Capítulo 36
三十六
Tres meses y veintiséis días antes de la reunión con Hitler
Asier subió las escaleras hacia el despacho de Wu despacio, arrastrando los pies.
Cada peldaño le traía recuerdos de sus anteriores visitas allí.
Sentía que las paredes lo observaban, como jueces listos a dictar sentencia.
El corazón se le aceleró cuando llegó a la puerta cerrada.
Notó el sudor frío que le empapaba la espalda.
Tragó saliva y dudó un instante, pero se obligó a avanzar.
Había llevado un tiempo, pero su regreso al Venetia por fin se había hecho realidad.
Ahora, por primera vez en mucho tiempo, sabía que no estaba solo.
Yungli lo respaldaba, y el propio Du, el de las orejas grandes, le había otorgado una especie de amnistía.
Aun así, se sintió incómodo. Tenía la garganta seca como papel de lija.
No podía permitirse ser cobarde.
Golpeó la madera con los nudillos.
— Come in —respondió la voz seca, autoritaria, de Wu desde el interior.
Asier empujó la puerta y entró en la habitación.
El humo del puro de Wu formaba nubes densas que flotaban en la penumbra, impregnándolo todo de un olor intenso y desagradable.
No llevaba corbata y tenía la camisa semiabierta, mostrando el cuello y el inicio del pecho.
No había rastro de la llave de oro del HSBC.
Su antiguo jefe estaba sentado detrás de su escritorio, con la cabeza agachada, concentrado en unos papeles.
Ni siquiera levantó la vista para mirarle.
Asier permaneció de pie en medio de la habitación.
El silencio lo envolvió. Pasaron cinco minutos, eternos, interminables, sin que Wu dijera una sola palabra.
Asier sintió cómo la tensión se le acumulaba en el cuello, en los hombros, en cada músculo de su cuerpo.
—Puedes empezar esta noche —dijo Wu, sin levantar la vista—. No quiero ninguna tontería. Estás a prueba. El más mínimo resbalón y adiós, ¿me has entendido? Adiós para siempre.
— Yes, sir —respondió Asier con voz firme, aunque por dentro sintiera una mezcla amarga de miedo y rabia.
Hizo ademán de retirarse cuando Wu volvió a hablar.
—Y olvídate del trato de favor. Tus privilegios han terminado. Para mí, eres igual que los demás. La misma mierda.
Asier apretó los puños con fuerza hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
Sintió cómo la sangre le hervía por dentro, pero se tragó la ira.
Pensó en Yungli, en la protección de Du, en que por primera vez en mucho tiempo rebotaba del fondo oscuro al que había caído.
Como una pelota de goma, murmuró para sí.
No iba a dejar que Wu, ni nadie, lo hundieran otra vez.
—Comprendido, sir —murmuró entre dientes mientras daba media vuelta y abandonaba el despacho, dejando a Wu envuelto en su nube de humo.
Aporreo las teclas con rabia. Llevo dos semanas atascada con esta entrevista y sé que no puedo perder ni un minuto más.
Cada palabra es una pequeña explosión de tinta sobre el papel.
Una guerra abierta entre mi cabeza y la Olivetti.
El traqueteo resuena en toda la redacción como un tambor de guerra.
Que se enteren. Que sepan que sigo aquí.
El punto final cae con la fuerza de un trueno. Me detengo. Miro el papel con el ceño fruncido. Lo arranco de la máquina de escribir y lo aliso sobre el escritorio. Todavía huele a tinta fresca. Leo en voz alta, sin apenas mover los labios.
«Me siento frente a una mujer que ha oído más mentiras que la mayoría de los hombres, y decido preguntarle la verdad.
Empiezo por Mao. Madame Chiang no duda ni un segundo, Mao es una plaga, no un hombre.
Luego llega el verdadero enemigo: el comunismo.
Lo describe como una enfermedad moral, un veneno que corrompe el alma del pueblo, una peste que hay que erradicar antes de que contamine al mundo.
Habla con una calma que asusta, con esa serenidad que solo tienen quienes creen estar del lado de Dios.
Después viene la cura, el Movimiento de la Nueva Vida.
Que nadie se engañe: aunque invoque las virtudes confucianas y cite a los clásicos, el Movimiento está hecho de la misma pasta que el fascismo en Italia, la Falange en España y el nacionalsocialismo en Alemania.
Orden, pureza y disciplina. Una supuesta moral convertida en arma».
No sé si a Madame le gustará lo que he escrito, pero es lo que tengo que decir.
Una ráfaga de aire me despeina el flequillo. Powell ha entrado en la redacción. Viene de la calle, con un pañuelo al cuello y el abrigo abierto como un ala de cuervo. Huele a su colonia de siempre y a humedad. Se detiene apenas un instante en mitad de la redacción. Es ahora o nunca.
Lo miro. Tomo aire.
—Jefe, tengo algo para ti. La entrevista con Soong Mei-ling.
Powell alarga la mano sin decir nada y toma los folios. Les echa un vistazo por encima antes de levantar una ceja.
—¿Te ha dicho algo interesante?
—Juzga tú mismo.
El jefe empieza a leer. Echa a andar hacia su despacho sin levantar la vista del papel.
—Vamos. Ven conmigo.
Lo sigo hasta el interior. Él se sienta en su mesa. Yo, frente a él. Se hace un silencio tenso. Powell sigue leyendo, página tras página, sin cambiar el gesto. Yo quiero morderme las uñas, levantarme, gritar. Algo.
Al fin, deja los papeles sobre la mesa.
—Esto es bueno —dice—. Muy bueno.
—Gracias, supongo —respondo.
No he podido dejar de advertir la sorpresa en su voz. Escuece, pero he de confesar que yo también lo estoy. Pensaba que iba a tirármelo a la cara.
—Para otra vez, preferiría que me avisaras cuando vayas a trabajar en algo así.
Creí que ibas a hacerle una entrevista social y resulta que me haces un artículo de portada…
¡y la tengo a rebosar! ¿Tienes fotos, imagino?
—Asiento. Él no espera respuesta—. Bueno, ya me apañaré.
Lo que está claro es que eres de las buenas.
Aquella noche, Asier salió del Venetia temprano. Uno de los privilegios de su nueva vida: ya no tenía que quedarse hasta el final, a la espera de que Wu quisiera divertirse un rato con él. Hacía turnos normales, como el resto de los camareros.
Era viernes, y los viernes por la noche siempre había partido en el Auditórium. En Gernika hubiera sido impensable jugar a esas horas, pero a los chinos les encantaba, era el momento ideal para apostar.
Asier llevaba tanto tiempo en Shanghái que ya era casi un chino más. Esa noche, sentía que estaba de racha. Quizá fuera su momento de apostar. De apostar fuerte.
Tenía la bicicleta aparcada detrás del Venetia. Se subió encima como quien monta un potro salvaje y empezó a pedalear con furia. Con el esmoquin del trabajo, no era precisamente cómodo, pero ya estaba acostumbrado.
Le llevó veinte minutos llegar a su destino.
Veinte minutos que le sirvieron para repasar lo que tenía en mente.
Se repitió una y otra vez que no corría ningún riesgo.
Era el movimiento natural. No obstante, al divisar el Auditórium, sintió la misma ola de respeto de siempre.
Aunque Jáuregui ya no estuviera allí, su sombra no había desaparecido del todo.
Aparcó la bici y entró con decisión, sin preguntar, directo a la cancha.
Como había imaginado, había partido. Apenas podía avanzar.
El graderío improvisado estaba abarrotado de cuerpos apretados, de abanicos agitados, de manos que pasaban monedas de una a otra con gestos nerviosos.
El público era casi enteramente chino. Hombres con camisas arremangadas, comerciantes, empleados, algún militar de paisano.
Gritaban, reían, se insultaban entre ellos mientras seguían la pelota con una intensidad feroz.
Cada tanto, un rugido colectivo estallaba como un trueno cuando la pelota rozaba una línea imposible.
Asier se abrió paso a codazos. El calor era sofocante.
Cuando por fin alcanzó la primera fila, se apoyó en la barandilla de madera y respiró hondo.
Allí estaban. Los pelotaris se movían por la cancha con energía, con pasión.
Eran —deberían haber sido— los suyos. Sus compañeros.
Sintió una punzada seca en el pecho. No era solo nostalgia.
Era algo más turbio: deseo, ansiedad, una necesidad casi física de estar ahí abajo, de sentir el impacto de la pelota en la mano, el grito del público, la certeza brutal de existir.
Él, en cambio, llevaba un esmoquin. Apestaba a alcohol caro y a humo de tabaco. A las noches del Venetia.
La pelota voló de un lado a otro. Un tanto imposible arrancó un alarido del público.
Asier distinguió entonces a Jaime Blenner.
Estaba entregado al juego, vio su mandíbula apretada, los ojos encendidos.
Durante un segundo, Blenner levantó la vista y lo vio.
Se reconocieron al instante. Jaime sonrió, una sonrisa rápida, cómplice, sin perder el ritmo del partido. Asier le devolvió la sonrisa.
El partido continuó entre gritos, apuestas, golpes secos contra la pared. Cuando terminó, el público se levantó en bloque, comentando jugadas, discutiendo resultados. Asier no se movió. Esperó. Blenner salió de la cancha directo hacia él, sudoroso, radiante, aún con la adrenalina en el cuerpo.
—Pero ¿tú qué haces así vestido, pues? —le dijo, mirándolo de arriba abajo—. Pareces que vienes de una boda.
Asier se encogió de hombros.
—De eso justo quería hablarte.
Blenner frunció el ceño, intrigado. Luego sonrió otra vez.
—Qué casualidad que hayas venido esta noche. Justo ha llegado una carta para ti.
—¿Para mí?
—Sí, de tu pueblo —dijo Blenner—. Ven.
Fueron juntos al bar. Blenner entró detrás de la barra y le entregó un sobre arrugado. Asier reconoció la letra de inmediato: era de Gorka. Sintió un escalofrío en la nuca mientras lo abría rápidamente. El mensaje era breve.
Kaixo Asier:
Comprendido, si no quieres saber nada de mí, me mantendré al margen. Espero que seas muy feliz. Yo me quedo con lo bueno.
Agur,
Gorka
Asier sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Gorka había malinterpretado su carta, pero era mejor así. Shanghái era demasiado peligroso para alguien como él.
—¿Querías hablarme de algo? —preguntó Blenner, notando la emoción contenida en los ojos de Asier.
Este respiró hondo, tragó saliva con dificultad y levantó la vista con determinación.
—Quiero volver a jugar.
—Hombre, ya era hora de que habláramos en serio. Jáuregui sigue siendo el capitán del equipo, al menos en el papel, pero mientras no está me ha dejado a mí a cargo de todo. Y tú eres uno de los buenos.
—¿Eso es un sí?
—Vamos a hablarlo con unos culines, ¿no? Invito yo.