Capítulo 38
三十八
Dos meses y diecinueve días antes de la entrevista con Hitler
Asier limpiaba con esmero unos vasos de cristal tallado que brillaban bajo la luz dorada del Venetia.
Aunque ser camarero no era el sueño de su vida, se sentía feliz de estar de vuelta.
Era un nuevo comienzo, un paso en la buena dirección.
Y ahora, con la protección del gran Du, el de las orejas grandes, su situación era mucho mejor que antes.
Había pasado un mes desde aquella noche en el Auditórium, cuando fue a ver a Blenner, y poco a poco su vida había empezado a recolocarse.
No del todo. Nunca del todo. Pero lo suficiente como para volver a respirar sin ese peso constante en el pecho.
Había regresado al equipo. No como titular, no aún.
Para eso hacía falta la firma de Jáuregui, y Jáuregui seguía en paradero incierto, convertido casi en un fantasma con nombre propio.
Pero Blenner había cumplido su palabra. Lo había metido en la rotación.
Sustituciones. Partidos menores. Entrenamientos serios.
Cada vez que uno caía enfermo o se lesionaba, Asier estaba ahí.
No era lo que soñaba, pero era algo. Volvía a sentir la pelota en la mano, el golpe seco, el eco del frontón. Volvía a sudar por algo que no fuera el miedo o la supervivencia. Pixkanaka , poco a poco, se decía.
Dejó los vasos en su sitio y alzó la vista.
Aún era temprano y la clientela apenas comenzaba a dejarse caer por el local.
El sonido del saxofón y del contrabajo —una melodía de jazz que no acertaba a reconocer— se deslizaba entre las mesas, acompañando el murmullo de las primeras conversaciones.
En el aire flotaba el olor de los licores, de la madera encerada y del inevitable humo de los cigarrillos.
Desde que había vuelto a trabajar, notaba que algo había cambiado.
Esa noche, por ejemplo, tres mesas estaban ocupadas por oficiales japoneses.
Uno fumaba con parsimonia mientras hablaba con un comerciante chino vestido con lino blanco.
Otro reía sin mostrar los dientes, junto a una rubia que podría haber sido una taxi dancer rusa.
Eran mayoría. Sus uniformes combinaban con sus gestos rígidos, controlados.
Hablaban en voz baja, miraban de forma calculada.
¿Qué significaba eso? ¿Wu se llevaba bien con ellos?
¿O era solo cuestión de dinero? Asier no lo sabía, pero le inquietaba. Miró a su alrededor y agitó la cabeza.
Gero eta gehiago dira. Cada vez son más.
En ese instante, entró Isabel. Asier no pudo evitar esbozar una amplia sonrisa.
En el mes que había transcurrido desde su «regreso», había retomado el contacto con ella.
La primera vez había sido intensa: ella lo había sometido a un auténtico tercer grado, y Asier había tenido que darle todos los detalles sobre el tiempo que había pasado refugiado con la familia china, el auténtico trabajo de Yungli, la entrevista con Du, su regreso al frontón…
Desde esa vez, se veían casi a diario. Además de no perderse uno solo de sus partidos, Isabel había adoptado la costumbre de tomarse una copa en el Venetia cuando salía de la redacción.
No hizo falta que pidiera nada. En el tiempo que ella tardó en atravesar el local y sentarse en la barra, Asier le preparó un French 75 y lo depositó frente a ella.
—¿Qué quería tu jefe? —le preguntó a su amiga.
—La verdad es que ha ido bien —respondió ella, dando un sorbo a la copa—.
Creí que me iba a regañar otra vez, pero ahora quiere que haga un perfil sobre Chang Hsueh-liang, el antiguo señor de la guerra de Manchuria.
Es una de las voces dentro del Kuomitang que más reclaman al generalísimo que tenga mano dura con los japoneses. Lo llaman el «mariscal ilustrado».
Ahora fue Asier quien frunció el ceño.
—No me gustan los japoneses —murmuró, con un guiño—. Últimamente, están por todas partes. Se creen los dueños de la ciudad.
—A mí tampoco me gustan —replicó ella—. Por eso mismo me interesa el encargo. Powell cree que el perfil puede ayudar a entender mejor el juego de alianzas que se está moviendo en Shanghái.
Asier apoyó los brazos en la barra, se inclinó hacia su amiga y susurró:
—Yungli cree que los japoneses están aliados con los nazis.
—¿Te refieres al pacto Antikomintern?
Asier no había oído antes esa expresión.
—No sé qué es eso. Me refiero al microfilm que tenía el príncipe Volkov en el maletín.
Yungli me ha contado que el microfilm contenía otro memorando, en el que Stalin se comprometía a intervenir militarmente en China para asegurar la victoria de Mao Tse-tung.
La Banda Verde cree que ese microfilm es una falsificación fabricada por los japoneses.
Isabel se irguió sobre el taburete.
—¿Me puedes conseguir una copia de ese memorando?
Asier dudó un segundo, miró alrededor, como si alguien pudiera haberlos escuchado.
—Y hasta aquí mi propósito de no meterme en problemas… Sí, Isabel, claro que sí. Hablaré con Yungli.
—Gracias, amigo.
En ese momento, la puerta del cabaré se abrió con fuerza y entró Blenner, con el rostro tenso y pálido. Asier hizo un gesto para atraer su atención y el joven se acercó. Reparó en Isabel y le dio dos besos con gesto distraído, al tiempo que murmuraba unas palabras ininteligibles.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Asier, alzando las cejas.
Blenner asintió con la mandíbula apretada.
—Jáuregui ha regresado a Shanghái. Estamos jodidos. Olvídate del frontón. Y a mí va a cortarme los huevos.