras consultaba una libreta con notas.
Miguel se acercó, saludó con una leve inclinación de cabeza y tomó asiento frente a él, en un sillón de cuero que crujió ligeramente bajo su peso. Antes de que pudieran intercambiar una sola palabra, un camarero se aproximó.
—¿Qué desea tomar, señor?
Miguel, fiel a su costumbre, pidió un old fashioned.
Cuando el camarero se retiró, Kriebel lo observó con su media sonrisa habitual.
—¿Tu primo Andrés ha regresado ya a Manila? —preguntó, expulsando una nube de humo espeso—. Es un buen tipo, sin duda. Inteligente. Con agallas.
Miguel suspiró. Sí, gracias a Dios, por fin me ha dejado tranquilo.
—Los negocios le llaman —respondió en cambio—. Tuvimos que despedirnos hace unos días.
Kriebel asintió con gravedad.
—¿Y tú? Estuve hablando con Eduardo, ya sé que vas a liderar la célula de la Falange aquí en Shanghái. Excelente. Me gustaría presentarte a algunas personas influyentes… ¿Estarías listo para vivir una pequeña aventura?
Miguel frunció el ceño. ¿Qué quiere decir con eso?
En ese momento, el camarero volvió con su old fashioned . Miguel le dio un trago, sintiendo el amargor del bourbon y la dulzura del azúcar mezclarse en su paladar.
—No sabría qué decirle —murmuró—. No se crea que soy un gran aventurero.
Kriebel soltó una breve carcajada.
—Tonterías. Ya sabes que este verano se celebran los Juegos Olímpicos en Berlín. Alemania no ha reparado en gastos ni esfuerzos para estar a la altura de la gloria de nuestro país y de lo que esta antigua tradición merece.
Miguel arqueó una ceja.
—¿Tendrá usted la suerte de asistir a los Juegos?
Kriebel sonrió con astucia.
—Precisamente de eso quería hablarte. Una pequeña delegación viajará a Berlín para representar a la colonia alemana en Shanghái.
Es un acontecimiento único. Yo mismo me uniré al grupo.
Iremos en avión hasta Hong Kong y de ahí volaremos a Berlín, aunque tengo entendido que hay que hacer tres paradas en el camino. ¡Es un largo viaje!
Miguel procuró sonreír.
—Sin duda será una experiencia única. Mis felicitaciones.
Kriebel apagó el puro en el cenicero.
—¿Querrías formar parte de la delegación? Mi sobrina Irene viajará conmigo, ¿la recuerdas? Me gustaría que os conocierais mejor. Creo que sería adecuado que nos acompañaras en calidad de amigo de la familia.
Miguel sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
En efecto, había conocido a Irene unos días antes, en una de esas recepciones alemanas que tanto odiaba.
Kriebel se la había presentado como quien exhibe una mercancía valiosa que está deseando vender.
La pobre chica le cayó bien, era muy joven y parecía casi tan fuera de lugar en aquel entorno como él.
Pero no era Isabel, y la idea de «conocerla mejor» no le atraía en lo más mínimo.
Estaba buscando la forma de excusarse para no participar en la aventura olímpica cuando el camarero regresó y se dirigió a él.
—Señor Roxas, tiene una llamada telefónica.
Miguel parpadeó, sorprendido.
—¿Para mí?
Kriebel asintió, complacido.
—Ve, ve. Debe de ser algo importante si te han buscado hasta aquí.
Miguel siguió al camarero hasta el exterior del Long Bar. Junto a la escalera había un teléfono de aire antiguo. Levantó el auricular.
—¿Sí?
La voz de su madre se filtró al otro lado con la familiar mezcla de dulzura y acero.
—Herr Kriebel te ha extendido ya la invitación, ¿verdad?
Miguel tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Cómo lo haces, mamá?
—Porque te conozco, Miguelito. Te conozco y sé que hay que vigilarte a cada paso para que no hagas tonterías.
Tenemos negocios importantes con herr Kriebel y tu…
relación con Irene es muy importante para la familia.
Así que espero que regreses ahora mismo junto a él y le digas que aceptas encantado la invitación.
A falta de tener el pescuezo de su madre a mano, Miguel apretó el auricular.
Pero ¿qué relación? Si solo la he visto una vez en mi vida…
—¿Qué negocios, mamá? —preguntó, en cambio.
—Eso a ti no te concierne. Te lo he dicho un millón de veces…
—Mamá, no puedes seguir metiéndote en mi vida y no darme absolutamente ninguna explicación, como si tuviera doce años —interrumpió él—. Si quieres que participe en tu juego, lo mínimo que merezco es saber de qué va todo esto.
—Compórtate como un adulto y podré dejar de supervisarte.
Sabe Dios que me merezco un descanso. —Doña Carmen emitió un sonoro suspiro y guardó silencio varios segundos antes de continuar—.
Supongo que puedo darte un voto de confianza.
Herr Kriebel está arruinado y quiere emparentar con la familia.
Tu papel está claro, ¿o hace falta que te lo deletree? ¿Contento ahora, Miguelito?
—¿Entonces, lo de la Falange…?
—De eso se encarga Andrés, no te preocupes. Tú lo que tienes que hacer es llevarte bien con herr Kriebel y asegurarte de que esa jovencita se enamore de ti, ¿estamos?
Miguel colgó el auricular con un nudo en el estómago. Todo aquello le daba horror, pero… ¿acaso tenía alternativa? Volvió junto a Kriebel, se sentó, tomó su old fashioned y se lo bebió de un solo trago.
—No sé qué decirle frente a tanta generosidad más que… ¿cuándo salimos?
Kriebel sonrió satisfecho.
—En dos semanas. Te recomiendo comenzar cuanto antes con los preparativos. Quizá quieras hacerte unos trajes nuevos. La moda de Berlín es más rigurosa que la de Shanghái. Menos relajada.
Miguel se miró el traje de lino claro y suspiró.
—Por supuesto.
—Seguro que tu madre sabrá asesorarte. Por favor, dale saludos de mi parte en cuanto vuelvas a hablar con ella.