La noche cae sobre Shanghái Capítulo 35
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Capítulo 35

三十五

Cuatro meses y doce días antes de la entrevista con Hitler

Yungli y Asier llegaron frente a la mansión de Du Yueh-sheng, en plena concesión francesa.

Asier conocía a muy pocos ciudadanos chinos que vivieran en las zonas internacionales de Shanghái.

Que Du viviera allí ya era significativo, una prueba irrefutable del enorme poder que tenía aquel hombre.

El edificio en sí también era un símbolo: rodeado de árboles de copa ancha y muros altos, como el caserío de una familia rica en Gernika.

Aunque Asier no sabía mucho de arquitectura, el lugar le parecía mitad europeo, mitad chino.

Las paredes blancas, adornadas con ventanas enrejadas y detalles chinos tallados en piedra, transmitían una sensación de poder que lo hacía sentir pequeño, casi insignificante.

Yungli se acercó a la puerta principal con seguridad, pero Asier lo detuvo con una mano firme sobre el hombro.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó.

Yungli le miró a los ojos, con determinación absoluta.

—Hay algo que no te he contado —respondió Yungli—. Dai Li, el director del Juntong, es amigo personal de Du. Yo mismo lo he acompañado aquí más de una vez para coordinar alguna operación especialmente delicada. No te preocupes, nos tratarán bien.

Asier suspiró. Tenía sus dudas, pero la realidad era que no tenían alternativa.

Además, ya no vivía escondido, ya no estaba oculto en casa de aquella familia en Chapei.

Desde hacía unos días, Yungli y él compartían un pequeño apartamento en The Trenches, no muy lejos del Venetia, donde solía trabajar.

—Vamos a ello —dijo al fin.

Yungli llamó a la puerta, y Asier sintió cómo su corazón latía con fuerza en el pecho.

Al cabo de unos segundos, un matón enorme abrió.

Era uno de los hombres que habían tratado de intimidarlo el otro día.

El tipo los reconoció de inmediato y gruñó algo ininteligible.

Yungli lo ignoró, pero a Asier le recorrió un escalofrío.

El matón se hizo a un lado para dejarlos pasar.

El interior olía intensamente a tabaco caro y té fuerte.

— Toh-kia long teng —dijo el matón.

El jefe los esperaba. Asier intercambió una última mirada nerviosa con Yungli y ambos cruzaron el umbral para entrar en una sala espaciosa dentro de la mansión, decorada con una ostentación exagerada.

Las paredes estaban cubiertas con paneles de madera oscura, grabados con incompresibles caracteres dorados.

Du, el de las orejas grandes, estaba sentado en un sillón amplio, de respaldo alto, como un antiguo emperador en su trono, observándolo todo con expresión inescrutable.

—¿Tenías algo que enseñarme, Yungli? —preguntó Du, a modo de bienvenida.

Yungli asintió y, con lentitud deliberada, abrió el zurrón que llevaba al hombro. Extrajo con cuidado unas cuantas hojas de papel fotográfico y las extendió frente a Du.

—Estos documentos aparecieron en el maletín del príncipe Volkov la noche en que lo asesinaron. ¿Los reconoce?

Du cogió las hojas que le acercó uno de sus gorilas. Las miró con atención antes de responder.

—Claro que los reconozco. El supuesto memorando soviético, ¿verdad? Una amenaza directa de Stalin prometiendo intervenir militarmente en China a favor de Mao.

—¿Y sabe cuál puede ser su origen?

—No me estarás acusando, ¿verdad, jovencito? Ten cuidado. —Du lo miró con intensidad antes de continuar—. Pero no, la Banda Verde no lo ha fabricado.

Yungli frunció el ceño.

—¿Quiere decir que es falso? —preguntó.

—No lo sé con certeza, pero es demasiado oportuno, ¿no crees? En Shanghái hay pocas cosas auténticas. Y un microfilm misterioso que podría alterar el equilibrio de poderes en el mundo… ¿por qué iba a aparecer precisamente aquí? No, no: es falso, seguro.

—Si no proviene de la Banda, ¿quién lo ha hecho? —insistió Yungli—. Algunos sectores dentro del Gobierno creen que estos documentos justifican una alianza inmediata con Japón, cualquier cosa para evitar que Maso Tse-tung triunfe y China caiga en manos comunistas.

Du sonrió moviendo despacio la cabeza.

—Mira, a nadie le gustan menos los comunistas que a mí, pero todo tiene un límite. Piensa, Yungli. ¿A quién beneficia que China se meta en una guerra abierta con la Unión Soviética?

Asier, que había permanecido callado todo el tiempo, intervino:

—¿A los japoneses? —propuso—. ¿A los alemanes? ¿A ambos?

Du mostró una sonrisa satisfecha, dejando ver los dientes amarillentos.

—Exacto, muchacho. A los japoneses les conviene debilitar la resistencia china desde dentro, fomentar divisiones internas.

Y los alemanes odian a muerte a los soviéticos.

Este memorando, falso pero convincente, precipitaría una alianza con ellos, dejándonos en sus manos.

—Fijó los ojos en Asier y lo escrutó con intensidad—.

¿Y tú, qué me dices? Wu T’ung-wen te dio una oportunidad, confió en ti… ¿y cómo se lo pagas?

—Du sen-sah , Asier se ha visto atrapado en el medio —se adelantó Yungli—.

Su amigo Jakob, casi un hermano para él, perdió todo en la operación del «oro del Rin», incluso su propia vida.

Su amiga, casi una madre, la princesa Volkov, fue asesinada.

Es comprensible que Asier buscara respuestas. Demuestra integridad y lealtad.

Du pareció ablandarse un poco. Su mirada se volvió más amable.

—Nunca me gustó el «oro del Rin». En realidad, fue cosa de T’ung-wen, a él le puede un buen negocio. Y en cuanto a la princesa Volkov… Era una dama, nunca debió de haber muerto así.

—¿Conoce la identidad del asesino? —preguntó Asier, casi sin aliento.

—Yo sé todo lo que pasa en esta ciudad. Claro que la conozco —respondió Du con cierta chulería—. El ciudadano español Teodoro Jáuregui, siguiendo instrucciones de Johannes Bernhardt. Ya no hago más tratos con los alemanes. No cumplen su palabra.

Las últimas palabras de Du quedaron flotando en la sala. Al fin, fue Yungli quien rompió el silencio.

—¿La Banda Verde sigue queriendo venganza contra Asier? —preguntó.

—Soy inocente, solo busco la verdad —añadió Asier, con voz firme.

Du sonrió con dureza.

—Te pondré a prueba. Le diré a T’ung-wen que te deje tranquilo.

Recuperarás tu puesto en el Venetia. Pero cuidado, muchacho: un solo paso en falso más y no tendré piedad.

Ni siquiera sabrás de dónde te viene el golpe.

—Du hizo una pausa y volvió a dirigir la mirada hacia Yungli—.

Y tú, investiga bien a los alemanes. Sé que el generalísimo Chiang Kai-shek cree que el enemigo principal es Mao, más aún con estos documentos falsificados.

Pero que quede claro, Yungli: Alemania no es de fiar. Y sus amigos japoneses, menos aún.