La noche cae sobre Shanghái Capítulo 39
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Capítulo 39

三十九

Dos meses y nueve días antes de la entrevista con Hitler

Cuando llego a la puerta del Cathay, dudo un segundo antes de entrar. Recuerdo la última vez que estuve aquí con Sunmey. No me siento orgullosa de quién era yo en aquel momento. Quiero creer que he crecido desde entonces, pero no estoy segura.

En cualquier caso, no estoy aquí de visita social.

Estoy sumergida en mi perfil sobre el «mariscal ilustrado».

Un texto largo, de contexto, de esos que no molestan a nadie, o a todo el mundo, según como se escriban.

El problema es que no existe forma humana de entrevistarlo.

Chang no concede entrevistas. No aparece.

No pisa Shanghái o, si lo hace, jamás se deja ver.

Por eso estoy aquí. A falta del mariscal… tendré que conformarme con su hombre de confianza.

Cruzo el umbral. Sunmey me espera junto a una de las columnas, puntual y sereno como es su costumbre. Lleva el sombrero ligeramente ladeado, como si se dirigiera a una cita trivial. Cuando me ve, asiente. No sonríe.

—¿Todo bien? —me pregunta.

Asiento. No necesito decir nada más. Sé a qué vamos. Y a quién vamos a ver.

Tung Chien-wu.

Pastor protestante. Agente del Partido Comunista.

Enviado especial de Chang Hsueh-liang, el mariscal ilustrado, antiguo señor de la guerra de Manchuria.

He hecho los deberes. Chang sigue siendo uno de los líderes militares más respetados del Kuomintang, aunque se rumorea que su lealtad al generalísimo es cada vez más frágil.

Demasiado crítico. Demasiado lúcido. Por eso importa.

El pastor Tung está un paso más allá. Siempre lo ha estado.

Se dice que cuidó de los hijos de Mao. Que fue él quien accedió a entrevistarse con Edgar Snow hace apenas unas semanas.

Que lo condujo hasta Yenan, donde Mao y los suyos han levantado su corte roja.

Tung no firma comunicados. No aparece en fotografías.

Opera entre sombras. Si alguien puede transmitir la verdadera voz de Chang, es él.

La entrevista se ha concertado con una condición clara como el agua de las montañas: los japoneses no deben saber nada. Bajo ningún concepto. El nombre de Chang sigue siendo un fantasma molesto para los ocupantes del norte.

Por eso el Cathay. Por eso una suite, reservada a nombre de Sunmey. No quedará rastro alguno de la presencia de Tung.

Nos dirigimos hacia el vestíbulo. Es el punto de paso, el lugar donde nadie repara en nadie. Sunmey me indica con un gesto que el pastor Tung nos espera arriba.

Entonces ocurre.

Me doy de bruces con Miguel. Está solo, o parece estarlo. Tiene el sombrero entre las manos. Lo aprieta como si fuera un salvavidas. Los ojos bajos. La expresión de un cachorro apaleado.

—Isabel —dice, con voz ronca—. ¿Podemos hablar?

El tiempo se encoge. El vestíbulo se difumina.

Todo lo que no es él desaparece durante un segundo.

Quiero gritarle, quiero decirle mil cosas.

Que no entiende lo que Andrés significa para mí.

Que cómo ha podido invitarlo a Shanghái sin decírmelo.

También pienso que, en realidad, Miguel no sabe nada de lo que ocurrió.

Que es injusto por mi parte culparlo por algo que se escapa de sus manos.

Pero entonces lo veo. Andrés está apoyado junto a una columna, fumando con esa suficiencia que le acompaña desde que era un crío.

El mismo gesto. La misma sonrisa ladeada.

Como si el mundo siguiera perteneciéndole.

Como si nada hubiera cambiado. Un escalofrío me recorre la espalda.

El estómago se me revuelve. Las palmas de las manos empiezan a sudarme.

Es demasiado para mí.

—No, Miguel —digo—. No podemos hablar. Creo que ya es tarde para eso.

No espero respuesta. Me aparto, le doy la espalda y me alejo.

Doy una pequeña carrera. Alcanzo a Sunmey y lo cojo del brazo. Fuerte. Él no pregunta nada. No mira atrás. Solo aprieta con suavidad.

Seguimos hacia los ascensores.

Miguel se quedó inmóvil en mitad del vestíbulo del Cathay, como si alguien hubiera alterado de pronto las leyes del espacio.

Isabel se alejaba con aquella frase seca, definitiva — no podemos hablar, creo que ya es tarde para eso —, y durante unos segundos no supo hacia dónde moverse.

Bajó la mirada y, al levantarla de nuevo, la vio entrar en el ascensor con su compañero del periódico, con el tal Sunmey.

¿Iban cogidos de la mano? Las puertas se cerraron.

Sintió el golpe.

Mierda . Ahora sí que se va.

Andrés apareció oportuno, como siempre.

—Vamos —dijo, colocándole una mano en el hombro. El gesto era familiar, casi afectuoso, pero Miguel notó enseguida la presión de los dedos, la apropiación implícita. Andrés disfrutaba de esos momentos. Siempre lo había hecho.

Se dejó llevar hasta el café del hotel. Andrés pidió un coñac. Miguel, un old fashioned , más por costumbre que por deseo.

—Dime —empezó Andrés, sin rodeos—, ¿sigues obsesionado con esa zorrita de Isabel?

Miguel se puso tenso de inmediato.

—No la llames así. Es mi amiga. Y deberías tenerle respeto. Estuviste prometido con ella.

Andrés soltó una carcajada breve.

—Tú no sabes lo que pasó entre nosotros, ¿verdad? —dijo, inclinándose hacia él—. Te lo cuento: me dejó plantado. En el altar. Por otro. En España se echó un novio y decidió que yo ya no le servía. ¿Por qué crees que acabó en París?

Miguel frunció el ceño. Aquella versión no encajaba del todo con lo poco que Isabel le había contado, pero tampoco podía desmentirla. Ella siempre había sido esquiva al hablar de Andrés. Aun así, algo en su interior se resistía a aceptar aquella historia como verdad completa.

No insistió.

—Dime una cosa, Andrés —dijo, cambiando de rumbo—. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué pinto yo en todo esto? Sinceramente, creo que tengo poco que aportar. Jáuregui tendría mucho más sentido.

Andrés se encogió de hombros, con una sonrisa indulgente.

—Es cosa de tu madre. Ya sabes, eres su único hijo… y, aunque le des disgustos, quiere asegurarse de que tengas un porvenir.

Miguel bajó la vista y sacó el cuaderno de bocetos del bolsillo interior de la chaqueta.

Abrió una página en blanco y empezó a dibujar sin pensar, líneas sueltas que acabaron pareciéndose, vagamente, a la fachada del hotel.

Siempre hacía lo mismo cuando se sentía acorralado.

Dibujar era una forma de retrasar el derrumbe.

—¿Un porvenir? —repitió, sin levantar la vista.

—Para eso estás aquí —respondió Andrés—, para ayudarme a poner en marcha la célula de Falange en Shanghái. Necesitamos a alguien que esté aquí y que tenga contactos. Y tú eres… presentable.

Miguel apretó el lápiz entre los dedos y guardó silencio.

Andrés miró hacia la entrada del café y Miguel siguió la dirección de su mirada.

Eduardo Vázquez Ferrer acababa de entrar en el Cathay.

Caminaba con paso seguro, desenvuelto, saludando con breves inclinaciones de cabeza a quienes reconocía.

No parecía tener ninguna prisa ni, desde luego, estar escondiéndose de nadie.

Miguel sintió una presión familiar en el estómago mientras el cónsul se acercaba.

Apretó los dientes y se dispuso a aguantar.

Tras los saludos de rigor, Vázquez Ferrer se acomodó en la mesa frente a ellos y los miró con gesto serio.

—Doña Carmen me ha explicado por encima la situación, y no puedo estar más de acuerdo con ella en que Shanghái necesita una célula activa de la Falange. España está reorganizándose, dentro del país y fuera, y Shanghái es una plaza demasiado importante para dejarla en manos de cualquiera.

Miguel guardó silencio, pero Andrés se apresuró a asentir con entusiasmo.

—Me alegro de que comparta nuestra visión, señor cónsul.

—Por favor, llámame Eduardo —repuso él—, somos compañeros en la misma Causa. La Falange es mucho más que un partido, es una herramienta de orden, de disciplina. Y de proyección exterior, no hay que olvidarlo. Andrés, tú diriges la célula en Manila, ¿verdad?

—Así es, Eduardo.

—Miguelito no tiene el instinto político muy desarrollado, que digamos…

—continuó el cónsul, mirando a Miguel de reojo—, pero con tu ayuda, estoy seguro de que podrá con esto.

Sí, tenéis el apoyo total del consulado.

Eso sí, pienso que la colaboración con Alemania es fundamental.

Ellos han entendido antes que nadie cómo se construye un Estado moderno fuerte y eficaz. España tiene mucho que aprender.

Miguel levantó la vista, sorprendido. No por las palabras, sino por la naturalidad con que el cónsul las pronunciaba.

—¿Y qué se espera de mí? —preguntó, al fin.

El cónsul lo miró con atención, como calibrando una pieza.

—El primer paso será hablar con herr Kriebel. El podrá guiarte sobre los primeros pasos, tiene experiencia fundando la célula local del partido nacionalsocialista alemán. Te concertaré una reunión con él.

—Gracias, Eduardo — le dijo Andrés—. La familia te agradece de corazón tu ayuda.

Rieron. Brindaron. Andrés y el cónsul hablaron de planes, de contactos, de un futuro inevitable. Miguel hizo lo posible por no echarse a llorar.

Así que esto es lo que se siente cuando estás muerto por dentro.

Las puertas del ascensor se abren en la última planta. Sunmey y yo caminamos en silencio por el pasillo hasta detenernos en una de las puertas. No llamamos al timbre, Sunmey tiene su propia llave.

Entramos.

La suite es amplia y bastante lujosa, como cabe esperar del Cathay.

Nunca había estado en una de las habitaciones, y tengo que decir que no me ha decepcionado, Cortinas gruesas, alfombras que amortiguan los pasos, un sofá bajo junto a la ventana.

El Bund se extiende abajo, gris y lejano como una fotografía mal revelada. Huele a tabaco frío y a té.

Hay un hombre de pie, junto a la mesa, con el abrigo y el sombrero puestos.

—Les estaba esperando —dice, sin girarse. Nos sentamos frente a él. Sunmey a mi derecha. Tung no se quita ni siquiera el sombrero. Da la impresión de que no piensa quedarse—. Soy Tung Chien-wu. Enviado del general Chang Hsueh-liang.