La noche cae sobre Shanghái Capítulo 37
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Capítulo 37

三十七

Dos meses y veintiún días antes de la entrevista con Hitler

Miguel estaba triste.

La noche anterior había cenado con Isabel en el Sky Terrace del Park Hotel, uno de los sitios de moda de Shanghái, con vistas sobre el caos luminoso de la ciudad. Llevaban una temporada saliendo juntos «en público», y para Miguel eso era, sencillamente, liberador.

Y, de algún modo, se había arreglado para mandarlo todo a la mierda.

Había estado posponiéndolo durante semanas, pero al final tuvo que decírselo: Andrés llegaba a Shanghái.

Era inevitable. Se había preparado para una reacción fría, tal vez un comentario sarcástico…

, pero no para lo que ocurrió. Isabel se había quedado blanca.

Miguel casi juraría que le temblaban las manos.

Sin decir palabra, se levantó de la mesa, agarró su bolso y se marchó.

Lo dejó allí plantado, sin una explicación, sin una despedida.

Para cuando Miguel logró reaccionar, solo pudo verla subir a un taxi.

No entendía nada. ¿Qué demonios pasó entre ellos para que reaccionara así?

El caso es que ahí estaba, solo, una vez más, esperando al puñetero primo Andrés.

Miguel caminaba por el muelle de la Casa de Aduanas, sumergido en el hervidero de gente que, como él, había acudido a recibir a los viajeros recién llegados.

Había de todo, como siempre en Shanghái: chinos de todas las clases sociales, algunos en trajes occidentales, otros con esa especie de pijamas azules; europeos de bigotes engominados y damas con pamelas; japoneses con sus uniformes pulidos y botas de cuero; indios con turbantes blancos como la cal.

La niebla del Whang-poo flotaba sobre el río, envolviendo los mástiles, las chimeneas y las grúas del puerto de Shanghái en un velo brumoso.

El traqueteo metálico de los carros de equipaje y los gritos de los porteadores se mezclaban con el silbato lejano de una embarcación que se alejaba rumbo al océano.

Al alzar la vista y ver la torre del reloj, sintió un escalofrío.

Fue allí mismo donde Jáuregui había disparado contra Asier y aquel otro muchacho, su compañero de piso.

Recordar aquella escena le revolvía el estómago.

Dio gracias a Dios por que Jáuregui se hubiera esfumado desde entonces.

Gracias a su ausencia podía dejarse ver en público con Isabel, sin temer por la vida de ambos.

Y lo he jodido todo. Soy el mejor.

Se abrochó la chaqueta mientras sorteaba un grupo de marineros británicos que cargaban baúles.

El vapor procedente de Manila acababa de atracar, y los pasajeros comenzaban a descender por la pasarela.

Lo reconoció de inmediato: Andrés, impecable como siempre, traje de lino claro, sombrero de panamá, gafas oscuras.

Descendía con la seguridad de quien cree que el mundo entero le pertenece.

Pero no venía solo.

Miguel sintió un vuelco en el estómago al reconocer la figura rechoncha y ceñuda de Teodoro Jáuregui. El hombre bajaba los escalones con el ceño fruncido y una cartera de cuero abrazada al pecho como si custodiara los archivos del Santo Oficio.

No. No. No. ¿Qué hace este aquí?

Con Jáuregui en Shanghái, se acabaron los cafés con Isabel, las cenas a la luz de las lámparas. Se acabó todo. Otra vez bajo vigilancia. Otra vez la sombra de su madre, siempre al acecho.

—Primo —dijo Miguel, forzando una sonrisa—. Bienvenido a Shanghái.

—Miguelito —respondió Andrés con su tono habitual de condescendencia—. Qué alegría verte. Espero que hayas preparado la habitación de invitados como Dios manda.

—Sí, claro. Todo listo.

—Perfecto. Y he traído a alguien que te hará mucha ilusión ver —añadió, señalando a su acompañante.

—Teodoro —saludó Miguel, entre dientes—. Te hacía en Hong Kong.

—Sí, lo hemos recogido allí cuando hemos hecho la escala —replicó Andrés—. Teodoro se quedará contigo en la oficina una temporada. Para apoyarte con los temas administrativos de la sucursal. Ya sabes, informes, balances… Esas cosas que tanto te gustan. Su ayuda te será muy útil.

—Por supuesto —dijo Miguel, con una sonrisa tan falsa que hasta el propio Jáuregui debió de notarla.

Los tres caminaron entre el barullo de porteadores que empujaban carros cargados de maletas, cajas de madera con etiquetas extranjeras y jaulas con gallinas. Niños descalzos se ofrecían a llevar el equipaje por unas monedas, algunos gritaban ofertas en varios idiomas.

Al llegar al Bund, Chen los esperaba junto al Cadillac, impecable con su gorra y guantes blancos. Jáuregui se acomodó en el asiento delantero sin esperar indicaciones mientras Miguel y Andrés se instalaban en la parte trasera.

—A casa, Chen —dijo Miguel, y luego se volvió hacia su primo—. ¿Me vas a explicar ya qué has venido a hacer aquí? Porque no me vas a decir que me echabas de menos…

—Teodoro, tú y yo vamos a crear la célula de la Falange aquí en Shanghái —respondió Andrés.

—Aún no entiendo qué pinta tu primo en esto —protestó Teodoro.

—Cosas de familia —zanjó este.

Mierda, mierda, mierda.