La noche cae sobre Shanghái Capítulo 42
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Capítulo 42

四十二

Un mes y diez días antes de la entrevista con Hitler

La noche caía sobre Shanghái.

El calor húmedo se pegaba a la piel como en uno de esos baños públicos donde el vapor lo impregna todo.

El aire era espeso, y cada bocanada que Asier respiraba se le quedaba atascada en la garganta.

Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras esperaba, apoyado contra una de las columnas a la entrada del Auditórium.

A su lado, Yungli permanecía en silencio, atento a cualquier movimiento.

Junto a ellos, tres gorilas enviados por Du, el de las orejas grandes, aguardaban con una parsimonia que, por fuerza, tenía que ser más aparente que real.

Asier sentía el peso de las semanas acumuladas sobre los hombros, semanas en las que había tenido que domar su impaciencia y contener su rabia.

Primero vino la confirmación: Blenner no se había equivocado.

Jáuregui había regresado a Shanghái. Según los rumores, había pasado un tiempo en Hong Kong, escondido, esperando a que se calmaran las aguas tras el asesinato de Jakob.

Pero ahora estaba de vuelta. Y no parecía tener intención de marcharse.

Después vino la conversación con Du. Convencerlo no fue fácil.

Du quería sangre, una ejecución rápida y ejemplar.

Asier tuvo que apelar a su sentido estratégico, recordarle que un escándalo público podía ser mucho más útil que un cadáver más.

«Un muerto desaparece. A un traidor humillado, todos lo recuerdan».

Du lo había mirado en silencio antes de asentir con una sonrisa torcida.

Y allí estaban. Esperando. Preparados para darle a Teodoro Jáuregui el mayor susto de su vida, para hacerle entender que sus días de impunidad habían terminado y ponerlo por fin en manos de la policía.

El sudor le resbalaba por la espalda bajo la camisa. Asier respiró hondo y cerró los puños. No había vuelta atrás.

Un coche se detuvo frente al Auditórium. De él bajó Jáuregui, despreocupado. No vio la emboscada hasta que fue demasiado tarde. Los tres gorilas se abalanzaron sobre él como lobos, lo agarraron por los brazos y comenzaron a golpearlo con una fuerza medida, controlada pero contundente.

—¡Basta! —gritó Asier, interponiéndose—. Tengo que hablar con él.

Yungli le puso una mano en el hombro y lo miró con severidad.

—No deberías meterte en esto.

Asier sacudió la cabeza, decidido.

—El jefe dice que te hagamos caso —respondió uno de los gorilas—. Pero date prisa.

Asier se acercó a Jáuregui. Durante semanas había planeado lo que quería decirle, palabra por palabra. Pero ahora, ante él, las frases se le atragantaron. Notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Jakob era una persona hermosa —logró decir—. Un hombre bueno. La princesa Volkov… La princesa era una señora con mayúsculas. Un alma generosa y sofisticada. Y tú… —Las palabras se le rompieron en la garganta. Al fin, con voz baja, continuó—. Ya sabes lo que les ocurre a los cabrones en la cárcel.

Jáuregui no respondió. Se limitó a mirarlo, desafiante.

Asier calló. En realidad, no tenía más que decir.

Los gorilas interpretaron su silencio como una señal. Uno de ellos inmovilizó a Jáuregui contra el suelo. El otro sacó un revólver, un Colt 1903. Asier se dio la vuelta y entró en el Auditórium, escuchando tras de sí los golpes secos sobre el cuerpo de Jáuregui.

Corrió hacia la cafetería. Allí, como habían convenido, encontró a Blenner sentado solo en una mesa, sin más que un vaso de agua frente a él.

—¿Y bien? —le preguntó.

—Está hecho —dijo, casi sin aliento—. Necesito un teléfono. Tengo que llamar a la policía.

Blenner se puso en pie de inmediato y lo escoltó hasta un pequeño cuarto al fondo, donde había un teléfono sobre una mesa vieja. Asier descolgó el aparato, con las manos húmedas y resbaladizas. La operadora tardó unos segundos que se le hicieron eternos.

—Conecte con el inspector Delacourt, de la garde municipale —pidió, controlando la voz.

Unos instantes después, la línea cobró vida.

—Inspector Delacourt.

Asier tragó saliva.

—Inspector, hemos atrapado al asesino de la princesa Volkov.

Un breve silencio.

—¿Con quién hablo?

—Soy Asier Ormaetxe. Nos conocemos, soy… el amigo de Isabel de la Cruz. Estoy en el Auditórium. Tiene que darse prisa.

El inspector dudó un instante.

—¿Quién es el asesino?

—Teodoro Jáuregui. Tengo pruebas. Dese prisa.

Asier colgó el teléfono con un golpe seco. Blenner lo miró con preocupación.

—¿Estás seguro de lo que estás haciendo? Este hijo de puta tiene amigos muy poderosos.

Asier respiró hondo, sintiendo cómo la decisión le quemaba en el pecho.

—Nunca he estado más seguro de nada en toda mi vida. Y ¿sabes qué? Ahora, yo también tengo amigos poderosos. No te preocupes por nada, amigo. Este hijo de puta no va a volver a escaparse.

Blenner le dio una palmada en el hombro.

—Ojalá tengas razón.

Asier sonrió, cansado pero firme.

—¿Cuándo empiezo en el equipo, capitán?

Ambos sonrieron.