Capítulo 41
四十一
Dos meses y ocho días antes de la entrevista con Hitler
Cierro la puerta de casa y apoyo la espalda en la madera unos segundos.
He pasado la noche en la suite del Cathay, no sé por qué.
Quizá esperara que Sunmey volviera y enmendar mi actitud.
Me alegro de que no lo haya hecho. Mi vida ya es demasiado complicada.
Y además, tengo trabajo. Powell espera un perfil del «mariscal ilustrado».
Lo tengo pendiente. Lo sé. Un texto largo, bien documentado, de esos que se leen en Shanghái con una ceja levantada. Lo haré. Pero no ahora.
Esto es más urgente.
Más peligroso.
Más verdadero.
Me siento a la mesa del salón. Enciendo la lámpara. El resto del piso queda en penumbra. Extiendo los papeles. El sobre. Las copias del memorando. La máquina de escribir espera, pesada, como un animal dormido.
Me arden los dedos en las teclas de la máquina. Escribo como si eso pudiera salvarme.
Por fin empiezo mi informe.
El «informe del demonio».
Todo empezó con una nota. Un fragmento de celuloide tan pequeño como un hueso de aceituna, tan letal como una bala.
Lo llamaban el memorando de Stalin y aseguraban que el dictador soviético se comprometía en él a apoyar una revolución comunista en España y otra aquí, en China.
Decían que venía directo del Kremlin. Que era auténtico.
Que lo llevaba consigo un príncipe ruso la noche en que lo asesinaron.
Pero no. Ese documento es falso. No lo digo yo: lo dice la forma en que está escrito.
El tono. Las palabras. La fecha. El sello.
Lo dicen los detalles que solo alguien con ojos entrenados y sangre fría puede detectar, como hizo Tung Chien-wu.
Lo dice el calendario equivocado. El ruso literario del siglo xix donde debería haber burocracia estalinista.
El papel incorrecto. La tinta que no embriaga.
Y sobre todo lo grita el contexto: un mundo lleno de hombres desesperados por justificar alianzas impensables
Esto es una falsificación. Y esta es la historia de cómo intentaron vendernos el infierno como si fuera la salvación.
Aunque la gran pregunta sigue abierta: ¿quién puso en marcha esta operación? ¿Por qué? ¿A quién pretendían engañar con esta serie de memorandos falsos? ¿Solo al Gobierno de Chiang Kai-sheck… o a alguien más?
Y sigo, porque hay tanto que contar, tanto que falta aún por descubrir. Y porque, en el fondo, escribir es lo único que me queda.
Estoy deseando entregarle el informe a Powell y pasar página.
En la suite del Cathay no he pegado ojo.
He estado toda la noche en vela y he hecho un análisis exhaustivo de todos los documentos que contenía el microfilm, identificando uno a uno los errores en los títulos y fórmulas soviéticas, los defectos en los sellos, las discrepancias en el tipo de papel.
Lo tengo todo por escrito, la confirmación científica y definitiva de que el memorando de Stalin es falso.
Ahora solo tengo que ver a Asier y, si es posible, a Yungli.
También debería buscar a Larracoechea. El otro memorando, el que implicaría a la Unión Soviética en un complot en España, también es falso, y ahora puedo demostrarlo.
Quizá aún estemos a tiempo de evitar una desgracia.
Estoy tan sumida en mis propios pensamientos que apenas me doy cuenta cuando llaman a la puerta. Quienquiera que sea tiene que insistir varias veces antes de que me dé cuenta. Asumo que es Asier, ¿quién si no? Me levanto, con el informe aún caliente en la máquina. Giro el pomo y abro sin pensar.
Pero no es Asier. Es Andrés.
Todo se detiene en seco.
Sin esperar a ser invitado, mi antiguo prometido irrumpe en la habitación y cierra la puerta tras él con un portazo seco. Tiene el rostro enrojecido, los ojos turbios. Huele a alcohol.
Durante unos segundos no se oye más que su respiración agitada.
—Ayer ni siquiera me dirigiste la palabra —dice, con una sonrisa torcida—. ¿Qué pasa? ¿Vas a hacer como si no nos conociéramos?
—Eso es exactamente lo que me he propuesto desde que dejé Filipinas, Andrés. Fingir que no te he conocido nunca. Por favor, vete de mi casa.
—No tan rápido —responde él, dando un par de pasos hacia el centro de mi casa—. Han pasado muchos años, tenemos que ponernos al día. Dime, el chinito ese… ¿Chulai? ¿Es tu novio?
—Se llama Sunmey, y mi vida personal no te concierne en absoluto. Sal ahora mismo de aquí o empiezo a gritar.
Andrés avanza un paso más.
—Sigues siendo tan golfa como siempre, Isabel —balbucea con voz grave y pegajosa—. Pero eso me enciende…
Da un paso más.
No grito. No corro. No retrocedo.
—Te estás equivocando —le digo—. Esto no es Manila. Y tú ya no tienes ningún derecho aquí.
Me mira. No sabe qué hacer con eso. Con que no tenga miedo.
—Vete —repito—. O llamo a la policía francesa. Y no te va a gustar dar explicaciones.
Duda un segundo. Luego se ríe. Una risa torpe, vacía.
—Te crees muy valiente ahora.
—No —respondo—. Me creo libre.
Empujo la puerta. Me aparto. Le señalo la calle.
Andrés me sostiene la mirada unos segundos más. Luego sale. No sin antes escupir una última frase.
—Esto no se queda aquí.
Cierro y echo el cerrojo. Apoyo la frente en la madera.
Respiro.
No lloro.
Vuelvo a la mesa. Me siento. Releo lo que he escrito. Pienso en Miguel. En su silencio. En su forma de no elegir nunca del todo.
No le perdonaré. No esta vez.
Vuelvo a escribir. El demonio no espera.