Capítulo 39 #2
—Gracias por recibirnos —interviene Sunmey con voz baja.
—Ha sido el general quien ha insistido. Él cree que los extranjeros, sobre todo los periodistas, pueden hacer mucho por China si están bien informados. Y no, no me refiero a lo que publican los japoneses.
—¿Cree usted que hay esperanza para la paz? —pregunto yo.
—No si seguimos como hasta ahora. Japón se extiende como un incendio en los campos del norte. Y el Gobierno del generalísimo… —hace una pausa—. El Gobierno no actúa. Chiang Kai-shek está obsesionado con eliminar a los comunistas. Pero el verdadero enemigo no está en Yenan. Está en Tokio.
—¿Chang Hsueh-liang apoya un Frente Unido con Mao? —pregunta Sunmey.
La expresión en chino que utiliza, tung-i chan-hsien , está cargada de historia. Es la alianza que formaron comunistas y nacionalistas en el 24, hasta que Chiang decidió purgar a los seguidores de Mao.
—Sí —respondió Tung—. Es lo único sensato. El Partido Comunista y el Kuomintang deben unirse. Lo demás es suicidio.
—¿Y si Chiang Kai-shek no entra en razón? —me atrevo a preguntar.
—Habrá que ayudarle a que lo haga.
Cruzo una mirada con Sunmey. Luego abro el portafolios, saco el sobre con las copias del memorando y se lo entrego a Tung.
—¿Y algo como esto? —pregunto—. ¿La Unión Soviética planea intervenir militarmente en China para apoyar a Mao?
Tung acepta el sobre sin una palabra. Lo abre con lentitud, extrae los papeles y los examina con atención. Pasan uno, dos minutos. Se me hacen eternos.
Al fin, habla.
—Ya les he explicado. El camarada Mao busca la unión con el generalísimo, no una guerra civil que enfrente a hermano contra hermano.
—Levanta una de las hojas—. Este documento es falso.
Miren, se refiere a Mao como líder en vez de tovarish , camarada, que es la fórmula común.
El que lo ha falsificado habla y escribe ruso a la perfección, pero fíjense en estos detalles.
Aquí, por ejemplo, usa una fórmula que jamás encontrarían en una comunicación oficial soviética: esta expresión pertenece más al ruso literario del siglo xix que al lenguaje burocrático de Stalin.
Y vean esto otro: la fecha está escrita según el calendario occidental, no el soviético.
Además, el sello es una copia burda, no tiene el relieve correcto.
Ni siquiera el tipo de papel coincide con el que utilizan en Moscú para este tipo de informes.
Es una falsificación… probablemente realizada por un ruso blanco.
No hace falta decir más. A todas luces, Volkov fue quien falsificó el microfilm.
Me doy cuenta de que he de documentarlo todo. Crear un dosier con todas las pruebas de que los sucesivos memorandos de Stalin son falsos, que todo lo que había en el maletín del príncipe en la noche de San Juan era una trampa.
Se ve que poco a poco me he convertido en periodista, porque lo primero que pienso es un titular. Un nombre para ese dosier.
El «informe del demonio». Porque es al mismísimo Satanás a quien nos enfrentamos.
Tung se levanta y se dirige a la puerta. Inclina la cabeza y se marcha sin añadir una sola palabra. Cierra con un sonido seco.
Sunmey y yo nos quedamos solos. Parece que el silencio pesa de otro modo. Me acerco a la ventana. Miro el Bund. Pienso en todo lo que habrá que demostrar. En cómo contarlo.
—Esto es grande —digo, y siento que no es necesario explicar más. Sunmey sabe a qué me refiero, y no es a los edificios del Bund.
—Lo es —responde él.
Entonces, sin saber muy bien por qué, me invade el recuerdo del vestíbulo. Miguel. Andrés. La risa de antes. El café. La normalidad impostada. La familia. Los silencios.
Estoy harta.
Harta de los Roxas, con sus conspiraciones y sus silencios.
Andrés, el que me arruinó la vida. Miguel, el que me ofreció una amistad que ahora me parece tibia.
Ambos cortados por la misma tela. No iguales, no.
Miguel tiene otra pasta. Tiene algo de ternura, de bondad.
Pero no sirve de nada si no sabe usarla.
Porque al final, puestos a elegir, él también me dejará sola.
Elegirá a doña Carmen. A la familia. Al apellido. A todo eso que yo no soy.
Y, sin embargo, a mi lado tengo a Sunmey.
Un hombre generoso. Culto. Respetuoso. Que ha estado ahí cada vez que lo he necesitado.
No lo pienso. Solo actúo.
Le cojo la mano. Mi corazón late con fuerza. Por todo. Por nada. Me acerco y lo beso.
Huele bien. Siempre huele bien. Su cuerpo es firme bajo la camisa.
Me dejo llevar. Hace tiempo que quería esto, que lo pensaba, que lo soñaba.
Sunmey me responde con dulzura. Me acaricia la espalda, los hombros.
Me envuelve con cuidado, como si supiera que puedo romperme. Se aparta un instante y susurra:
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando esto.
Nos abrazamos otra vez. Caminamos juntos, sin soltarnos, hacia la cama. Me dejo caer sobre ella.
Y entonces… vuelve.
El miedo.
Esa punzada conocida. Esa angustia antigua que creía enterrada.
Sunmey se inclina hacia mí. Pero yo me retiro. Lo nota al instante, se aparta y me mira.
—No va a ocurrir, ¿verdad?
—Perdona. Perdóname, Sunmey. Yo quería. De verdad. Pensaba que podía, que esta vez…
Él me interrumpe.
—Ya sabes que a mí no me debes explicaciones. Tú tienes la última palabra. Siempre. —Hace una pausa—. Solo… procura no desconcertarme tanto. Yo también tengo sentimientos, ¿sabes?
Se acerca, me besa en la mejilla. Tierno. Casi con tristeza. Luego se va.
Me quedo sola.
Lloro. Lloro en silencio, como una niña que ha perdido algo y no sabe qué. Y no pienso en Sunmey. Pienso en Andrés. En Miguel.
Malditos sean los dos por no dejarme vivir.