Capítulo 40
四十
Trece años antes
Regreso a Manila tras el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera.
Hace diez meses, llegué a Madrid sin un plan.
Diez meses más tarde, me voy con una vida entera a cuestas.
Diez meses de estudio, de aulas y pasillos, de noches largas y discusiones que no se acaban.
Diez meses de amistad con Federico y con Salvador, con Soledad, que me enseñó a mirar sin pedir disculpas.
En ese tiempo me he convertido en fotógrafa sin darme cuenta.
La cámara ha dejado de ser un objeto: es una extensión de mi cuerpo.
No entiendo el mundo sin encuadrarlo, sin medir la luz, sin decidir qué queda dentro y qué fuera.
Incluso colaboro con una revista francesa, Excelsior , gracias a Federico, que aparece y desaparece como un talismán y tiene amigos en todas partes.
Por un momento pienso que esta podría ser mi vida. Que basta con eso.
Pero entonces llega el golpe. Madrid se llena de botas, de órdenes, de silencios.
Las puertas se cierran y los rostros se apagan.
Todo lo que parecía posible se repliega de repente, como un telón mal recogido.
No hay dramatismo, solo un hecho muy sencillo: tengo que irme, regresar a Manila.
Allí me espera lo que dejé a medias. Ese nombre que evito pensar, pero que sigue ahí, intacto, como una deuda que nadie ha olvidado cobrar.
Es una noche cálida, repleta de los aromas de Manila que tanto he extrañado: tierra húmeda, mar salado y el leve perfume de la sampaguita y el ylang-ylang.
Desde el asiento de la autocalesa, contemplo distraída las calles de mi ciudad.
Mientras tanto, mis padres conversan animadamente sobre quién estará en la fiesta.
Yo apenas los escucho, absorta en mis pensamientos.
He regresado a casa después del golpe de Estado de Primo de Rivera en España, pero mi mente aún sigue allí, atrapada entre las calles de Madrid y los jardines de Granada.
Llevo apenas dos días de regreso, y Andrés ya ha intentado verme en repetidas ocasiones.
He esquivado sus invitaciones alegando cansancio, pero la realidad es mucho más compleja.
Tengo que terminar de aclarar mis ideas.
Durante el largo viaje en barco he tomado una decisión firme: romperé mi compromiso con Andrés.
La revista Excelsior me ha ofrecido un puesto en París, y no puedo dejar pasar una oportunidad semejante.
Andrés cada vez me agobia más y la idea de compartir la vida con él se me hace insoportable.
En los últimos tiempos incluso he dejado de contestar a sus cartas, lo cual no ha hecho sino volverlas más violentas e insultantes.
Me cuesta contener las ganas de decírselo y comenzar de una vez con el resto de mi vida, aunque soy consciente de que esta noche, rodeados de gente, no es la más adecuada para hacerlo.
Estúpida de mí, pienso que Andrés no se lo merece.
Tendré que esperar. Mañana quedaré con él en privado y se lo diré claramente.
Al descender de la autocalesa, escucho el murmullo de las conversaciones y la música alegre que proviene del jardín del consulado.
Entre los árboles cuelgan farolillos de papel que iluminan suavemente los rostros de los invitados, todos vestidos con sus mejores galas para celebrar la Fiesta de la Raza.
Camino junto a mis padres, saludando distraídamente a amigos y conocidos, hasta que por fin lo veo.
Andrés parece más mayor y más calvo de lo que recordaba, pero su sonrisa sigue siendo la misma, abierta y segura.
Siento una punzada de culpabilidad. Él se acerca de inmediato, besa mi mano con gesto galante y me lleva aparte, alejándonos un poco del bullicio.
—Ya era hora, ¿no? —dice, sin sombra de la sonrisa que ha lucido unos segundos antes.
—Disculpa, el viaje ha sido larguísimo y no te puedes imaginar lo cansada que estoy…
—No me refiero solo a eso, me refiero al tiempo que has estado fuera de Manila. Un año y medio, Isabel. ¿Tienes idea de cómo me has hecho quedar frente a todo el mundo?
Frunzo el ceño.
—No veo cómo mi decisión de estudiar…
—Ya tengo fecha para la boda —continúa Andrés, sin dejarme terminar—. Nos casaremos el primero de noviembre, día de Todos los Santos. Así lo he decidido. A partir de ahora, se han acabado las tonterías.
La primera persona del singular no me pasa inadvertida. «Tengo». Al parecer, yo no tengo ni voz ni voto en el asunto. Siento una punzada de pánico.
—Andrés, precisamente quería hablarte de eso.
—Di lo que tengas que decir.
Miro alrededor, consciente de las personas que nos observan en la distancia.
—No es el momento ni el lugar, Andrés.
Él frunce el ceño, impaciente.
—Ven conmigo —ordena mientras me agarra del brazo y me arrastra hacia el interior del consulado. Caminamos rápido, esquivando a otros invitados hasta llegar a un pequeño despacho apartado, donde cierra la puerta tras nosotros—. Habla ahora.
Tan solo dudo unos instantes.
—He estado pensando, después de estudiar quiero desarrollar mi carrera como fotógrafa. Tengo una oferta para trabajar en París…
—¡Ni hablar! —interrumpe de nuevo, tajante—. Te lo prohíbo terminantemente.
Respiro hondo, reuniendo fuerzas.
—Justamente se trata de eso, Andrés. No quiero que nadie me diga qué puedo o no puedo hacer.
Necesito libertad, mi propia vida. No creo que casarnos sea una buena idea.
Somos demasiado diferentes, ninguno de los dos seríamos felices juntos.
Yo… lo siento, pero creo que ha llegado el momento de romper nuestro compromiso.
—Basta de sandeces. He dicho que nos casaremos el primero de noviembre. Ya están enviadas las invitaciones.
—Andrés, tendrías que haberlo consultado conmigo. De todas formas, no es necesario provocar ningún escándalo: podemos alegar…
Sus ojos se oscurecen aún más y, antes de que pueda terminar la frase, siento la bofetada. Me llevo la mano a la mejilla, ardiendo de dolor y sorpresa.
—No quiero que me repliques —escupe—. Quiero que me obedezcas y punto.
—¿Cómo te atreves? —susurro, retrocediendo hacia la puerta, todavía conmocionada.
Él da un paso hacia mí, amenazante.
—¡Harás lo que yo diga!
—Adiós, Andrés —logro decir, temblando—. No pienso volver a verte nunca más.
Pero no llego a la puerta. Andrés me coge del brazo y me arroja al suelo con violencia. Lo siguiente que noto es una patada en las costillas que me deja sin respiración. Entonces se agacha junto a mí, me aprieta las mejillas con la mano derecha y me mira con auténtico odio.
—A mí no se me lleva la contraria.
—¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Andrés se abalanza sobre mí, violento, dominado por una furia ciega y brutal.
Me inmoviliza con un brazo mientras intento, en vano, defenderme con rodillazos y patadas.
No tengo nada que hacer. Todo se vuelve confuso, doloroso, humillante.
Siento su mano hurgando debajo de mi falda y después…
Incluso ahora soy incapaz de ponerle palabras a lo que hace.
Me ocurre lo que a tantas mujeres a lo largo de los siglos, que nos hemos visto sometidas a la brutalidad de un hombre malo.
Siento asco, vergüenza, odio. Me siento sucia. Usada. Culpable.
Por suerte, lo peor acaba pronto. Andrés se levanta, se abrocha los pantalones y me mira con desprecio.
—Eres una basura. Sin mí, no eres nada.
Me escupe antes de marcharse y cerrar de un portazo que retumba en mis oídos, dejándome rota, en el cuerpo y en el alma.